Salamanca: los que observan (Los casos de Julio Barral 5) CAPÍTULO 11La tesis desaparecida
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CAPÍTULO 11La tesis desaparecida

La tesis desaparecida

Tres días después, el espacio reservado para la investigación de Gabriel Ledesma estaba vacío.

Daniel pulsó otra vez sobre la carpeta. La pantalla mostró el mismo aviso.

ARCHIVO NO ENCONTRADO.

—Estaba aquí —dijo.

Robles se inclinó sobre el ordenador de la biblioteca. El ventilador de la torre giraba con un silbido agudo.

—¿Cuándo lo viste por última vez?

—La semana anterior a su muerte.

—Eso no significa que siguiera aquí el lunes.

Daniel apartó la mano del ratón.

—Gabriel llevaba siete años trabajando en ella.

—La gente borra cosas.

—Gabriel no.

Toqué el teclado. La carpeta conservaba el título, la fecha de creación y el nombre del autor. Dentro no quedaba ningún documento. Ni borradores. Ni anexos. Ni referencias.

Solo una estructura vacía.

—¿Dónde estaban las copias? —pregunté.

Daniel se cruzó de brazos.

—En el servidor de investigación. En su portátil. También imprimió una.

—Tres copias.

—Como mínimo.

Robles señaló la pantalla.

—Esta es la primera que sabemos que ha desaparecido. No conviertas una ausencia en una operación de limpieza.

La miré.

—¿Tienes una explicación mejor?

—Todavía no. Esa es la diferencia.

Daniel cerró la carpeta. Después abrió el historial de versiones. Aparecieron decenas de registros hasta cuatro meses atrás. A partir de ahí, nada.

—Eso no puede ser —dijo.

—¿Por qué?

—Lo corregíamos todas las semanas.

Cogió el ratón y buscó su usuario. No aparecía ninguna modificación reciente. Tampoco comentarios, accesos ni descargas.

Era como si los últimos cuatro meses nunca hubieran existido.

Robles llamó al técnico de sistemas. Llegó diez minutos después con una acreditación colgada del cuello y una taza manchada de café.

Se llamaba Tomás Nieto.

—Necesitamos recuperar este archivo —dijo Robles.

Tomás miró la pantalla.

—Si se ha borrado, estará en la copia de seguridad.

—¿Cuánto tardas?

—Depende.

—Siempre depende —dije—. Prueba.

El técnico conectó una memoria y abrió la consola. Sus dedos se movieron rápido. Después dejaron de hacerlo.

—No hay copia.

Daniel empujó la silla hacia atrás.

—Eso es imposible.

—No —respondió Tomás—. Es difícil.

—Explícanos la diferencia —dijo Robles.

El técnico giró la pantalla. Había cuatro copias semanales. Todas contenían la carpeta. Ninguna conservaba los documentos.

—No eliminaron el archivo —dijo—. Sobrescribieron la carpeta vacía en cada respaldo.

—¿Cuándo? —pregunté.

Tomás amplió una columna.

—No puedo asegurarlo. Los registros tienen el mismo sello temporal.

Robles apoyó un dedo sobre la mesa.

—¿Quién puede modificarlo?

—Administradores del sistema.

—Nombres.

Tomás dudó.

—Somos cinco.

—Ahora sois cinco sospechosos —dije.

Robles me cortó.

—Ahora son cinco personas con acceso. No es lo mismo.

Tomás me miró antes de abrir otra ventana. Consultó las conexiones remotas. Dos provenían del edificio. Una, del rectorado. Otra figuraba sin ubicación.

La última pertenecía al despacho de Gabriel.

—Ahí está —dije.

Robles negó.

—No demuestra quién utilizó el equipo.

Daniel se acercó a la pantalla.

—Gabriel no podía hacerlo.

—¿Por qué? —pregunté.

—Porque esa conexión fue el jueves.

Tomás comprobó la hora.

—Las tres y catorce de la madrugada.

La fecha aparecía dos días después del asesinato.

Robles pidió una copia de los registros. Tomás conectó otra memoria, pero el ordenador emitió un pitido.

La ventana desapareció.

—¿Qué has hecho? —pregunté.

—Nada.

El técnico volvió a abrirla. Los registros ya no estaban.

Le agarré la silla y la aparté del teclado.

—Alguien está conectado.

Robles desenchufó el cable de red.

La pantalla quedó congelada.

Daniel golpeó la mesa con la palma.

—Acaban de borrarlo delante de nosotros.

Tomás palideció.

—Eso no debería poder hacerse.

—Pero se ha hecho —dije.

Robles retiró la memoria del puerto.

—Precintamos el servidor. Nadie entra ni sale de esta sala.

El técnico levantó las manos.

—Tengo que avisar a mi superior.

—Acabas de hacerlo.

Robles llamó a dos agentes. Mientras aseguraban la puerta, Daniel abrió su mochila.

Sacó un cuaderno de tapas negras.

—No tengo la tesis —dijo—. Pero copié el índice.

Pasó varias páginas. Los primeros capítulos trataban sobre oposiciones manipuladas, miembros de tribunales y candidatos excluidos.

El último título estaba rodeado dos veces.

El candidato que nunca existió.

—¿Qué significa? —preguntó Robles.

Daniel cerró el cuaderno antes de que pudiera quitárselo.

—Que Gabriel encontró una plaza concedida a alguien que no figuraba en la convocatoria.

—¿Quién?

Daniel apretó las tapas.

