CAPÍTULO 16El observador
El observador
Dejó solo aquello.
—No es una matrícula —dijo.
—Ni un número de empleado.
—Ni un expediente policial ordinario.
La goma chirrió contra la superficie. El polvo blanco quedó pegado a sus dedos.
Sobre la mesa había cuarenta y tres fichas contables. Ninguna incluía nombres. Solo fechas, importes y conceptos vagos.
Evaluación.
Seguimiento.
Cierre.
—¿Cuánto pagaron por mí? —pregunté.
Robles buscó la línea.
—Dieciocho mil euros.
—Barato.
—Era el primer pago.
Pasó la página.
Había otros cuatro. El último se realizó poco antes de mi condena.
—En total, sesenta y dos mil.
Cogí la hoja.
La cantidad no me dijo nada. La fecha sí.
Dos días después de que David apareciera muerto.
—No cerraron el expediente cuando entré en prisión.
—Lo cerraron cuando dejaste de ser útil.
Dejé el papel sobre la mesa.
—No.
Robles esperó.
Señalé el último concepto.
Verificación final.
—Querían comprobar algo.
—¿Qué?
—Que no pudiera volver.
El teléfono de Robles sonó. Lo miró y lo silenció.
—La fundación que pagó estos trabajos desapareció hace nueve años.
—Las fundaciones no desaparecen. Cambian de nombre.
—Esta liquidó todas las cuentas.
—¿Quién firmó?
Robles empujó una hoja hacia mí.
Tres patronos.
Un comisario jubilado.
Un magistrado muerto.
Y una mujer llamada Aurora Montalbán.
—No la conozco.
—Fue directora de Recursos Humanos de Interior.
—¿Dónde está?
—Residencia privada. Afueras de Madrid.
Cogí la chaqueta.
Robles no se movió.
—No vas a ir.
—Tú tampoco.
—He pedido una comisión.
—Llegará mañana.
—Eso suele ocurrir con los procedimientos.
—También con los funerales.
Robles cerró la carpeta.
—No vuelvas a usar a Soria para justificar tus prisas.
—No lo uso. Lo recuerdo.
La puerta se abrió antes de que respondiera.
La interventora jubilada entró acompañada de un agente. Llevaba el mismo bolso del día anterior y una bolsa de plástico transparente.
—He encontrado algo más.
Robles le señaló una silla.
—Podía haber llamado.
—Ya llamé una vez en mi vida. Me costó el puesto.
Dejó la bolsa sobre la mesa.
Dentro había una libreta de tapas marrones.
No la abrí.
—¿Qué es?
—Mi seguro.
La mujer se sentó y colocó ambas manos sobre el bolso.
—Guardaba una copia de las órdenes de pago que no llevaban firma.
Robles sacó guantes.
—¿Por qué?
—Porque las facturas sin responsable suelen acabar teniendo uno.
Abrió la libreta.
Cada página contenía números de expediente y una inicial. A veces dos.
O-11. A.M.
O-14. V.
O-17. R.
Toqué el borde de la mesa.
—¿Qué significa la última letra?
—La persona que recibía los resultados.
—¿Rivas?
La interventora negó.
—Los apellidos no aparecían.
—Entonces ¿cómo sabe que era una persona?
—Porque venían a recogerlos.
Robles se inclinó.
—¿Vio a R?
—Dos veces.
—Descríbalo.
La mujer me miró antes de responder.
—No era funcionario.
—Eso no es una descripción.
—Los funcionarios entran mirando puertas. Él miraba reflejos.
La cicatriz apareció antes de que dijera nada más.
Saqué la fotografía de la cámara y la dejé delante de ella.
La interventora no retrocedió.
Tampoco necesitó acercarla.
—Ese.
Robles apoyó los nudillos en la mesa.
—¿Cómo se llamaba?
—Nunca lo dijo.
—¿Quién lo acompañaba?
—La primera vez, Valdés.
—¿Y la segunda?
La mujer cerró la libreta.
—Usted.
El borde de la silla golpeó mis rodillas cuando me levanté.
—No.
—Era más joven.
—No era yo.
—No he dicho que hablara con él.
La mujer abrió de nuevo la libreta y buscó una página.
—Usted esperaba fuera.
Había una fecha.
La reconocí.
El día de mi ascenso a inspector.
—¿Dónde?
—En la sede de la fundación.
—Nunca estuve allí.
—Entonces alguien quería que pareciera que sí.
Robles cogió la fotografía más antigua del despacho 214.
Yo salía de una comisaría. Al dorso figuraba O-17.
—La tomaron ese mismo día —dijo.
La interventora señaló al fondo de la imagen.
—Ese coche.
Ampliamos la fotografía en el ordenador.
