CAPÍTULO 9Antes de Topas
Antes de Topas
Dos días después, el nombre de Luis Castaño había desaparecido de las carreteras.
Ninguna cámara lo situaba fuera de Salamanca. Su coche seguía precintado. Abel Soria tampoco había aparecido y el vehículo gris se había convertido en una sucesión de imágenes borrosas, matrículas parciales y calles sin salida.
Nosotros volvimos a las fotografías.
Robles dejó una caja sobre la mesa de la Brigada. El cartón golpeó la madera y levantó un olor húmedo.
—Los técnicos han separado las copias por tipo de papel.
Abrí la tapa.
—No busco el papel.
—Deberías.
Sacó tres fotografías de Clara y las colocó bajo la lámpara. Parecían iguales, pero los bordes tenían cortes distintos. Una era más gruesa. Otra conservaba una marca azul en el reverso.
Robles señaló la más antigua.
—Este papel dejó de fabricarse hace diecinueve años.
Giré la imagen. Clara salía del trabajo con una carpeta contra el pecho. Aún no estábamos casados. En aquella época yo acababa de pedir el traslado a una unidad de investigación interna.
—La fecha escrita coincide —dije.
—No es una anotación posterior.
Robles acercó otra copia.
—Y esta emulsión pertenece al mismo lote que varias fotografías tuyas.
Extendí las dos imágenes. En una salía Clara. En la otra, yo entraba en una comisaría. Distintas calles. El mismo tono apagado. El mismo corte irregular en la esquina inferior.
Alguien nos había fotografiado por separado antes de que nuestra vida tuviera nada que ver con David.
Cogí la caja.
—Quiero las primeras fechas de cada seguimiento.
—Ya están ordenadas.
—No las escritas. Las que pueda demostrar el laboratorio.
Robles cerró la puerta de la sala.
—Eso puede dejar fuera la mitad.
—Me basta con una.
Una hora después, la científica colocó seis imágenes sobre una bandeja metálica. Llevaba guantes negros y hablaba sin apartar la vista de las fibras.
—Estas cuatro pertenecen al mismo periodo. Un margen máximo de nueve meses.
Toqué el plástico de una de ellas.
—¿Cuál es la más antigua?
—Esta.
Yo salía de una cafetería junto a Sergio. Los dos vestíamos de paisano. Él llevaba un periódico doblado bajo el brazo. Yo miraba hacia un coche aparcado fuera de plano.
Recordaba aquella mañana.
No por el café. Por el hombre al que habíamos detenido dos horas después.
—Fue antes de mi ascenso —dije.
Robles buscó la fecha en el ordenador.
—Diecisiete años antes de Topas.
La científica deslizó la fotografía de Clara.
—Esta es posterior. Quizá seis meses.
—Entonces empezaron conmigo.
—Eso parece.
Guardé ambas copias en una carpeta.
—No. Eso demuestra cuándo tenemos fotografías. No cuándo empezaron.
Robles se recostó contra la mesa.
—Siempre consigues estropear una buena noticia.
—Las buenas noticias no suelen necesitar cajas de pruebas.
Pedí mi expediente de destinos, intervenciones y quejas internas. No el resumen oficial. Quería cada cambio de turno, cada investigación abandonada y cada compañero que hubiera solicitado no volver a trabajar conmigo.
Robles leyó la petición.
—Van a tardar.
—Que empiecen por el año de la cafetería.
—¿Qué ocurrió entonces?
Cogí la fotografía de Sergio.
—Detuvimos a un policía.
El ventilador golpeó otra vez dentro de su carcasa.
Tac. Tac. Tac.
Robles se acercó.
—Eso no figura en tu historial.
—Porque lo soltaron antes de que termináramos el informe.
—¿Motivo?
—Una orden verbal.
Busqué el nombre en la memoria antes de pronunciarlo. El detenido se llamaba Román Pardo. Agente destinado en Información. Había vendido datos de una investigación a un empresario local.
Sergio y yo lo sorprendimos entregando una carpeta.
A las cuatro horas, un superior entró en la sala y nos obligó a dejarlo marchar.
—¿Quién dio la orden? —preguntó Robles.
—El comisario Velasco.
Introdujo el nombre en el sistema.
—Murió hace siete años.
—Pardo.
Tecleó otra vez. Esperó.
Su gesto cambió.
—No consta ningún agente con ese nombre en aquella unidad.
Me incliné sobre la pantalla.
—Trabajé con él delante.
—Oficialmente no.
Robles abrió otra base de datos. Buscó por documento, destino y antigüedad. Nada.
La fotografía seguía entre nosotros. Sergio y yo salíamos en primer plano. Al fondo, junto a la puerta de la cafetería, aparecía un hombre con chaqueta clara.
Román Pardo.
Marqué su rostro con un círculo.
—No me vigilaban porque fuera a entrar en prisión.
Robles apartó el teclado.
—Te vigilaban porque habías tocado a alguien que no debía aparecer.
Guardé la fotografía.
—Y después borraron al hombre.
Aquella tarde no llevé las fotografías a casa.
Llevé a Clara a la Brigada.
