Salamanca: los que observan (Los casos de Julio Barral 5) CAPÍTULO 7La reunión secreta
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CAPÍTULO 7La reunión secreta

La reunión secreta

Dos días después, Luis Castaño seguía sin aparecer.

La búsqueda se había ampliado a varias provincias. Habían revisado hospitales, hoteles, áreas de servicio y cámaras de tráfico. Nada. Era como si hubiera desaparecido después de salir de la universidad.

Solo había dejado atrás su coche.

Robles dejó varias fotografías sobre la mesa de la sala de reuniones.

—Lo encontraron esta madrugada.

Me acerqué.

El vehículo estaba aparcado junto a una nave industrial abandonada, al norte de Salamanca. Las malas hierbas rodeaban las ruedas y una fina capa de polvo cubría el capó, como si hubiera permanecido allí desde el mismo día de la desaparición.

—¿Forzaron las puertas?

Robles negó con la cabeza.

—Estaba cerrado. Sin signos de violencia.

Pasé a la siguiente fotografía. El interior parecía demasiado limpio. Ni manchas de sangre. Ni equipaje. Ni documentación.

Solo barro seco en la alfombrilla trasera y una entrada de aparcamiento doblada dentro del cenicero.

—¿La Científica?

—Nada útil. Han encontrado varias huellas, pero pertenecen al propio Castaño y a trabajadores del aparcamiento.

Cogí la entrada con unas pinzas.

Todavía conservaba la hora impresa.

09:17.

—¿Dónde?

—Estación de Salamanca.

Levanté la vista.

—Eso fue el martes.

—Sí.

Me quedé unos segundos mirando el número.

Cuarenta minutos después, el coche apareció estacionado frente a la casa de Clara. Algo no cuadraba.

—No conducía él.

Robles cruzó los brazos.

—¿Por qué estás tan seguro?

—Porque no tenía sentido volver hasta allí.

—Eso es una intuición.

—No. Es una pérdida de tiempo. Si alguien quiere desaparecer, no deja el coche donde puede relacionarlo con una víctima.

Robles abrió el portátil.

—La cámara del acceso grabó la entrada.

La imagen apareció borrosa.

El coche avanzó despacio hasta la barrera. El conductor bajó la ventanilla para recoger el ticket. La resolución era pésima.

La cara quedaba oculta por el marco del vehículo.

—Acércalo.

Robles amplió la imagen. El brazo izquierdo sobresalía unos centímetros.

Lo congelé.

—Más.

Los píxeles comenzaron a romperse. Pero había un detalle que seguía distinguiéndose. Una venda oscura rodeaba la muñeca.

Sentí un pequeño nudo en el estómago.

—Pineda.

Robles no respondió.

—Teresa dijo que llevaba el puño vendado.

—También dijo muchas otras cosas.

—Y alguien limpió el despacho de Ledesma.

Robles cerró el ordenador.

—Una venda no es una prueba.

—No. Pero empieza a formar un dibujo.

Volví a examinar el ticket. En el reverso había algo escrito a bolígrafo. Muy pequeño. Muy deprisa.

19:30. SAN JERÓNIMO.

—¿Conoces el sitio?

Robles asintió.

—Era un colegio mayor.

—¿Era?

—Cerró hace unos seis años. Desde entonces pertenece a una inmobiliaria que nunca llegó a rehabilitarlo.

Me puse la chaqueta.

—Vamos.

Robles ni siquiera se movió.

—Julio...

—¿Qué?

—La cita era hace dos días.

—Lo sé.

—Puede que no quede nada.

Cogí las llaves del coche.

—O puede que quede justo lo que no tuvieron tiempo de borrar.

Resopló antes de seguirme.

—Nunca eliges la opción sencilla.

—Porque normalmente es la equivocada.

San Jerónimo aparecía escondido detrás de una hilera de cipreses secos.

El edificio imponía incluso vacío. Tres plantas de ladrillo oscuro. Ventanas tapiadas. Canalones oxidados.

La verja principal permanecía cerrada con un candado brillante que desentonaba con el resto del lugar.

Me agaché.

—Es nuevo.

Robles pasó un dedo enguantado sobre el metal. No había óxido. Ni polvo.

