Salamanca: los que observan (Los casos de Julio Barral 5) CAPÍTULO 8Fotografías olvidadas
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CAPÍTULO 8Fotografías olvidadas

Fotografías olvidadas

Las fotografías ocupaban tres mesas cuando entré. Había cajas grises, bolsas transparentes y paquetes de negativos apilados contra la pared.

Un ventilador golpeaba una pieza suelta dentro de su carcasa.

Tac. Tac. Tac.

Robles estaba inclinada sobre una de las mesas. Tenía polvo en las mangas y un vaso de café vacío junto al ordenador.

—Pensaba que habíamos encontrado cuarenta expedientes.

—Encontramos cuarenta carpetas. Señaló las cajas sin levantar la cabeza.

—Esto estaba detrás. Los técnicos habían retirado los armarios del despacho 214.

Entre la pared y los paneles traseros aparecieron varias cajas mezcladas con material administrativo de la universidad.

Nadie las había registrado. Algunas estaban etiquetadas como archivo fotográfico.

Abrí la más cercana. No había nombres. Solo números, fechas y localizaciones escritas en hojas de control sin membrete. L

as fotografías estaban agrupadas con gomas endurecidas por el tiempo. Algunas se habían pegado entre sí.

—¿Cuántas personas? —pregunté.

Robles empujó una libreta hacia mí.

—Todavía no lo sabemos.

Pasé varias hojas.

—Esto no son cuarenta.

—No.

Robles miró las cajas.

—Pueden ser cientos.

Saqué el primer paquete. Una jueza dejaba a su hija en una guardería. En otra imagen, un profesor salía de una farmacia con una bolsa pequeña.

Había un policía agachado junto a una rueda pinchada y una funcionaria llorando dentro de su coche. Nada delictivo. Nada que justificara una vigilancia.

Robles colocó delante de mí la fotografía de un periodista desayunando con un hombre anciano.

—Es su padre.

—¿Lo has comprobado?

—Murió seis meses después.

Junté varias imágenes. Habían sido tomadas desde vehículos, pero la altura cambiaba. También el enfoque y la distancia.

En unas, la cámara estaba casi a ras de la ventanilla. En otras, varios metros por encima.

—No había un solo fotógrafo.

—O cambiaban de coche.

—Ambas cosas.

Robles tomó una fotografía de la jueza.

—No estaban documentando delitos.

—Ya lo sabíamos.

—No. Hasta ahora teníamos objetivos. Esto son vidas enteras.

Revisé las fechas. Algunos seguimientos duraban tres días. Otros aparecían repartidos durante años. La misma persona entrando en un juzgado, recogiendo a un hijo o esperando frente a una consulta médica.

Cerré la caja.

—Dejamos de ordenarlos por profesiones.

—¿Cómo quieres hacerlo?

—Por la última fecha de seguimiento.

Robles observó las mesas.

—Hay más de doscientas referencias.

—Empieza por las identificadas.

—Puede llevar semanas.

Puse sobre la mesa una fotografía de Luis Castaño.

—Él lleva tres días desaparecido.

Robles no respondió.

—Y al último hombre que vimos dentro de ese coche tampoco le sobran.

Abel Soria seguía sin aparecer. Tampoco el vehículo gris. Las cámaras de dos salidas de Salamanca no habían registrado la matrícula.

En los hospitales no figuraba ninguno de los dos.

El coche de Castaño continuaba siendo la única pieza física. Cerrado. Sin sangre. Sin señales claras de violencia.

Una cámara había captado al conductor extendiendo un brazo con una venda oscura alrededor de la muñeca.

Robles apartó la fotografía.

—El grupo de carreteras seguirá buscándolos.

—Nosotros averiguaremos qué dejaron atrás.

Varias horas después, la pared estaba cubierta de imágenes y fechas. El café se había enfriado. La luz exterior ya no entraba directamente por la ventana.

Los primeros cruces repetían un patrón conocido. Una jueza apartada de un tribunal. Un profesor trasladado. Un policía expedientado. Un periodista que abandonó una investigación.

Pero había algo más.

Robles señaló dos fichas.

