CAPÍTULO 10El alumno brillante
El alumno brillante
A las seis de la mañana, el antiguo alumno seguía negándose a abrir la mochila.
Habían pasado nueve horas desde que llegó a la Brigada. Dos cafés. Tres cambios de sala. Una llamada a un abogado que nunca apareció. El joven mantenía la mochila entre los pies y apretaba las rodillas contra ella cada vez que Robles se acercaba.
Se llamaba Daniel Mena. Veintiséis años. Doctorando de Gabriel Ledesma hasta cuatro meses antes de su muerte.
—Has dicho que conoces a Román Pardo —dije.
Daniel frotó la cremallera con el pulgar.
—He dicho que sé por qué lo buscaba Gabriel.
—No es lo mismo.
—Por eso he usado palabras distintas.
Robles cerró la puerta. El clic de la cerradura hizo que Daniel levantara la cabeza.
—Llevas toda la noche aquí —dijo ella—. Eso puede terminar de dos formas. Nos ayudas o empezamos a preguntarnos qué escondes.
—Ya os lo estáis preguntando.
—No te sobrevalores.
Daniel soltó la mochila. El golpe contra el suelo sonó más fuerte de lo necesario.
—Gabriel descubrió que Pardo no era un policía corrupto.
Apoyé las manos sobre la mesa.
—Vendió información de una operación.
—Eso creyó usted.
La respuesta me dejó inmóvil un segundo. Daniel lo vio y apartó la mirada.
—¿Quién te contó eso?
—Gabriel.
—Gabriel no estaba allí.
—Pero alguien más sí.
Robles acercó una silla y se sentó frente a él.
—Nombre.
Daniel negó.
—Primero quiero protección.
—No negocias desde una sala de espera —dije.
—Tampoco ustedes protegieron a Castaño.
El aire acondicionado expulsó un chorro frío. Robles me miró, pero no intervino.
Daniel abrió por fin la mochila.
No sacó documentos. Sacó un ordenador pequeño con una esquina rota. Lo colocó sobre la mesa y pulsó el botón de encendido.
—Gabriel no guardaba lo importante en su despacho.
—Entonces ¿dónde?
—En personas.
La pantalla tardó en iluminarse. Daniel escribió una contraseña y abrió un programa de videollamadas.
No había archivos.
Solo una agenda con tres nombres.
El primero era Castaño.
El segundo, Daniel.
El tercero estaba oculto bajo unas iniciales.
S. R.
—Sergio —dije.
Daniel levantó una ceja.
—Eso pensó Gabriel.
Robles giró el ordenador hacia ella.
—¿Y tú no?
—Yo aprendí a no completar nombres sin pruebas.
La frase me golpeó más de lo que debía.
Señalé la última conexión registrada. Dos semanas antes del asesinato.
—¿Hablasteis los tres?
—Gabriel y yo. La otra persona no activó la cámara.
—¿Qué dijo?
Daniel tocó el borde agrietado del portátil.
—Que Román Pardo había sido utilizado para marcar a policías incómodos.
—¿Marcar cómo?
—Asignándolo a sus operaciones. Después aparecía una irregularidad. Una filtración. Una cadena de custodia rota. Siempre algo pequeño.
Robles anotó las fechas.
—¿Y Pardo aceptaba?
—Al principio sí.
—¿Después?
Daniel cerró el portátil.
—Después intentó dejarlo.
Me incliné sobre la mesa.
—¿Quién era la otra persona?
—No lo sé.
—Mientes.
—Puede.
Le agarré la muñeca antes de que recogiera el ordenador. Daniel no se apartó. Miró mi mano y luego mi cara.
—Gabriel dijo que haría esto.
Lo solté.
—¿Qué cosa?
—Decidir primero. Comprobar después.
Robles me apartó con el hombro y abrió el portátil de nuevo.
—Enséñanos la conexión completa.
Daniel buscó el registro. La llamada había durado diecisiete minutos. Sin grabación. Sin audio conservado. Solo una dirección de conexión.
Robles la copió.
—Podemos rastrearla.
—Ya lo hice —dijo Daniel.
—¿Dónde termina?
El joven levantó la vista hacia mí.
—En la comisaría donde trabajaba usted cuando empezó la vigilancia.
No esperé el informe técnico.
Cogí la chaqueta.
Robles se interpuso.
—No vamos a entrar allí acusando a Sergio.
—No he dicho Sergio.
—Lo has pensado tan fuerte que se oye desde el pasillo.
Daniel guardó el ordenador.
—Ese fue el error de Gabriel.
Me detuve.
—¿Cuál?
—Creer que buscaba a un hombre.
Apretó la mochila contra el pecho.
—La conexión no salió del despacho de un policía. Salió del aula donde formaban a los nuevos agentes.
Aquella tarde Lucas llevaba diez minutos esperando dentro del coche cuando salí de la antigua academia policial.
No había encontrado a Sergio.
Tampoco a Román Pardo.
El registro de conexiones no señalaba a una persona. La dirección pertenecía a una red compartida por profesores, administrativos y alumnos. Ciento ochenta posibles usuarios.
Había ido detrás de un nombre.
Daniel tenía razón.
Lucas golpeó el cristal desde dentro.
—Mamá dijo que te recogería ella.
Abrí la puerta.
—Ha tenido que quedarse con Martina.
