Salamanca: los que observan (Los casos de Julio Barral 5) CAPÍTULO 6La plaza imposible
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CAPÍTULO 6La plaza imposible

La plaza imposible

Tres días después del asesinato de Gabriel Ledesma, la universidad adjudicó la plaza que él pensaba impugnar. Ni siquiera esperaron a que terminara la investigación.

Cuando Robles y yo irrumpimos en la sala del tribunal, el presidente acababa de anunciar el resultado.

—La deliberación es confidencial.

Robles dejó la autorización judicial sobre la mesa.

—El asesinato también.

En la pantalla seguía proyectado el nombre del ganador.

Abel Soria.

Observé la sala. Cinco miembros del tribunal. Cinco carpetas. Cinco cafés. Y una silla vacía al final de la mesa.

—¿De quién es?

—De nadie —respondió el presidente, Enrique Valdés.

Deslicé sobre la mesa la convocatoria oficial.

—Curioso. Aquí figura Gabriel Ledesma como vocal suplente.

Valdés apenas la miró.

—Nunca llegó a incorporarse.

—O alguien se ocupó de que desapareciera.

La secretaria del tribunal, Marta Téllez, bajó la vista. No miraba los documentos. Miraba a Valdés.

—Gabriel renunció.

—Enséñeme la renuncia.

Robles abrió una carpeta repleta de puntuaciones y correos internos.

—No pueden revisar eso —protestó Valdés.

—Entonces explíquenos por qué tenían tanta prisa por cerrar el proceso.

Nadie respondió.

Vi cómo Marta daba un paso hacia la puerta. Valdés pronunció su nombre con calma.

Ella se detuvo al instante.

Aquel gesto decía mucho más que cualquier declaración.

—Quiero hablar con usted fuera.

En el pasillo, Marta respiró hondo antes de hablar.

—Los criterios estaban hechos para una sola persona.

—¿Quién?

No contestó.

—Había requisitos imposibles de cumplir para cualquiera salvo uno. Una línea de investigación muy concreta. Experiencia en un programa específico. Publicaciones dirigidas por uno de los vocales.

No necesitaba decir el nombre.

—Abel Soria.

Guardó silencio.

—¿Quién iba primero antes de la entrevista?

—Irene Salas.

—¿Y cómo perdió?

—Supuestamente le faltaba documentación.

—¿Supuestamente?

Marta asintió muy despacio.

—Cuando revisé el expediente estaba completa.

Robles cruzó los brazos.

—Alguien la hizo desaparecer.

—No sé quién.

La creí. No porque pareciera sincera, sino porque tenía miedo.

—Gabriel quería demostrar que la plaza estaba decidida antes de convocarse.

Aquella frase cambió la investigación.

Irene Salas aceptó reunirse con nosotros en una cafetería cercana a la estación.

Llegó tarde y no pidió nada. Le enseñé las puntuaciones.

—Usted iba primera.

—Durante dos días.

—Después perdió diecisiete puntos.

Esbozó una sonrisa cansada.

—Descubrieron que ya no era la candidata adecuada.

—Tenía mejor currículum.

—Eso no siempre importa.

Le pregunté por Gabriel.

Su expresión cambió apenas un instante.

—Me pidió que no reclamara todavía.

—¿Por qué?

—Porque necesitaba que adjudicaran la plaza.

Robles se sorprendió.

—Eso no tiene sentido.

—Quería demostrar que el ganador estaba decidido antes de publicar la convocatoria.

Sentí que todas las piezas empezaban a encajar.

—¿Cómo pensaba probarlo?

—Iba a entregar el acta provisional verdadera.

Me incliné hacia ella.

—¿Dónde está?

—No lo sé.

—La llamó la noche en que murió.

Bajó la mirada.

—Me dijo que, si alguien preguntaba, negara conocer esa acta. Nada más.

En ese momento sonó el teléfono de Robles.

Escuchó durante unos segundos.

—Han adelantado la firma de aceptación. Abel Soria ya ha aceptado la plaza.

Salimos inmediatamente.

Encontramos a Abel junto a una puerta lateral de la facultad. Llevaba una caja llena de libros.

