Salamanca: los que observan (Los casos de Julio Barral 5) CAPÍTULO 12El tribunal
30%

CAPÍTULO 12El tribunal

El tribunal

Dos días después, Robles dejó mi acreditación sobre la mesa y puso dos dedos encima.

—No vuelves a tocar una prueba.

La sala olía a papel húmedo. El sobre robado de mi casa aparecía fotografiado en la pantalla, aunque seguía sin aparecer físicamente.

—Eran copias.

—Eran material de una investigación abierta.

—Y alguien entró a buscarlo.

Robles empujó la acreditación hacia ella.

—Precisamente.

Intenté cogerla.

Cerró la mano antes.

Habían identificado a Samuel Rivas. Existía. Había trabajado cuatro meses para la universidad siete años atrás. Después murió en un accidente de tráfico. Su usuario siguió activo.

—Alguien utilizó sus credenciales —dije.

—Eso parece.

—¿Y la pieza encontrada en mi casa?

Robles abrió una bolsa transparente. El fragmento negro con las iniciales **SR** descansaba dentro.

—Parte de un lector portátil de tarjetas. El modelo lo usaba la empresa de Rivas.

—Entonces quien entró tenía acceso al sistema.

—O compró uno de segunda mano.

Golpeé la mesa con un nudillo.

—Sabes que no fue casualidad.

—Sé que contaminaste la cerradura, moviste las cajas y tardaste horas en avisar.

—No tardé horas.

Robles levantó la vista del informe.

—Laura escuchó la puerta por la mañana. Tú me llamaste por la tarde.

El borde de la mesa se clavó en mi palma.

—Ella no sabía que faltaba nada.

—Tú sí sabías que guardabas pruebas donde dormías.

Retiró mi acreditación y la metió en su bolsillo.

—A partir de ahora observas. No interrogas, no registras y no te llevas nada.

—Entonces ¿para qué estoy aquí?

—Porque Gabriel escribió tu nombre antes de morir. No porque seas policía.

La puerta se abrió.

Marta Téllez entró acompañada de un abogado de la universidad. Llevaba el mismo abrigo de la última vez, pero había dejado de mirar al suelo.

Robles señaló la silla.

—Siéntese.

El abogado puso una grabadora sobre la mesa.

—Mi representada comparece voluntariamente.

—Eso suele decirse cuando alguien quiere recordar que puede marcharse —dije.

Robles me lanzó una mirada.

Me apoyé contra la pared.

Marta colocó las manos sobre las rodillas.

—Ya les conté lo que sabía.

Robles abrió el acta provisional.

—Nos contó que el expediente de Irene Salas estaba completo.

—Lo estaba.

—Enrique Valdés afirma que usted informó de lo contrario.

La mujer no parpadeó. Solo hundió una uña en la otra mano.

—Valdés firmaba las decisiones.

—No le he preguntado quién firmaba.

Marta miró al abogado. Él tocó la grabadora.

—Puede responder.

—Yo preparé un informe —dijo—.

Indicaba que faltaba un certificado. Robles deslizó una copia.

—Este informe.

Marta lo leyó. Su respiración cambió.

—No es el mío.

—Lleva su firma.

—La firma es mía.

—Entonces sí es suyo.

—La firma la puse en otra hoja.

El abogado se movió en la silla.

—Necesitamos una pausa.

Robles cerró la carpeta.

—Todavía no.

Puso delante de Marta dos documentos. La misma firma aparecía al pie de ambos. En uno faltaba el certificado.

En el otro, no.

—¿Cuál firmó?

Marta señaló el segundo.

—Este.

—¿Quién sustituyó la página?

—No lo sé.

—¿Quién tenía acceso?

Marta apretó los labios. Robles esperó.

El silencio funcionó mejor que cualquier amenaza.

—Valdés —dijo finalmente—. Y el secretario del tribunal.

—¿Álvaro Pineda?

Negó.

—Pineda no formaba parte del tribunal.

—Pero entraba en Secretaría.

—Entraba en todas partes.

Robles anotó algo.

—¿Gabriel lo sabía?

Marta tocó el borde del acta.

—Gabriel vio las dos versiones.

—¿Cuándo?

—La noche antes de morir.

El abogado apagó la grabadora.

—Se acabó.

Robles no lo impidió. Marta se levantó.

Antes de salir, dejó una mano sobre la puerta.

—Valdés no quería darle la plaza a Soria.

Me separé de la pared.

—La firmó.

—Porque alguien le recordó otra firma.

El abogado la agarró del brazo.

—Marta.

Ella abrió la puerta.

—Pregúntenle por el tribunal de hace doce años.

Salió sin mirar atrás.

Robles guardó el acta.

—No vas a ir a por Valdés.

—Acaba de señalarlo.

—Acaba de señalar una contradicción.

—Es suficiente.

—Para ti siempre lo es.

Cogió su abrigo.

—Por eso vas a quedarte detrás.

Laura abrió la puerta con una maleta pequeña a sus pies.

Clara esperaba en el rellano.

Ninguna de las dos pareció sorprendida de ver a la otra. Eso fue peor.

—Vengo a recoger las cosas de los niños —dijo Clara.

Laura apartó la maleta.

—Están en el salón.

Entré detrás de ellas. Sobre la mesa había dos mochilas y una caja con ropa doblada.