—También dijo que no entrarías.
—Tu madre dice muchas cosas útiles.
—Tú escuchas pocas.
Me senté al volante. En el asiento trasero llevaba una caja con copias de las fotografías. Lucas la miró mientras se abrochaba.
—¿Eso es del muerto?
—No.
—Entonces es tuyo.
Arranqué. El motor vibró bajo los pies, pero no avancé.
—¿Qué sabes de Román Pardo?
Lucas giró la cabeza.
—Nada.
—Has dicho su nombre antes.
—No.
—Se lo dijiste a Clara.
—Dije que me sonaba el hombre de una foto.
Apreté el volante.
—No es lo mismo.
—Por eso he usado palabras distintas.
La frase de Daniel en boca de Lucas me hizo soltar las manos.
Él señaló la caja.
—¿Puedo verla?
—No.
—Entonces ¿por qué la llevas donde yo puedo verla?
Cogí la caja y la puse en el maletero. Cuando regresé, Lucas había sacado el teléfono.
—Guárdalo.
—Estoy buscando una cosa.
—He dicho que lo guardes.
—Y yo no he terminado.
Le quité el móvil.
En la pantalla había una fotografía de una carrera infantil. Lucas tendría siete años. Llevaba una camiseta amarilla y cruzaba una meta hinchable. Clara aparecía detrás, junto a otros padres.
Al fondo había un hombre de chaqueta clara.
No era Román Pardo.
Era yo.
—¿De dónde has sacado esto?
Lucas intentó recuperar el teléfono.
—Del perfil antiguo del colegio.
Amplié la imagen. Yo miraba hacia un lateral, fuera de plano. Recordaba aquella carrera. Había llegado tarde y me marché antes de la entrega de medallas.
—No estabas mirando la carrera —dijo Lucas.
—Sí.
—Yo estaba al otro lado.
Movió la imagen con dos dedos. En el borde derecho aparecía un coche gris. La puerta del conductor estaba abierta.
—Mirabas eso.
Sentí la piel tirante sobre los nudillos.
—¿Quién estaba dentro?
—No se ve.
Lucas recuperó el móvil.
—Pero tú sí lo viste.
—No lo recuerdo.
—Siempre dices lo mismo.
Abrí la puerta del coche.
—Vamos.
—No.
Lo miré.
Lucas amplió otra zona de la fotografía. Detrás del vehículo había una silueta. Apenas media cara. Una mano levantada frente al objetivo.
—¿Ese es Pardo?
—No.
—Has contestado rápido.
Cogí el teléfono de nuevo. La imagen estaba pixelada, pero el hombre era más joven que Pardo. También más alto.
Llevaba uniforme.
—No sé quién es.
Lucas apoyó la espalda contra el asiento.
—¿Te perseguían cuando venías a verme?
No respondí.
Me señaló la fotografía.
—Porque si te seguían antes de ir a prisión y también después de salir, no era solo por tu trabajo.
El cinturón me apretó el pecho. Tiré de él y lo solté.
—No sabes lo que estás diciendo.
—Sí.
—No.
Lucas abrió la puerta.
—Entonces explícamelo.
Un coche pasó demasiado cerca y tocó el claxon. Lo agarré por la chaqueta antes de que bajara.
—Cierra.
—Suéltame.
—Cierra la puerta.
Me obedeció, pero dejó la mano sobre el tirador.
—¿Me seguían a mí?
—No lo sé.
—¿A Martina?
—No lo sé.
—¿A mamá?
El nombre se quedó entre los dos.
Apagué el motor.
—He encontrado fotos.
Lucas retiró la mano del tirador.
—¿Nuestras?
Asentí.
—¿Desde cuándo?
—Años.
Miró de nuevo la carrera infantil. Después me observó a mí, como si comparara dos versiones de la misma persona.
—Creía que no venías porque no querías.
—A veces no venía porque no podía.
—No es lo mismo.
—No.
Le devolví el teléfono.
Lucas pasó el dedo por la pantalla.
—¿Por qué nunca dijiste que te seguían?
—Porque no sabía si era verdad.
—¿Y ahora?
Miré la silueta del uniforme.
—Ahora sé que alguien estaba allí.
Lucas se quedó quieto. El enfado no desapareció, pero cambió de sitio.
—¿Qué vas a hacer?
Arranqué otra vez.
—Averiguar quién tomó la fotografía.
—No la tomó nadie de los que salen.
—Eso espero.
Conduje hasta la Brigada. Robles nos esperaba junto a la entrada con Daniel. El joven llevaba la mochila abierta y sostenía una fotografía impresa.
Al verme, no saludó.
Miró a Lucas.
Luego comparó la imagen que tenía en la mano con la del teléfono.
—No es el mismo día —dijo.
—¿Qué imagen es esa? —pregunté.
Daniel la giró.
Aparecía Lucas saliendo del colegio. Mucho más pequeño. Un hombre caminaba detrás de él.
No era Pardo.
Tampoco el policía de la carrera.
Robles tocó el rostro del desconocido.
—Daniel lo ha identificado.
Lucas bajó del coche.
—¿Quién es?
Daniel no respondió a él. Me miró a mí.
—El alumno que denunció a Román Pardo hace veinte años.
Se acercó y dejó la fotografía sobre el capó.
—Y según los registros oficiales, murió seis meses antes de que naciera Lucas.