—Lo utilizan.

Rodeamos el muro.

La maleza llegaba hasta las rodillas y ocultaba parte del camino de servicio. Al doblar la esquina encontramos una puerta lateral.

La cerradura estaba forzada. La madera presentaba astillas recientes.

Empujé despacio.

El olor a humedad y yeso viejo nos golpeó antes de entrar. Encendimos las linternas. El haz de luz recorrió un vestíbulo completamente vacío. Las paredes conservaban las marcas donde antes habían colgado cuadros.

El suelo mostraba franjas limpias entre el polvo.

—Han retirado muebles hace poco.

—Hace muy poco.

Las huellas de arrastre todavía eran visibles.

Seguimos avanzando. Cada paso levantaba pequeñas nubes de polvo.

Al fondo apareció un antiguo comedor. No quedaban mesas. Solo una plegable, apoyada contra la pared.

La abrí.

Sobre la superficie había seis marcas circulares de vasos de café. Una quemadura reciente. Y una esquina manchada de ceniza.

Pasé un dedo a pocos centímetros. Todavía olía ligeramente a tabaco.

—No fue una visita rápida.

Robles iluminó el suelo.

Varias pisadas se cruzaban unas con otras. Algunas profundas. Otras apenas visibles.

—Aquí hubo varias personas.

—No una cita.

Lo miré.

—Una reunión.

Abrí el único cajón que conservaba la mesa. Vacío.

Cuando iba a cerrarlo vi algo sobresaliendo por debajo. Un trozo de papel sujeto con cinta adhesiva.

Lo despegué con cuidado. Era media hoja arrancada de una libreta. Una lista de nombres.

Gabriel Ledesma.

Abel Soria.

Luis Castaño.

Otros tres nombres que no reconocí.

Uno aparecía tachado con tanta fuerza que el papel casi estaba roto.

Robles leyó por encima de mi hombro.

—¿Qué significa?

Guardé unos segundos de silencio.

—No lo sé.

—¿Testigos?

—Quizá.

—¿Objetivos?

Miré los nombres otra vez. Tres de ellos ya estaban muertos o desaparecidos.

Demasiada casualidad.

—Puede que sea una lista de personas que sabían demasiado.

Oímos un golpe. Seco. Arriba.

Los dos levantamos la cabeza al mismo tiempo.

Silencio.

Después otro. Más cercano.

Robles apagó la linterna. La oscuridad cayó sobre nosotros. Solo se escuchaba nuestra respiración.

—Hay alguien.

Asentí.

Subimos despacio por la escalera. El tercer peldaño crujió bajo mi peso.

Al fondo del pasillo una puerta se cerró de golpe. Corrí. Vi una espalda desaparecer tras la esquina. Chaqueta clara. Paso irregular.

—¡Policía! ¡Deténgase!

La figura no respondió. Empujó una ventana. Saltó al patio.

Cuando llegué al borde solo vi cómo atravesaba la maleza. Bajé de dos en dos los escalones exteriores.

Robles apareció por el otro lado del edificio y le cortó el paso antes de alcanzar la verja.

El hombre levantó lentamente las manos. Respiraba con dificultad. Era Enrique Valdés. El presidente del tribunal.

—No estaba huyendo —dijo.

—Entonces ha elegido una forma muy extraña de saludarnos.

Valdés intentó recomponerse.

—Vine a recoger unos documentos.

—¿Qué documentos?

—No estaban.

Lo sujeté por la manga. Tenía polvo blanco en los hombros y un corte reciente en la palma de la mano.

—Luis Castaño estuvo aquí.

Sus ojos vacilaron apenas un instante.

—No sé de quién habla.

Saqué la lista de nombres de la bolsa de pruebas.

Su mirada cayó sobre el papel. Solo un segundo. Pero fue suficiente.

—Su nombre no aparece —dije—. Eso debería tranquilizarle.

No respondió.

Robles comenzó a registrar sus bolsillos. Sacó unas llaves. La cartera. El teléfono. Y una fotografía doblada cuatro veces.

La desplegó con cuidado.

Sentí un escalofrío.