La casa parecía más ordenada que cuando vivía solo. También menos mía.

Clara cogió una sudadera de Martina.

—¿Te vas?

Laura cerró la puerta con el pie.

—Estoy trayendo cosas.

—La maleta suele funcionar en las dos direcciones.

Dejé las llaves en el mueble.

—No empecéis.

Las dos me miraron.

Laura fue la primera en apartar la vista.

—Robles ha llamado.

—¿Por qué?

—Para preguntarme cuándo escuché la puerta.

Clara dejó de doblar la sudadera.

—¿Qué puerta?

Cogí la caja antes de que Laura respondiera.

—Entraron en casa.

Clara me la quitó de las manos.

—¿Estaban los niños?

—No.

—¿Podían haber estado?

—No.

—Eso no es una respuesta.

Laura cerró la cremallera de la maleta.

—Aquí casi nunca lo es.

Clara se volvió hacia ella.

—No necesito ayuda.

—No te la estaba dando.

El teléfono vibró en mi bolsillo. Lo silencié sin mirar.

Clara señaló el aparato.

—Esta vez no te vas.

—No pensaba hacerlo.

—Entonces contesta a la pregunta.

Dejó la caja sobre la mesa.

—¿Guardabas cosas del caso aquí?

Laura cruzó los brazos. No dije nada.

Clara abrió la tapa. Solo había ropa.

—Claro.

—Eran copias.

—Los niños también tienen copias de las llaves.

—Han cambiado la cerradura.

—Después.

La palabra cayó entre nosotros.

Laura empujó la maleta hacia la pared.

—Robles le ha quitado la acreditación.

Clara me miró.

—¿Qué acreditación?

—La de acceso.

—¿Y sigues investigando?

—Sigo colaborando.

—Desde detrás —dijo Laura.

Clara soltó una risa breve.

—Eso le va a durar mucho.

Cogió las mochilas, pero una se abrió. Varios cuadernos cayeron al suelo.

Me agaché. Clara hizo lo mismo.

Nuestras manos tocaron el mismo cuaderno. Ella lo soltó primero.

En la portada estaba escrito el nombre de Lucas. Debajo había una hoja doblada.

La abrí.

Era una autorización para una excursión escolar. El lugar aparecía subrayado. **Facultad de Derecho.**

—¿Cuándo es esto? —pregunté.

Clara me arrancó el papel.

—Mañana.

—No va.

—No decides tú solo.

—Han seguido a Lucas en ese campus.

Laura recogió los cuadernos.

—También lo siguieron fuera.

Clara la miró con dureza.

—Gracias. Eso ayuda mucho.

—No pretendía ayudar.

El teléfono volvió a vibrar. Esta vez era Robles.

Contesté.

—Dime.

—Valdés ha venido a declarar.

Miré a Clara.

—¿Solo?

—Con dos abogados y una versión distinta.

—¿Distinta de cuál?

Escuché hojas al otro lado.

—Ahora dice que nunca vio el expediente de Irene Salas.

—Marta asegura que lo firmó.

—Y el secretario del tribunal afirma que Marta llevó las dos versiones.

Cogí la chaqueta. Clara bloqueó la puerta.

—No.

Robles siguió hablando.

—Hay algo más. El tribunal de hace doce años no era universitario.

Me detuve.

—¿Entonces?

—Era el proceso interno que aprobó tu ascenso a inspector.

Clara bajó lentamente la mano del pomo.

—¿Quién estaba en él?

Robles tardó un segundo.

—Enrique Valdés.

Miré la autorización de Lucas sobre la mesa.

—Valdés es profesor.

—Ahora.

Se oyó una puerta cerrarse al otro lado de la línea.

—Antes trabajó como asesor jurídico de la Policía.

Laura cogió mi chaqueta antes que yo.

—No vas solo.

Clara dio un paso.

—Yo tampoco dejo a los niños aquí.

—No he dicho eso —respondió Laura.

—No hace falta.

El timbre sonó. Nadie esperaba a nadie.

Clara apartó a Laura y miró por la mirilla. Su cuerpo se quedó quieto.

—¿Quién es? —pregunté.

No respondió.

Apartó lentamente la cara del cristal.

—Enrique Valdés.

Robles seguía al teléfono.

—Julio, Valdés está sentado delante de mí.

El timbre volvió a sonar. Esta vez, una voz llegó desde el otro lado de la puerta.

—Sé que estáis dentro.

Clara retrocedió.

Yo miré por la mirilla.

El hombre del rellano levantó la cara. No era Valdés. Pero llevaba su acreditación.

Abrí la puerta antes de que Clara pudiera detenerme.

El hombre dio un paso atrás.

—¿Julio Barral?

Asentí.

Se quitó lentamente la acreditación del cuello.

—No me queda mucho tiempo.

Robles seguía hablando al teléfono.

—Julio, ¿sigues ahí?

Ignoré la pregunta.

—¿Quién es usted?

—Abel Soria.

El nombre no me dijo nada.

—Valdés dice que nunca existí.

Levantó la tarjeta.

—Hace una hora me abrió una puerta con esto.

—Entre.

Negó.

—No pienso llegar vivo a una comisaría.

Miró un instante hacia la escalera.

—Si mañana no aparezco, busque al séptimo candidato.

Echó a correr.