—Esta mujer retiró una denuncia tres días después de la última fotografía.

—¿Contra quién?

—Un alto cargo de la universidad.

Busqué otra coincidencia.

Un funcionario había rechazado firmar una autorización en dos ocasiones. Después del seguimiento, la firmó.

—No siempre los sacaban del tablero —dijo Robles.

Coloqué las fechas juntas.

—A algunos les bastaba con enseñarles que conocían el tablero.

—¿Y si no cedían? Miré la fotografía de Castaño.

—Entonces empezaban a quedarse sin opciones.

Un técnico entró con una bolsa de negativos y varias copias duplicadas.

—Esto estaba en una caja de actividades culturales —dijo—.

Nadie la abrió porque figuraba como material fotográfico universitario.

Extendimos las copias. Se repetían aparcamientos, cafeterías, entradas de juzgados, colegios y portales particulares.

Me detuve ante una fotografía mal enfocada.

Al fondo había una barandilla verde, una marquesina y un muro de ladrillo claro.

Robles se acercó.

—¿Lo reconoces?

—Todavía no. La dejé aparte.

—Separa todas las fotografías donde aparezcan colegios, parques o niños.

—Algunas tienen más de veinte años.

—Los niños cambian. Las salidas de los colegios, no tanto.

Robles miró hacia el teléfono.

—¿Y Castaño y Soria?

—Divide el equipo. Que continúen revisando carreteras y cámaras. Nosotros nos quedamos con esto.

—Estamos abriendo una investigación antigua mientras hay dos desaparecidos.

—Estamos buscando la razón por la que desaparecieron.

Robles sostuvo mi mirada unos segundos.

Después llamó al grupo de carreteras y ordenó que nos avisaran de cualquier movimiento del coche gris.

En la última caja apareció una carpeta marrón. No tenía código. La etiqueta había sido arrancada y solo quedaban restos de papel pegados a la cubierta.

La levanté.

—Espera —dijo Robles.

Busqué el cierre.

—Primero se registra.

—Llevamos tres días registrando cosas que alguien decidió que no existían.

Robles se interpuso entre la carpeta y yo.

—Y por eso no vamos a regalarles un defecto en la cadena de custodia.

No se apartó.

Mantuve la carpeta entre las manos. Después se la entregué.

El técnico fotografió la cubierta, registró el cierre y le asignó un número. Introdujo los datos en el sistema antes de abrirla.

La primera fotografía mostraba a Clara. Era mucho más joven. Salía de un edificio con Lucas en brazos.

Me quedé inmóvil.

Apreté el borde de la mesa. El plástico protector crujió bajo mis dedos y una esquina se quebró.

Robles miró la fotografía. Después me miró a mí.

—¿Quién es? Tomé aire.

—Mi familia.

Dos horas después, la carpeta estaba registrada y la puerta de la sala permanecía cerrada. Solo estábamos Robles y yo.

Una lámpara blanca iluminaba las fotografías. El fluorescente del techo zumbaba de forma constante.

Las primeras imágenes mostraban a Clara sola. Saliendo del trabajo. Entrando en una farmacia. Esperando dentro del coche. Recogiendo unas llaves. Hablando con una mujer en un portal.

Intenté ordenarlas por fecha.

Me equivoqué dos veces.

Robles movió una fotografía.

—Esta va antes. Comprobé el año.

—Lucas todavía no había nacido.

La siguiente era aún más antigua. Clara caminaba junto a una carretera con una carpeta bajo el brazo.

Robles acercó la fecha a la lámpara.

—Esto es anterior a tu condena.

—También es anterior a David.

Ninguno dijo nada. Continuamos.

Lucas aparecía con cuatro años en un parque. Clara estaba sentada en un banco, desenfocada.

En otra fotografía, él salía del colegio. Después apareció Martina en un carrito. Más tarde, los dos niños dentro de una cafetería.

El papel olía a humedad. Dos imágenes estaban pegadas.

Intenté separarlas despacio, pero una parte de la emulsión se desprendió.

El rostro de una persona situada al fondo desapareció con ella.

Robles retiró las fotografías de mis manos.

