CAPÍTULO 13El séptimo candidato
El séptimo candidato
Treinta y seis horas después, Abel Soria estaba tumbado entre dos coches del aparcamiento de la Facultad de Derecho.
Tenía un brazo bajo el cuerpo. El otro señalaba la puerta de emergencia, como si hubiera intentado alcanzarla antes de caer.
Robles levantó la cinta para dejarme pasar.
—No toques nada.
—Ya me lo has quitado todo.
—La costumbre permanece más que la acreditación.
El fluorescente sobre el cadáver se encendía y apagaba. Cada destello devolvía el brillo a la sangre seca junto a su oreja.
Me detuve a dos metros.
Soria llevaba la misma chaqueta con la que había aparecido en mi rellano. La acreditación de Valdés ya no colgaba de su cuello.
—¿Dónde está la tarjeta?
Robles señaló una bolsa sobre el capó de un coche.
—En su bolsillo.
—Ayer dijo que Valdés se la entregó.
—Y Valdés dice que se la robó.
—Uno de los dos miente.
—Eso reduce poco la lista.
La científica fotografió una marca oscura en el suelo. No había sangre alrededor. Solo una línea arrastrada desde la puerta de emergencia.
Me acerqué un paso.
—Lo mataron dentro.
Robles no respondió.
Empujó la puerta con un guante. Al otro lado había una escalera estrecha y una pared de cemento. En el tercer peldaño quedaba una mancha rojiza.
—Golpe en la cabeza —dijo—. Después lo sacaron al aparcamiento.
—¿Para que pareciera un atropello?
—Nadie ha dicho eso.
Señalé el parachoques del coche más cercano. Estaba limpio.
—Pero alguien quería que lo pensáramos.
Un agente bajó por la rampa con una carpeta.
—Hemos localizado el vehículo de la víctima.
Robles cogió las llaves.
—¿Dónde?
—En la calle Rector Esperabé. A quince minutos andando.
—Entonces vino con alguien —dije.
El agente me miró antes de responder.
—O alguien movió su coche.
Robles abrió la carpeta. Dentro aparecía la declaración que Soria había prestado la noche anterior.
Había hablado durante veintisiete minutos.
Admitió que utilizó la acreditación de Valdés para entrar en la universidad. Negó haberla robado. Afirmó que la conservaba desde hacía doce años.
—¿Por qué lo dejaste marchar? —pregunté.
Robles cerró la carpeta.
—Porque no podía detenerlo por guardar una tarjeta vieja.
—Podías protegerlo.
—Se negó.
—Entonces insistías.
Su mandíbula se endureció.
—Tú estabas ocupado intentando seguirlo cuando salió de comisaría.
El golpe llegó donde debía.
Había perdido a Soria dos calles después. Un autobús se interpuso entre nosotros. Cuando pasó, la acera estaba vacía.
Robles me entregó la declaración.
—Lee la última página.
Soria había señalado a Valdés. No como asesino. Como responsable de eliminar su nombre de una oposición universitaria celebrada doce años atrás.
El tribunal evaluó oficialmente a seis candidatos.
Soria aseguraba haber sido el séptimo.
—Marta dijo que Valdés no quería darle la plaza —dije.
—Y el secretario sostiene que Soria nunca llegó a presentarse.
—¿Quién obtuvo el puesto?
Robles pasó una hoja.
—Una candidata llamada Irene Salas.
El papel crujió entre mis dedos.
—La misma Irene del expediente manipulado.
—La misma.
Un hombre con chaleco de mantenimiento esperaba junto a la rampa. Miraba el cadáver sin acercarse.
Lo señalé.
—¿Quién es?
—Encontró el cuerpo.
Me acerqué antes de que Robles pudiera frenarme.
—¿A qué hora?
El hombre se limpió las manos en el pantalón.
—A las seis menos cuarto.
—¿Vio algún coche salir?
—No.
