CAPÍTULO 15Los expedientes
Los expedientes
Valdés llegó a comisaría acompañado de otro abogado y se sentó sin quitarse el abrigo.
Robles dejó las fotografías de Lucas y Martina delante de él.
No miró a los niños.
Miró primero el sobre.
—¿De dónde han sacado esto?
—Ya sabe de dónde —dije.
El abogado empujó las imágenes hacia Robles.
—Mi cliente ha venido a aclarar su relación con Abel Soria. No a comentar fotografías cuya procedencia desconocemos.
Cogí una de Lucas.
—El hombre que hizo esta foto entró en la universidad con documentación revisada por Valdés.
—Eso ocurrió hace doce años —respondió el abogado.
—Lucas tenía siete cuando lo siguieron.
Valdés se ajustó el puño de la camisa. La tela rozó el borde de la mesa.
Robles abrió el expediente de Daniel Mena.
—Usted autorizó su contratación.
—Firmé cientos.
—Este hombre no era Mena.
—Entonces engañó a Personal.
—Personal dice que usted comprobó su identidad.
Valdés levantó la vista.
—Personal recuerda lo que le conviene.
Deslicé la imagen del fotógrafo hasta tocarle los dedos.
—¿Y usted qué recuerda?
Apartó la mano.
—Una cicatriz no convierte a nadie en culpable.
—No le he preguntado si era culpable.
El abogado cerró la carpeta.
—Se acabó.
Robles puso su placa encima antes de que pudiera retirarla.
—Su cliente trabajó como asesor jurídico de la Policía.
Valdés dejó de levantarse.
El respaldo de la silla crujió bajo su peso.
—Durante once meses.
—Coincidiendo con mi proceso de ascenso —dije.
—No recuerdo su nombre.
—Pero alguien empezó a fotografiarme entonces.
—No fui yo.
—Tampoco he preguntado eso.
Por primera vez miró la fotografía.
No a Lucas.
Al hombre de la cicatriz.
Su garganta se movió.
Robles lo vio.
—Lo conoce.
—He visto a mucha gente.
—Esta le ha hecho sentarse.
El abogado tocó su brazo.
Valdés no lo apartó.
—Esas personas no pertenecían a la universidad —dijo.
Robles acercó la grabadora.
—¿Qué personas?
—He dicho que no puedo identificarlas.
—Ha dicho “esas personas”.
Valdés miró la luz roja.
Después me miró a mí.
—Los expedientes no llevaban nombres.
El abogado apagó la grabadora.
—No responda.
Valdés le quitó la mano del aparato.
—Llevaban números.
Nadie habló.
El aire de la sala olía a café quemado. Robles encendió de nuevo la grabadora.
—Continúe.
—Yo revisaba la parte jurídica. Traslados, incompatibilidades, sanciones. Nunca vi seguimientos.
—Pero vio expedientes —dije.
—Resúmenes.
—¿Sobre policías?
—Sobre funcionarios problemáticos.
La palabra se quedó sobre la mesa.
—¿Qué significaba problemático? —preguntó Robles.
Valdés se abrochó el abrigo.
—Que alguien quería una solución.
—¿Quién?
—La persona que encargaba el informe nunca figuraba.
El abogado volvió a levantarse.
Esta vez Valdés lo siguió.
—¿Dónde están? —pregunté.
Se detuvo junto a la puerta.
—Los originales se destruían al cerrar cada caso.
—Entonces no queda nada.
Valdés abrió.
—No he dicho eso.
Robles se puso de pie.
—¿Qué queda?
—La Policía cobraba cada informe.
Nos sostuvo la mirada.
—Y la Administración guarda demasiado bien todo lo que necesita justificar.
Salió.
Robles agarró el teléfono.
—Pediré una orden para Contabilidad.
—No.
—No vuelvas a empezar.
Cogí la ficha laboral de Valdés.
Once meses como asesor externo. El contrato no dependía de Interior.
Dependía de una fundación policial ya disuelta.
—No busques expedientes —dije—. Busca facturas.
Dos horas después, una interventora jubilada nos recibió en una cafetería frente a la estación.
Robles puso sobre la mesa tres números de referencia.
La mujer no tocó el papel.
—Creí que algún día desaparecerían.
—¿Los reconoce? —pregunté.
—Reconozco cómo se pagaban.
Removió el café sin beberlo.
—No eran investigaciones. Las llamaban evaluaciones de riesgo profesional.
—¿A quién evaluaban?
La cucharilla chocó contra la taza.
—A quien molestaba.
Clara no preguntó quién había hecho las fotografías.
Las colocó por fechas sobre la mesa de mi cocina.
Lucas saliendo de la academia. Martina dentro del coche.
Ella esperando frente a un semáforo.
Laura se quedó junto a la encimera. No intervino.
—Seis años —dijo Clara.
—Como mínimo.
—¿Y nadie lo vio?
—Gabriel sí.
Clara giró una imagen.
—Gabriel no nos avisó.
—No sabemos cuándo la encontró.
—Siempre hay algo que no sabemos.
Apartó las fotografías y sacó una libreta del bolso.
Apuntó los horarios del colegio, del entrenamiento de Lucas y de las clases de Martina.
—¿Qué haces?
—Lo que tendría que haber hecho antes de venir.