—¿Clara sabía algo?

—No.

—No puedes saberlo.

Levanté la imagen del parque.

—No habría permitido que se acercaran a los niños.

—Tampoco sabía que se acercaban a ti.

Dejé la fotografía sobre la mesa.

Saqué el teléfono y busqué el contacto de Clara. Antes de llamar, vi otra imagen.

Ella entregaba un sobre a un hombre. No se veía su cara. Solo una manga, una mano y parte de una chaqueta oscura.

Marqué el número.

El primer tono apenas llegó a sonar.

Colgué.

—¿Qué has visto? —preguntó Robles.

Coloqué la fotografía bajo la lupa.

—Nada que pueda preguntarle todavía.

—Podemos hablar con ella.

—Una pregunta mal hecha puede cambiar un recuerdo.

—O puede avisarla.

Levanté la vista.

—Precisamente.

Guardé el teléfono.

Robles encontró una hoja manuscrita entre dos fotografías. No tenía sello ni firma. Solo una tabla de horarios y lugares. Trabajo. Colegio. Parque. Supermercado. Casa de los abuelos. Domicilio. Visitas a prisión.

Junto a cada recorrido aparecían tres iniciales. C. L. M.

La tabla continuaba durante años.

Doblé la hoja sin darme cuenta.

Robles me la quitó de las manos.

—Es una prueba.

—Son mis hijos.

—Aquí son ambas cosas.

Solté el papel.

En el reverso de una fotografía apareció un código. LC-12.

Robles revisó el resto.

Encontró otros similares. LC-04. LC-07. LC-18.

—Dos letras no convierten a Castaño en fotógrafo —dijo.

—No.

Giré las imágenes.

—Pero sabía que las fotografías existían.

Cuando le mostramos una de las copias antiguas, Castaño había dicho que creía que habían desaparecido.

No preguntó de dónde procedía. Tampoco quién la había tomado.

Conocía el archivo. Y había callado.

—Volvemos al coche —dije.

—Ya lo han revisado.

—Buscaron sangre, huellas y fibras. Ahora quiero restos de emulsión, fundas de negativos, marcas de cajas, recibos de revelado y códigos como estos.

Robles recogió las referencias.

—Puede que Castaño no desapareciera por lo que iba a contarnos.

—¿Entonces?

—Por lo que todavía conservaba.

Cuando cerrábamos la carpeta, Robles tocó la parte interior de la tapa.

—Aquí hay algo.

El cartón tenía un grosor irregular. Una fotografía estaba adherida bajo el revestimiento.

No la arrancamos.

El técnico utilizó una espátula y levantó el papel milímetro a milímetro.

Clara estaba frente a la puerta de su casa.

Lucas y Martina aparecían junto a ella.

Miré la fecha. Era posterior a mi salida de prisión.

Aparté la silla. El respaldo golpeó la pared.

Robles recogió la fotografía antes de que pudiera tocarla.

—Mira la fecha.

—Ya la he visto.

La vigilancia no había terminado con Topas.

En la ventanilla de un coche aparecía un reflejo incompleto. Una cámara. Parte de una mano. Una silueta sin rostro.

Robles intentó ampliar la imagen en el ordenador. No consiguió identificar a nadie.

Me fijé en el fondo.

Al otro lado de la calle estaba Luis Castaño. Más joven. Tenía el cuerpo detenido, la cabeza girada y una mano dentro del abrigo.

No miraba a Clara. Miraba hacia el coche desde el que habían tomado la fotografía.

Robles acercó la copia a la lámpara.

—Sabía que estaban allí.

Giré la imagen. LC-12.

—¿Era uno de ellos? —preguntó.

—No lo sé.

Introduje la fotografía en una bolsa y cerré la carpeta.

—Pero cuando vino a hablar con nosotros, ya sabía que habían seguido a mi familia.

—Y no dijo nada.

Observé la bolsa.

—Eso es lo único que sí sabemos.

Robles miró el código escrito en el reverso.

—Entonces, ¿por qué desapareció?

Recogí la carpeta.

—Porque alguien descubrió que seguía recordando demasiado.