Llegó sola, con el abrigo cerrado hasta el cuello. Antes de sentarse comprobó que la puerta estuviera cerrada. Después dejó el bolso sobre sus rodillas.
—¿Dónde están los niños?
—Con Laura.
Sus dedos se detuvieron sobre la cremallera.
—No sabía que ahora se los dejábamos a ella.
—Ahora no es el momento.
—Nunca lo es contigo.
Coloqué sobre la mesa la fotografía más antigua de Clara. No la del parque. No la del colegio. Aquella en la que caminaba con una carpeta antes de que nos casáramos.
La miró sin tocarla.
—Ya la vi.
—No viste la fecha real.
Deslicé el informe del laboratorio. Clara leyó las primeras líneas. La uña de su pulgar raspó el borde del papel.
—Esto fue antes de Lucas.
—Antes de David. Antes de Topas. Antes de casi todo.
—Ya sé contar.
Retiré el informe.
—Entonces dime qué ocurrió ese día.
—No me acuerdo.
—Llevabas esa carpeta.
Clara observó la imagen otra vez.
—Llevaba muchas.
—Esta te preocupaba.
—¿Ahora también sabes lo que pensaba?
—Sé cómo la sujetas.
Su mano se cerró sobre el bolso del mismo modo que en la fotografía.
Lo notó. La soltó.
—Eran documentos de una gestoría —dijo—. Trabajaba allí por las tardes.
—¿De quién?
—No lo sé. Han pasado casi veinte años.
Puse delante de ella la imagen en la que entregaba un sobre a un hombre sin rostro. Clara no respiró durante un segundo.
—Ese día también es del mismo periodo.
Apartó la fotografía.
—No veo a quién se lo doy.
—Pero recuerdas el sobre.
Se levantó.
—He venido porque dijiste que era importante.
—Lo es.
—No. Has vuelto a hacerme sentar delante de una mesa para demostrar que sabes más sobre mi vida que yo.
Cerró el bolso. Fui hasta la puerta y apoyé la mano en el pomo antes de que llegara.
—Alguien siguió a nuestros hijos.
Clara frenó.
—No uses eso.
—Los fotografiaron en el colegio.
—Ya lo sé.
—Después de que yo saliera de Topas.
Empujó mi mano para abrir, pero no hice fuerza.
—¿Qué quieres que te diga?
—La verdad.
Soltó una risa seca.
—Tú no quieres la verdad. Quieres que todo encaje.
Regresé a la mesa y recogí la fotografía del sobre.
—Creíste que yo sabía que nos vigilaban.
Clara permaneció junto a la puerta.
No respondió.
—Por eso dudaste cuando viste las primeras imágenes —añadí—. No pensaste que fueran nuevas. Pensaste que confirmaban algo.
—Cállate.
—¿Qué?
Cruzó la sala y me quitó la fotografía de la mano.
—Durante años mirabas los coches aparcados. Cambiabas de ruta. Apuntabas matrículas en servilletas. Una noche bajaste tres veces porque jurabas que alguien estaba esperando frente a casa.
La mandíbula me dolió al apretarla.
—No lo recordaba.
—Yo sí.
Dejó la fotografía contra mi pecho.
—También revisabas las ventanas. Preguntabas quién había llamado. Llegaste a acusar a un padre del colegio de seguir a Lucas porque coincidió con nosotros dos tardes.
—¿Era el mismo coche?
—No lo sé.
—Clara.
—¡No lo sé!
Su voz chocó contra la puerta. Bajó el volumen antes de continuar.
—Creí que eras un policía paranoico. Creí que necesitabas sentir que alguien te perseguía porque no soportabas admitir que habías cometido errores.
No apartó la mirada.
—Y después de la condena pensé que todo aquello había sido el principio de tu caída.
Doblé la fotografía sin querer. Clara me la arrebató antes de que se marcara.
—No la rompas ahora.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque cuando intentaba hablar contigo, me interrogabas.
Abrió el bolso y sacó una llave antigua unida a una pieza de plástico azul.
—Y porque un día dejaste de hacerlo.
La colocó sobre la mesa.
Reconocí el llavero. Había pertenecido al piso donde vivimos antes de que naciera Martina.
—¿Por qué tienes esto?
—Lo encontré al mudarme.
Con la uña abrió la pieza de plástico. Dentro había un papel doblado hasta formar un cuadrado diminuto.
Lo extendí.
Cuatro matrículas. Dos fechas. Un nombre escrito por mí.
ROMÁN PARDO.
La primera fecha era anterior a la fotografía de la cafetería.
Robles entró sin llamar. Llevaba a un joven detrás. Veinticinco años, quizá menos. Camisa arrugada. Una mochila colgada de un hombro.
—Estaba esperando abajo —dijo—. Preguntaba por Gabriel Ledesma.
El joven miró las fotografías y después el papel que yo sostenía.
—El profesor me dijo que viniera si le ocurría algo.
—¿Quién eres? —pregunté.
Apretó la correa de la mochila.
—Fui alumno suyo.
Señaló el nombre escrito en el papel.
—Y sé por qué llevaba años buscando a ese hombre.