CAPÍTULO 14La cámara
La cámara
A la mañana siguiente, el rostro de la grabación ocupaba seis pantallas de la Brigada.
En ninguna se veía completo.
Una mostraba la cicatriz. Otra, la curva de la nariz. En la tercera, el hombre bajaba la cabeza justo cuando pasaba frente a la cámara.
Robles dejó un vaso de café junto al teclado.
—No es casualidad.
—¿Qué parte?
—Sabe dónde están todas las cámaras.
Cogí el ratón y retrocedí el vídeo. El hombre se detenía antes de cada zona cubierta. Ajustaba la correa de su cámara. Miraba el suelo. Después avanzaba pegado a la pared.
—No las evita —dije—. Hace que no sirvan.
Un técnico amplió el fotograma.
La imagen se rompió en cuadrados.
—No puedo sacar más.
—Entonces deja de mirar la cara.
Robles apoyó una mano en mi silla.
—¿Qué buscas?
Señalé la cámara que llevaba colgada.
Era grande. Analógica. Una correa negra con una franja gris cruzaba su pecho.
—El equipo.
El técnico abrió otra ventana y aisló el objeto.
—Parece una Nikon antigua.
—No parece suya.
Robles frunció el ceño.
—¿Por qué?
—La lleva demasiado alta. La correa le roza el cuello y no deja de corregirla.
Volví a reproducir el vídeo.
El hombre fotografió a Gabriel. Bajó la cámara. Comprobó el carrete. Sus dedos buscaron una palanca que estaba al otro lado.
—No está acostumbrado al modelo.
El técnico detuvo la imagen.
—Entonces pudo pedirla prestada.
—O se la dieron para ese trabajo.
Robles abrió la carpeta de accesos del día de la oposición. No había fotógrafos autorizados. Tampoco prensa.
Solo aparecían profesores, candidatos y personal de mantenimiento.
—Entró con alguien —dijo.
—O tenía una acreditación.
Pasamos a la segunda grabación.
El hombre aparecía junto a una máquina de café. Esta vez no sostenía la cámara. Hablaba con un empleado vestido con mono gris.
Robles acercó la silla.
—Ese uniforme pertenece a mantenimiento.
—Busca quién trabajó ese día.
El técnico tecleó. Aparecieron nueve nombres.
Uno había muerto. Dos vivían fuera. Cuatro seguían empleados en la universidad. Los dos últimos solo estuvieron contratados durante aquella semana.
Robles señaló uno.
—Samuel Rivas.
El nombre me dejó la boca seca.
El antiguo empleado cuyas credenciales seguían activas. El mismo cuyas iniciales aparecían en el fragmento encontrado en mi casa.
—Rivas murió hace siete años —dije.
—El hombre del vídeo sigue vivo en las fotografías recientes.
—Entonces no es Rivas.
—Pero hablaba con él.
El técnico amplió al empleado del mono gris.
No era Samuel Rivas.
La placa de identificación llevaba otro nombre.
D. MENA.
Robles cogió el teléfono.
—Voy a pedir el expediente laboral.
—No.
Dejó el auricular a medio camino.
—¿Otra de tus brillantes formas de colaborar desde detrás?
Señalé la fecha del vídeo.
—Si estaba contratado, el expediente ya habrá sido revisado.
—¿Y?
—Y alguien decidió que Samuel Rivas era el nombre que debíamos encontrar.
Robles mantuvo la mano sobre el teléfono.
Después lo soltó.
—Vamos a Nóminas.
La responsable de Personal nos recibió de pie. No ofreció asiento.
Robles puso una captura sobre su mesa.
—Necesitamos identificar a este empleado.
La mujer apenas la miró.
—No puedo reconocerlo.
—La placa dice Mena.
—Entonces será Mena.
—Nombre completo.
La responsable acercó la fotografía. Su índice tapó la cara del hombre.
—Daniel Mena. Técnico eventual.
—¿Cuánto tiempo trabajó aquí? —pregunté.
—Una semana.
—¿Quién lo contrató?
Abrió un archivador. Pasó varias hojas y se detuvo.
—Gabriel Ledesma.
Robles y yo nos miramos.
—¿Para qué? —preguntó ella.
—Instalación de equipos audiovisuales.
—La cámara del pasillo.
La responsable cerró el archivador.
—Eso no aparece aquí.
Le quité la carpeta antes de que pudiera guardarla.
La ficha de Daniel Mena llevaba una fotografía grapada.
El hombre era joven. Sin cicatriz.
Y no se parecía al de la grabación.
—Alguien utilizó su nombre —dije.
La responsable intentó recuperar el expediente.
—Devuélvamelo.
Robles puso su placa sobre la carpeta.
—¿Quién comprobó su documentación?
La mujer miró hacia la puerta.
—El secretario del tribunal.
—¿Álvaro Pineda?
Negó.