—No llegó a decírmelo.

Por una vez, le creí.

Laura llevaba dos noches durmiendo en mi casa y todavía guardaba el cepillo de dientes dentro de su bolso.

Lo vi cuando abrió la cremallera para buscar las llaves. El mango azul asomó entre una cartera y un paquete de pañuelos.

No dije nada.

Ella tampoco.

Dejó una bolsa de ropa sobre la silla del dormitorio. No abrió el armario. La calefacción golpeaba las tuberías con un sonido seco que se repetía cada pocos minutos.

—Eso puede ir dentro —dije.

Laura miró el armario.

—De momento está bien ahí.

—Lleva ahí desde ayer.

—Entonces no molesta tanto.

Pasé junto a ella y abrí la puerta. Había espacio en la balda superior. Aparté dos jerséis.

Laura cogió la bolsa antes de que la tocara.

—No necesito que me organices.

—Solo estaba haciendo sitio.

—Tú no haces sitio. Desplazas cosas hasta que dejan de verse.

Cerré el armario.

Sobre la cama había fotografías del caso. Las había dejado allí antes de salir por la mañana. Laura levantó una por una y las apiló.

—No deberías tener esto en casa.

—Son copias.

—El hombre que sale detrás de Lucas está oficialmente muerto.

—Precisamente por eso.

Metió las fotografías en una carpeta.

—Precisamente por eso no deberían estar junto a la almohada.

Le quité la carpeta.

—No las mires.

—Difícil. Estaban donde duermo.

El teléfono vibró en mi bolsillo. Lo saqué. Robles había enviado el listado de administradores con acceso al servidor.

Laura cogió la bolsa de ropa.

—Puedes contestar.

—No es una llamada.

—Mucho mejor. Así ni siquiera tienes que fingir que estás aquí.

Dejó la bolsa junto a la puerta.

Bloqueé la pantalla.

—¿Te vas?

—Voy a mi casa a por ropa.

—Ya has traído ropa.

—He traído dos camisetas.

—Eso es ropa.

Laura soltó la bolsa.

—¿Quieres que me quede o quieres ganar una discusión?

No respondí.

Ella se agachó y abrió el bolsillo lateral. Sacó una camiseta doblada. Luego otra. Las dejó sobre la cama.

—Dos noches —dijo—. Una cena fría. Tres veces te has levantado para mirar fotografías. Esta mañana no estabas cuando desperté.

—Tenía que ir a la universidad.

—Lo sé. Dejaste la puerta abierta.

Miré hacia el pasillo.

—La cerré.

—No.

Caminé hasta la entrada. La cerradura no tenía señales. Tampoco el marco. Toqué el pomo. Frío.

—¿Faltaba algo?

—No hice inventario.

—¿Viste a alguien?

Laura apoyó la espalda contra la pared.

—Escuché pasos en la escalera. Después la puerta se movió.

—Podía ser corriente.

—Claro.

—No he dicho que lo fuera.

—Pero ya estás buscando una respuesta que te permita seguir como si nada.

Abrí el cajón del mueble. Las llaves de repuesto seguían dentro. También la cartera y un sobre con dinero.

Nada faltaba.

Entré en el salón. Revisé la mesa. El portátil permanecía cerrado. Las cajas de fotografías estaban apiladas junto a la ventana.

Una había cambiado de posición.

La marca de polvo terminaba dos centímetros antes.

—Alguien la tocó.

Laura apareció detrás.

—O la moví yo al limpiar.

—¿La moviste?

—No.

Abrí la caja. Había copias de seguimientos, listas de fechas y fotografías recuperadas del despacho 214. Conté los sobres.

Nueve.

Recordaba diez.

—Falta uno.

Laura se acercó.

—¿Cuál?

Revisé las etiquetas.

Oviedo. Zaragoza. Salamanca. Sevilla. Madrid.

Faltaba la carpeta sin ciudad.

La que contenía mis primeros seguimientos.

Cogí el teléfono.

—Voy a llamar a Robles.

Laura me sujetó la muñeca.

—Primero mira la cerradura.

—Ya la he mirado.

—La has tocado. No es lo mismo.

Solté el móvil sobre la mesa y regresé a la entrada. Laura encendió la luz del pasillo. Una línea fina cruzaba el metal bajo el bombín.

Reciente.

Me agaché. En el suelo había una pequeña escama de plástico negro.

No pertenecía a la puerta.

Laura la recogió con un pañuelo.

—¿Qué es?

La giré entre los dedos.

Tenía un borde curvado y dos letras grabadas.

SR.

El teléfono empezó a sonar en el salón.

Robles.

Contesté mientras seguía mirando el fragmento.

—Dime.

—Hemos identificado a los cinco administradores —dijo—. Cuatro estaban localizados cuando borraron los registros.

—¿Y el quinto?

Escuché cómo cerraba una puerta.

—No existe.

Apreté el plástico.

—¿Cómo que no existe?

—Su usuario fue creado hace siete años. Tiene permisos completos, cobra una nómina y figura como responsable de seguridad informática.

Laura dejó la bolsa de ropa en el suelo.

Robles continuó:

—Pero no hay contrato, fotografía ni documento de identidad. Solo un nombre.

Miré las dos letras grabadas en el fragmento.

—¿Cuál?

—Samuel Rivas.

La calefacción golpeó otra vez dentro de la pared.

Esta vez Laura también miró hacia el dormitorio.

La puerta del armario estaba abierta.