La imagen mostraba a Luis Castaño entrando en el colegio mayor. La fecha coincidía exactamente con el día de su desaparición.

Detrás de él caminaba Abel Soria.

Y, al fondo, casi fuera de foco, una mujer con un abrigo negro avanzaba hacia la puerta.

Laura.

Laura tardó varios segundos en reaccionar. No tocó la fotografía.

La observó desde el otro lado de la mesa, como si acercarse demasiado pudiera convertir aquella imagen en un recuerdo real.

Estábamos en mi cocina. La cafetera seguía caliente, aunque nadie había servido una taza. La campana extractora zumbaba sobre nuestras cabezas, llenando los silencios con un ruido constante.

Robles dejó la fotografía en el centro.

—La encontramos entre las pertenencias de Enrique Valdés.

Laura negó lentamente.

—No estuve allí.

—La fecha está comprobada —dijo Robles—. Martes. Siete y media de la tarde.

—Trabajé hasta las seis.

—La reunión empezó después.

Laura no apartó la vista de la fotografía.

—Cuando salí fui directamente a casa.

—¿Sin detenerte en ningún sitio? —pregunté.

Entonces levantó la cabeza. Me miró a mí.

No a Robles.

—Directamente.

Empujé la fotografía unos centímetros hacia ella.

—Mírala bien.

Laura la cogió con cuidado.

La acercó a la lámpara. La giró varias veces. Después negó otra vez.

—No soy yo.

—Lleva el mismo abrigo.

—Hay cientos iguales.

—Y el mismo bolso.

Su respiración cambió.

Muy poco. Pero lo suficiente.

En la imagen podía distinguirse una pequeña hebilla metálica rota en un lateral. La misma que colgaba del bolso apoyado junto a la puerta de mi cocina.

Laura dejó escapar el aire lentamente.

—Alguien quiere que parezca yo.

Robles abrió la libreta.

—¿Quién sabía dónde estabas aquella tarde?

—Todo el departamento.

—Necesito nombres.

Laura cerró la libreta con la palma de la mano.

—No soy una sospechosa.

—Entonces ayúdanos a demostrarlo.

El ambiente volvió a tensarse.

Me interpuse antes de que la discusión creciera.

—¿Perdiste de vista el bolso en algún momento?

Laura tardó unos segundos en responder.

—Sí.

—¿Cuándo?

—Antes de una reunión.

—¿Durante cuánto tiempo?

—Una hora... aproximadamente.

Robles levantó la vista.

—¿Dónde lo dejaste?

—En recepción.

—¿Había cámaras?

Laura asintió.

—Sí.

Robles ya estaba sacando el teléfono.

—Voy a solicitar las grabaciones.

Laura le sujetó la muñeca. Fue un gesto instintivo.

En cuanto se dio cuenta, la soltó.

—Antes quiero verlas yo.

—Eso no depende de ti.

—Mi nombre tampoco debería aparecer en una investigación por asesinato.

Nadie respondió.

Cogí las llaves del coche.

—Vamos.

El edificio donde trabajaba Laura estaba casi vacío.

Las luces de las oficinas permanecían apagadas y solo quedaba iluminada la recepción. El vigilante nocturno revisó dos veces la placa de Robles antes de abrirnos.

—Las cámaras conservan un mes de grabaciones.

—Necesitamos las del martes —dije.

Nos condujo hasta un pequeño cuarto lleno de monitores.

El ordenador tardó casi un minuto en arrancar. El ventilador golpeaba algo dentro de la carcasa con un ruido metálico constante.

Laura señaló una pantalla.

—Ese es el mostrador.

La grabación comenzó.

A las seis y doce apareció Laura. Saludó a la recepcionista, dejó el bolso detrás del mostrador y entró en una sala de reuniones.

La imagen continuó varios minutos sin movimiento. Hasta las seis y veintisiete.

Las puertas del ascensor se abrieron. Una persona salió despacio. Gorra. Mascarilla. Chaqueta amplia. Las manos escondidas en los bolsillos.

—Pausa ahí —dije.

El vigilante amplió la imagen.

La resolución apenas mejoró. Era imposible distinguir el rostro. La figura caminó hasta el mostrador. Miró a ambos lados.