—Enrique Valdés.
Tres horas después, Clara dejó mi teléfono sobre la mesa sin soltarlo.
Había venido a comisaría con Lucas.
Él esperaba en el pasillo, sentado frente a una máquina apagada. No levantó la cabeza cuando pasé a su lado.
—Llámalo —dijo Clara.
—Estoy aquí.
—No a mí.
Empujó el teléfono contra mi pecho.
En la pantalla seguía abierta la última conversación con Lucas. Cuatro mensajes sin responder. El último solo contenía la dirección del restaurante.
—No tenía batería.
Clara miró el cargador conectado detrás de mí.
—Qué mala suerte.
Cogí el móvil.
—Hablaré con él.
—Eso dijiste antes de dejarlo esperando cuarenta minutos.
—Encontré una grabación.
—Él encontró una silla vacía.
Lucas se levantó en el pasillo. Se colgó la mochila y caminó hacia la salida.
Lo alcancé antes de la puerta.
—Espera.
—Mamá ya ha terminado.
—Yo no.
Puso la mano sobre el picaporte.
—Tú nunca terminas.
Clara se detuvo detrás de nosotros.
No intervino.
—Lo de ayer fue importante —dije.
Lucas abrió la puerta.
—Para ti.
—Han matado a dos personas.
—Y yo sigo vivo. Puedes verme otro día.
La puerta golpeó la pared.
Salió.
Di un paso, pero Robles apareció al fondo con una carpeta azul.
—Julio.
Clara soltó una risa seca.
—Ahí lo tienes.
Me quedé entre la puerta abierta y Robles.
Lucas ya bajaba las escaleras.
Robles levantó la carpeta.
—Han localizado los negativos de la cámara que llevaba el hombre.
Clara me miró.
No dijo que eligiera.
No hacía falta.
Corrí escaleras abajo.
Alcancé a Lucas en el portal.
—Mañana comemos.
—Tengo entrenamiento.
—Después.
—He quedado.
—Entonces antes.
Se volvió.
Tenía la mandíbula apretada igual que yo a su edad.
—No quiero una comida metida donde te sobre tiempo.
Clara llegó detrás.
Le tocó el hombro.
—Vamos.
Lucas salió a la calle.
Esta vez no intenté detenerlo.
Cuando regresé arriba, Robles seguía junto a la puerta. Me entregó la carpeta sin comentario.
—¿Dónde estaban los negativos?
—En el almacén de la antigua empresa.
—El dueño dijo que solo conservaba vídeos.
—Los carretes no eran suyos. Gabriel los dejó para revelar y nunca los recogió.
Entramos en una sala pequeña. Sobre una mesa luminosa habían colocado treinta y seis negativos.
El olor químico se pegaba a la garganta.
Un técnico pasó la primera tira por el escáner.
Apareció Gabriel saliendo de la Facultad. Después, hablando con Soria. En otra imagen discutía con Valdés junto a un coche.
—El hombre no solo vigilaba a Gabriel —dijo Robles.
La siguiente fotografía mostraba a Marta entrando en Secretaría.
Otra, al rector cruzando el patio.
Otra, a Soria sentado solo en una cafetería.
—Fotografiaba a todos los implicados —dije.
El técnico cambió de tira.
Las fechas avanzaban varios años. El mismo hombre aparecía reflejado en escaparates o cristales. Siempre detrás de otra persona. Siempre con la cámara cerca.
—¿Quién hizo estas copias? —pregunté.
—Gabriel. Fue añadiéndolas a la caja.
Robles tocó una de las imágenes.
—Estaba buscando al fotógrafo.
—Y lo encontró.
En la última fotografía, la cicatriz se veía entera.
El hombre salía de un edificio de Salamanca. Miraba directamente hacia Gabriel.
Detrás había un cartel de una academia infantil.
El técnico escaneó el reverso.
Una fecha escrita a mano apareció en la pantalla.
Seis años atrás.
Robles acercó la cara.
—Para entonces Gabriel ya sabía quién era.
—No escribió el nombre.
—Escribió una dirección.
Reconocí la calle.
No por el edificio.
Por el banco verde frente a la entrada.
Había esperado allí demasiadas tardes mientras Lucas salía de clase.
Abrí la siguiente imagen.
El hombre de la cicatriz estaba apoyado contra una farola. Ya no fotografiaba a Gabriel.
Apuntaba hacia la puerta de la academia.
Un niño acababa de salir con una mochila roja. Caminaba de la mano de Clara.
Era Lucas. Tendría siete años.
Robles apartó lentamente la fotografía del escáner.
Debajo había otra.
El mismo hombre seguía a Clara hasta el coche.
Y en el asiento trasero, casi oculta detrás del cristal, estaba Martina.
En el margen inferior, Gabriel había escrito una hora. La misma hora a la que yo recogía a mis hijos todos los viernes.