Detrás de mí había un vehículo oscuro. El conductor no se veía. En el parabrisas colgaba una tarjeta rectangular.
Robles amplió hasta que la imagen se deformó.
Solo quedaron dos letras legibles.
FM.
—Fundación Montalbán —dijo.
—La fundación no se llamaba así.
La interventora recogió el bolso.
—Pero todos la llamábamos así.
Robles volvió a marcar un número.
Esta vez esperó.
—Necesito una orden urgente para registrar la antigua sede.
La interventora se levantó.
—Llegan tarde.
—¿Por qué?
—La derribaron hace tres años.
Robles bajó el teléfono.
—¿Qué construyeron?
—Viviendas.
—Entonces no queda nada.
La mujer ajustó la correa del bolso.
—Queda el sótano.
Una hora después, el administrador de la finca nos impedía entrar al garaje.
—No existe ningún sótano antiguo.
Robles mostró la orden provisional en la pantalla del móvil.
—Entonces no le molestará que lo comprobemos.
—Eso no es una orden judicial.
—Todavía.
El hombre cruzó los brazos.
Detrás de él, una puerta metálica separaba el garaje comunitario de una zona sin señalizar.
Pasé la mano por el marco.
La pintura era reciente. La cerradura, no.
—¿Qué hay ahí?
—Contadores.
—Los contadores están en la entrada.
El administrador miró a Robles.
—Este hombre no es policía.
—Hoy le conviene fingir que sí.
Cogió las llaves.
La puerta abrió con un golpe seco.
Al otro lado bajaba una escalera de hormigón. El aire olía a humedad y cable quemado.
Robles encendió la linterna.
—Tú detrás.
—Como siempre.
Bajamos.
La estancia estaba vacía salvo por dos armarios metálicos fijados a la pared. Uno aparecía abierto. El otro tenía el cierre doblado.
Robles se agachó junto al suelo.
—Han estado aquí hace poco.
Había marcas de ruedas sobre el polvo.
Entraban vacías.
Salían cargadas.
—¿Cámaras? —pregunté.
—O cajas.
El administrador permanecía arriba.
—Les dije que no había nada.
Abrí el armario que seguía cerrado.
Dentro no había expedientes.
Solo ganchos. Cuarenta y tres.
Cada uno llevaba una etiqueta numérica.
O-01.
O-02.
O-03.
Recorrí la fila.
El O-17 estaba vacío.
—Se llevaron los archivos —dijo Robles.
—No todos.
El último gancho sostenía una correa negra con una franja gris.
La misma que llevaba el fotógrafo.
Robles la metió en una bolsa.
—Ya tenemos ADN.
—Después de doce años.
—También sudor.
—Si la usó él.
—Siempre tienes una forma de estropear las buenas noticias.
Un ruido llegó desde la escalera.
La puerta se cerró.
Robles corrió hacia ella. Tiró del pomo.
Bloqueado.
Arriba, el administrador dejó de responder.
Saqué el teléfono. Sin cobertura.
Robles golpeó la chapa.
—¡Abra!
Nadie contestó.
El zumbido de un fluorescente se apagó sobre nuestras cabezas.
Nos quedamos con la luz de su móvil.
—No quería impedir que entráramos —dije.
—¿Entonces?
Miré los ganchos vacíos.
—Quería saber qué encontraríamos.
Algo vibró dentro del segundo armario.
Robles levantó la linterna.
El sonido volvió. No era un teléfono. Era una cámara digital encendida. Apuntaba hacia nosotros.
Laura cerró la puerta de casa y dejó las llaves puestas por dentro.
No se quitó el abrigo.
—La he visto dos veces.
—¿A quién?
Fue hasta la ventana y apartó apenas la cortina.
—Al mismo coche.
Me acerqué.
La calle estaba vacía.
—¿Dónde?
—Esta mañana frente al supermercado. Después, junto al portal.
—¿Color?
—Gris oscuro.
—Matrícula.
—No la vi.
Solté la cortina.
—Puede ser cualquiera.
Laura metió la mano en el bolsillo y sacó una fotografía doblada.
La dejó sobre la mesa.
Aparecía ella saliendo de casa. La imagen estaba tomada desde el otro lado de la calle.
—Estaba debajo del limpiaparabrisas.
Cogí la fotografía por los bordes.
—¿Cuándo?
—Hace veinte minutos.
—¿Has tocado algo más?
—El coche. La puerta. Mi vida entera.
La fotografía no llevaba mensaje.
Ni firma.
Ni fecha.
Solo una marca escrita en el reverso.
O-44.
Laura miró hacia la ventana.
—¿Cuántos expedientes dijiste que había?
No respondí.
Ella sí.
—Cuarenta y tres.