Cogió el bolso.

Lo introdujo dentro de una mochila negra. Desapareció del plano. Solo estuvo fuera dos minutos. Cuando regresó dejó exactamente el mismo bolso en el mismo sitio.

Después volvió hacia el ascensor.

—No quería robarlo —dijo Robles.

—Quería copiar algo.

Laura suspiró.

—¿O fotografiarlo?

—Quizá ambas cosas.

Seguimos observando.

Antes de entrar en el ascensor, la persona levantó ligeramente el brazo para pulsar el botón. Entonces lo vimos.

Una venda oscura rodeaba la muñeca. La misma que aparecía en la cámara del aparcamiento.

Sentí un escalofrío.

—Pineda...

Robles negó despacio.

—O alguien que quiere que pensemos en él.

El vigilante cambió de cámara.

Ahora se veía la salida del edificio. La figura abandonó el vestíbulo sin prisas. Al otro lado de la calle esperaba un coche gris.

El conductor no descendió.

La persona subió directamente al asiento del copiloto. El sistema mostró la matrícula unos segundos.

Robles anotó el número. Consultó la base de datos desde el portátil. No tardó ni diez segundos.

Levantó la vista.

—El coche pertenece a Luis Castaño.

Laura dio un paso hacia atrás.

La silla chocó contra la pared.

—No...

Nadie dijo nada.

—Entró en mi trabajo.

Asentí.

—Sí.

—Sabía dónde dejaba mis cosas.

Volví a asentir.

—Sí.

Laura bajó lentamente la vista hacia el bolso que llevaba colgado del hombro.

Lo desabrochó. Lo vació sobre una mesa. Las llaves. La cartera. Un paquete de pañuelos. Un cargador. Un pintalabios. Varias monedas.

Todo cayó desordenado.

Entonces apareció una pequeña pieza negra. Ninguno de los tres la había visto antes.

Robles se puso los guantes.

La levantó con cuidado. Era del tamaño de una moneda de dos euros. En un lateral tenía una diminuta luz verde.

—Parece un localizador.

Laura abrió mucho los ojos.

—Eso no es mío.

Giré el dispositivo entre los dedos.

La luz volvió a parpadear. Seguía funcionando.

—¿Desde cuándo estaba ahí? —preguntó Laura.

Nadie tenía una respuesta.

Robles pidió una bolsa de pruebas al vigilante. Mientras la preparaba, Laura se acercó hasta mí.

Me agarró de la manga. Había dejado de intentar parecer tranquila.

—Julio...

No respondí.

—Dime que no sabían dónde vivías.

Miré el dispositivo. Después la fotografía. Las imágenes antiguas. Los seguimientos.

Clara. Los niños fotografiados en la universidad. Todo empezó a encajar de una forma que no me gustaba.

—Laura...

Ella comprendió la respuesta antes de que terminara la frase.

Su mano perdió fuerza.

—No estaban investigando el caso.

Negué lentamente.

—Nos estaban investigando a nosotros.

El localizador volvió a emitir un destello verde. Uno. Dos. Tres.

Robles levantó de golpe la cabeza.

—Apagad las luces.

El vigilante pulsó el interruptor.

La oficina quedó completamente a oscuras. Solo entraba la iluminación amarilla de las farolas.

Nos acercamos al ventanal. Frente al edificio había un coche detenido. Motor encendido. Faros apagados. Gris. El mismo modelo que aparecía en las cámaras.

No esperé.

Corrí hacia la puerta.

El ascensor seguía bloqueado en la planta baja.

—¡Escaleras!

Bajé de dos en dos.

Escuchaba a Robles detrás de mí.

Empujé la puerta de salida con toda la fuerza que tenía. El aire frío me golpeó la cara.

El coche arrancó justo en ese instante. Las ruedas chirriaron sobre el asfalto.

Corrí varios metros intentando distinguir la matrícula. Demasiado tarde. El vehículo giró al final de la calle. Solo alcancé a ver el asiento trasero. Un hombre golpeaba desesperadamente el cristal con las dos manos.

Abel Soria.

No pedía ayuda. Parecía intentar avisarnos de algo.

Un segundo después, el coche desapareció en la oscuridad.