—¿Escuchó algo?
Miró a Robles.
Ella asintió.
—Una puerta. Sobre las cinco y media.
—¿Esta?
Empujé la de emergencia. El muelle produjo un golpe metálico.
El hombre negó.
—La del archivo.
Robles dejó de escribir.
—¿Qué archivo?
Señaló el nivel inferior.
—El de expedientes académicos antiguos.
Bajamos.
La cerradura no estaba forzada. Dentro, las estanterías formaban pasillos estrechos. Olía a cartón mojado.
Una administrativa nos esperaba junto a una mesa.
—No falta ningún expediente —dijo.
—No le hemos preguntado eso —respondí.
La mujer sujetó un inventario contra el pecho.
—Lo he comprobado.
Robles le quitó la hoja con suavidad.
—¿Quién ha entrado esta mañana?
—Nadie.
—El testigo oyó la puerta.
—Entonces se confundió.
Pasé un dedo por la mesa. Había siete círculos limpios sobre el polvo.
Seis juntos.
El último, apartado.
—Aquí había vasos.
La administrativa retrocedió.
—La sala se usó ayer.
—¿Para qué?
No contestó.
Abrí la papelera con la punta del zapato. Dentro había seis vasos de plástico.
Robles miró el séptimo círculo.
—Falta uno.
La administrativa apretó el inventario.
—La reunión era privada.
—¿Quiénes estuvieron? —preguntó Robles.
La mujer bajó la vista.
—Los seis miembros del tribunal.
Señalé la marca aislada.
—Y el séptimo.
A la una y veinte, el antiguo bedel seguía negándose a abrir la puerta.
Se llamaba Mauro Nieto. Había trabajado en la Facultad de Derecho durante treinta y ocho años y vivía encima de una tienda cerrada cerca del río.
Robles volvió a llamar.
—Policía.
—Ya no recuerdo nada —respondió desde dentro.
—No le hemos preguntado todavía.
—Por eso.
Miré la hora.
Lucas me esperaba a las dos en un restaurante junto a la Plaza Mayor. Había elegido él mismo el sitio.
Guardé el teléfono.
—Soria estuvo anoche en mi casa —dije hacia la puerta—. Esta mañana alguien le abrió la cabeza.
El cerrojo se movió.
Mauro apareció con una bata sobre la ropa. Tenía un audífono en una mano.
—Eso no demuestra que yo sepa algo.
—Ha abierto.
—Para que deje de gritar en la escalera.
Entramos.
Sobre la mesa había cajas de medicamentos y un cuenco con llaves antiguas. Robles dejó una fotografía de Soria entre ambas cosas.
Mauro se colocó el audífono.
—Ha envejecido mal.
—Ya no va a seguir haciéndolo —dije.
Robles me apartó la fotografía.
—¿Lo recuerda?
—Recuerdo a siete jóvenes esperando delante del aula. Seis entraron con papeles. Uno entró sin ellos.
—¿Soria?
Mauro tocó la imagen.
—Llegó tarde. Dijo que alguien había cambiado la hora de su convocatoria.
—¿Quién lo dejó entrar?
—Valdés.
Robles acercó una silla.
—El acta solo recoge seis candidatos.
—Las actas recogen lo que alguien escribe.
Mauro cogió una llave del cuenco y la hizo girar entre sus dedos.
—Yo puse siete botellas de agua. También siete carpetas. Cuando terminó el examen, solo quedaban seis.
—¿Qué pasó con la de Soria?
—Valdés me ordenó tirarla.
Robles sacó la libreta.
—¿Lo hizo?
Mauro sonrió sin humor.
—Trabajé treinta y ocho años obedeciendo. Alguna vez tenía que equivocarme.
Se levantó. Abrió un armario y sacó una caja de zapatos atada con una cuerda.
Mi teléfono vibró.
Clara.
Lo silencié.
Mauro dejó la caja sobre la mesa.