No tenía aspecto de alguien que acababa de conseguir el trabajo de su vida. Parecía alguien que abandonaba el edificio para siempre.

—Enhorabuena.

—No puedo hablar.

—Ya está hablando.

Intentó marcharse, pero Robles le cerró el paso.

Toqué uno de los libros. Debajo apareció una fotografía antigua. Gabriel y Abel sonreían delante de un aula.

—Era su profesor.

—También mi amigo.

Lo miré fijamente.

—Y ha aceptado la plaza que le costó la vida.

Abel abrió lentamente la caja y sacó una hoja doblada. Era el acta provisional.

La fecha correspondía a dos semanas antes de que se publicara la convocatoria.

Abel Soria ya aparecía como ganador. En la parte inferior figuraba la firma de Gabriel.

—Esto lo convierte en parte del fraude.

Abel señaló una nota escrita a mano en el margen.

La leí.

ESPERAR A QUE FIRMEN TODOS. ENTONCES CAEN.

Gabriel había firmado porque esperaba atrapar a todos los implicados. No le dieron tiempo.

Aquella tarde fui a casa de Clara. Martina estaba sentada en el suelo dibujando una fiesta de cumpleaños.

Escondió la cartulina cuando entré.

—No mires.

—Prometido.

Clara dejó una taza sobre la mesa.

—No le prometas cosas que luego no cumplirás.

Entendí inmediatamente a qué se refería.

—El sábado estaré.

—Eso también lo dijiste otras veces.

No respondí.

Martina volvió con unas tijeras y siguió dibujando.

Me acerqué.

—Voy a venir.

—¿Aunque haya un muerto?

La pregunta me golpeó más que cualquier interrogatorio.

Le sujeté suavemente la mano para que no se cortara.

—Aunque haya un muerto.

Sonrió.

Clara no.

Cuando Martina terminó el dibujo vi que todos aparecíamos alrededor de la mesa. Todos menos yo.

Mi figura estaba junto a la puerta.

—¿Por qué estoy ahí?

—Porque siempre te estás marchando.

Después dibujó una silla vacía a su lado.

—Pero esta vez puedes sentarte.

Doblé el dibujo y lo guardé dentro del abrigo, justo delante del acta que acabábamos de recuperar.

El teléfono empezó a vibrar.

Era Robles.

Lo dejé sonar dos veces antes de contestar.

—¿Qué ocurre?

—Soria ha desaparecido.

Me levanté de inmediato.

—¿Cómo?

—Su coche está junto al río. La caja con los libros sigue dentro. Un testigo lo vio subir a otro vehículo.

—¿La matrícula?

—Solo una parte.

Miré a Martina.

Seguía pegando estrellas sobre la tarta de cumpleaños.

—Empieza sin mí —dije.

Clara me sostuvo la mirada.

—Eso ha sido diferente.

Asentí.

Colgué.

Antes de salir, Martina me entregó la invitación que acababa de hacer. En una esquina había dibujado un coche gris.

—¿Qué coche es ese?

—El señor estaba abajo.

Sentí un escalofrío.

Corrí hasta la ventana. El coche arrancaba en ese mismo instante. Solo alcancé a memorizar cuatro números de la matrícula.

Clara apartó a Martina del cristal.

—¿Tiene que ver con el caso?

No respondí.

Bajé las escaleras de dos en dos. El coche ya había desaparecido.

En el lugar donde había estado aparcado encontré una acreditación universitaria rota. Pertenecía a Abel Soria. En el reverso había una pequeña mancha de sangre.

El teléfono volvió a sonar.

—Hemos identificado la matrícula parcial —dijo Robles.

—¿De quién es?

Hubo un breve silencio.

—Del coche de Luis Castaño.

Apreté la acreditación con fuerza.

El mismo hombre que aseguraba llevar quince años alejado de todo. El mismo que nos había dicho que buscáramos entre los antiguos policías.

Levanté la vista hacia la ventana.

Martina seguía allí, junto a Clara. Ninguna de las dos saludó.

Las dos sabían que volvía a marcharme.