—No conviertas su vida en un operativo.
—No la convierto yo.
Laura dejó tres vasos sobre la mesa.
—Cambiar todas las rutinas de golpe también les dirá que ha ocurrido algo.
Clara levantó la cabeza.
—Ya ha ocurrido.
—Ellos no han visto las fotos.
—Y no las van a ver.
Cogió el vaso, pero no bebió.
Yo me senté frente a ella.
—Mañana los acompaño al colegio.
—No.
—Puedo hacerlo.
—Poder nunca ha sido el problema.
Laura abrió la nevera.
—Hay comida.
Clara la miró.
—No hemos venido a cenar.
—Los niños sí.
Lucas apareció en el pasillo con Martina detrás. Él dejó la mochila junto a la puerta. Martina llevaba un estuche abierto y tres rotuladores en la mano.
—¿Qué hay? —preguntó.
Laura sacó una fuente.
—Algo que vuestro padre no ha cocinado.
Martina se sentó.
—Entonces estará bueno.
Clara guardó las fotografías antes de que Lucas pudiera acercarse.
Él lo vio. No preguntó. Eso pesó más.
Me senté a su lado.
—Te debo una comida.
—Dos.
—Mañana.
—Tengo entrenamiento.
—Después.
Cogió un trozo de pan.
—He quedado.
—Antes.
Lucas dejó el pan en el plato.
—No tienes que perseguirme.
Clara tocó su vaso.
—Come.
—Solo digo que puede avisar.
—Ya te ha oído.
Laura repartió la comida. Durante unos minutos solo sonaron los cubiertos.
Martina contó que una compañera había escondido una rana en clase. Lucas corrigió tres veces la historia sin haber estado allí.
Clara sonrió una vez. Muy poco. Pero ocurrió.
Mi teléfono vibró sobre el mueble.
No lo cogí.
Lucas lo miró.
Después siguió comiendo.
Volvió a vibrar.
Laura dejó el tenedor.
—Puede ser importante.
—También esto.
Clara no levantó la vista.
—No conviertas una cena en una demostración.
El teléfono se detuvo.
Martina empujó hacia mí una servilleta doblada.
—Te he hecho una lista.
La abrí.
Tres cosas escritas con letra grande.
Helado.
Parque.
No mirar el móvil.
—La tercera es difícil —dije.
—Por eso está la última.
Lucas soltó aire por la nariz. Casi una risa.
Doblé la servilleta y la guardé.
—El sábado.
Clara alzó los ojos.
—El sábado es el cumpleaños de Martina.
—Lo sé.
—También lo sabías antes.
Martina levantó la mano.
—No discutáis durante mi cumpleaños.
—Todavía no ha empezado —dijo Laura.
—Por eso aviso.
El teléfono vibró otra vez.
Esta vez era Robles.
Clara lo vio en la pantalla.
—Contesta.
—Puede esperar.
—No. Contesta y termina. Luego vuelves.
Cogí el móvil y me aparté dos pasos.
—Dime.
Robles habló sin saludo.
—La interventora ha encontrado los pagos.
Miré a Clara.
Ella cortaba la comida de Martina.
—¿Cuántos?
—Cuarenta y tres expedientes entre 1998 y 2011.
—¿Policías?
—Treinta y uno. El resto, jueces y funcionarios.
La nevera se encendió a mi espalda.
—¿Aparecen nombres?
—No. Números y conceptos.
—Entonces no tenemos nada.
—Tenemos las fechas.
Robles pasó varias hojas.
—Uno de los expedientes se abrió el mes en que aprobaste el ascenso.
Apreté el teléfono.
—Eso ya lo suponíamos.
—Se cerró doce años después.
Miré la mesa.
Lucas discutía con Martina por un rotulador. Clara les quitó el estuche y lo dejó sobre la encimera.
—Doce años —repetí.
—Tres meses después de tu entrada en Topas.
El borde del móvil se clavó en mi mano.
—Mándamelo mañana.
Robles guardó silencio.
—Hay otra cosa.
—Mañana.
Colgué.
Regresé a la mesa.
Clara me observó, pero no preguntó.
Le devolví el teléfono al mueble y me senté.
Lucas partió otro trozo de pan.
—¿No te vas?
—No.
—Vale.
No sonrió.
Tampoco hacía falta.
Terminamos de cenar. Laura recogió los platos. Martina llevó su vaso al fregadero y derramó la mitad por el camino.
Clara se puso el abrigo.
—Mañana cambian las personas autorizadas para recogerlos.
—Voy contigo.
—No hace falta.
—No he preguntado.
Abrió la puerta.
Lucas salió primero. Martina volvió para coger sus rotuladores.
Clara permaneció en el rellano.
—No voy a cambiarles de colegio.
—Bien.
—Ni voy a esconderlos.
—Bien.
Se acercó lo suficiente para que los niños no la oyeran.
—Pero si alguien conocía nuestros horarios durante años, también sabía cuándo estabas tú.
La miré.
Clara sujetó el pomo.
—Y cuándo no.
Cerró la puerta.
Mi teléfono volvió a vibrar.
Esta vez Robles había enviado una fotografía de la hoja contable.
No había nombres.
Solo un número de expediente.
O-17.
El mismo que aparecía detrás de la primera fotografía que habían tomado de mí.