—Guardé la hoja de entrada. Pensé que algún día alguien preguntaría por el joven que oficialmente nunca estuvo allí.
Robles desató la cuerda.
Dentro no había expedientes. Solo recibos, horarios antiguos y copias de partes de mantenimiento.
Encontró la hoja al fondo.
Siete firmas.
La última pertenecía a Abel Soria.
—Esto demuestra que se presentó —dijo Robles.
—Demuestra que entró —corregí—. Todavía no sabemos qué ocurrió dentro.
Mauro me observó por encima del audífono.
—Pregúntele a la cámara.
Robles levantó la vista.
—¿Qué cámara?
—La colocaron después de que desaparecieran varios exámenes. Enfocaba el pasillo del tribunal.
—Seguridad asegura que no existía ninguna.
—Seguridad no la instaló.
El teléfono vibró otra vez.
Esta vez miré la pantalla.
Lucas: Ya estoy aquí.
Guardé el móvil.
—¿Quién la puso?
Mauro señaló uno de los partes de mantenimiento.
—Gabriel Ledesma.
Robles tomó el documento.
La cámara había sido instalada dos días antes de la oposición y retirada la semana siguiente. El parte incluía un número de serie y el nombre de la empresa que almacenó las grabaciones.
—Esa empresa cerró hace años —dijo Robles.
Mauro volvió a sentarse.
—El dueño sigue vivo.
Miré la hora.
Las dos menos cinco.
—¿Dónde?
Nos dio una dirección en el polígono de Los Villares.
Robles cerró la caja.
—Yo pido una orden. Tú te vas a comer con Lucas.
—Cuando tengas la orden habrán cerrado.
—Julio.
—Soria apareció en mi casa con la tarjeta de Valdés. Horas después estaba muerto.
—Y tu hijo está esperando.
Mi teléfono volvió a vibrar.
No lo saqué.
Robles sostuvo la hoja con las siete firmas delante de mí.
—Decide cuál de los dos lleva más tiempo esperando.
La garganta se me cerró al tragar.
Cogí la dirección de Mauro.
—Diez minutos.
—Eso no existe contigo.
Salí antes de que terminara.
La empresa era una nave pequeña con las persianas a medio bajar. Un hombre estaba colocando una cadena en la puerta.
Le enseñé el parte.
—Necesito las grabaciones de esta cámara.
—Necesita una orden.
—Un hombre ha muerto esta mañana.
El dueño dejó de mover la cadena.
—¿Abel?
No respondí.
Su mano se separó lentamente del candado.
—Vino ayer.
—¿Qué quería?
—Lo mismo que usted.
Abrió la nave.
Dentro, varias torres de discos duros ocupaban una mesa. Un ventilador golpeaba contra la carcasa con un sonido seco.
Mi teléfono vibró por cuarta vez.
Lo apagué.
El dueño conectó una unidad antigua y escribió el número de serie. Aparecieron tres archivos de vídeo.
—Solo se conservaron estos.
—¿Por qué?
—Gabriel pagó para que no se borraran.
Abrió el primero.
El pasillo del tribunal apareció vacío. La imagen saltaba cada pocos segundos.
A las ocho y cuarenta y siete, Abel Soria entró en plano con una carpeta bajo el brazo.
Un hombre caminaba detrás de él.
No pude verle la cara.
Llevaba una cámara colgada al cuello.
—Deténgalo.
El dueño congeló la imagen.
El hombre giró apenas la cabeza hacia el objetivo de seguridad.
Lo suficiente para mostrar una cicatriz junto a la oreja.
El propietario acercó la pantalla.
—Ese no vino por la oposición.
—¿Cómo lo sabe?
Movió el vídeo unos minutos hacia atrás.
El mismo hombre llevaba más de una hora allí.
No vigilaba la puerta del tribunal.
Fotografiaba a Gabriel Ledesma.