Salamanca: los que observan (Los casos de Julio Barral 5) CAPÍTULO 5Los vigilados
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CAPÍTULO 5Los vigilados

Los vigilados

Robles dejó un café a mi lado.

—Llevas una hora mirando lo mismo.

No levanté la vista.

—No miro a las personas.

Moví una fotografía unos centímetros.

—Miro cuándo empiezan y cuándo terminan.

Ella acercó otra carpeta.

Había un juez entrando en un edificio judicial. Después, el mismo hombre en una gasolinera. Más tarde, caminando con una carpeta bajo el brazo. Tres meses de seguimientos resumidos en veinte fotografías.

Abrí otra carpeta. Una inspectora de Hacienda. Después otra. Un profesor universitario. Otra más. Un funcionario de la Seguridad Social.

No parecían tener nada en común. Sin embargo, todas terminaban igual.

La última hoja siempre llevaba la misma anotación.

Observación suspendida.

Cogí un rotulador y escribí varias fechas sobre una pizarra. No anoté nombres. Solo el día en que empezaban los seguimientos y el momento en que terminaban.

Después pedí los expedientes públicos de aquellas personas.

Robles arqueó una ceja.

—¿Qué buscas?

—Lo que pasó después.

Media hora más tarde tenía otra columna escrita junto a las fechas. Expediente disciplinario. Traslado. Pérdida de una oposición. Jubilación anticipada. Denuncia interna.

Aparté el rotulador.

—Ya está.

Robles leyó la pizarra despacio.

—No entiendo.

Señalé la primera línea.

—Aquí dejan de seguir al juez.

Desplacé el dedo hasta la siguiente columna.

—Dos meses después lo apartan del tribunal.

Hice lo mismo con el resto.

La inspectora perdió una plaza. El profesor dejó la universidad. El funcionario fue destinado a otra provincia. El policía acabó suspendido de empleo.

Robles permaneció unos segundos en silencio.

—No vigilaban delincuentes.

Negué despacio.

—Vigilaban personas antes de sacarlas del tablero.

El zumbido de un fluorescente llenó la sala.

Por primera vez desde que abrimos aquellas carpetas, el patrón aparecía delante de nosotros. No buscaban pruebas. Buscaban objetivos.

Robles cerró una carpeta.

—¿Qué tenían todos en común?

—Todavía no lo sé.

Me levanté y empecé a revisar otra pila de expedientes.

No buscaba informes. Buscaba quién seguía vivo.

Muchos habían fallecido. Otros vivían fuera de España. Algunos aparecían sin dirección actualizada. Solo un nombre seguía teniendo domicilio conocido.

Luis Castaño.

Exinspector de Trabajo. Jubilado. Vivía a veinte minutos de Salamanca.

Robles cogió las llaves del coche.

—¿Vamos?

Guardé una de las fotografías en la carpeta.

—Ahora mismo.

La casa era pequeña. Las persianas permanecían medio bajadas pese al sol de la mañana.

Llamé dos veces antes de que alguien descorriera el cerrojo. El hombre abrió apenas un palmo. Canoso. Delgado. Mirada cansada.

—¿Sí?

Robles enseñó la placa.

— Policía.

No reaccionó.

Saqué entonces una fotografía. Aparecía él entrando en la Delegación de Trabajo quince años antes. Su expresión cambió de golpe.

Abrió la puerta sin decir una palabra. El salón olía a humedad y café recalentado.

Esperó a que nos sentáramos. No preguntó quiénes éramos. Miraba únicamente la fotografía.

—Creía que habían desaparecido.

—¿Quién lo creía? —pregunté.

Tardó unos segundos.

—Todos.

Dejó la imagen sobre la mesa.

—Durante meses vi siempre el mismo coche. Pensé que eran imaginaciones mías.

—¿Le amenazaron?

Negó con la cabeza.

—Nunca.

—¿Le pidieron algo?

—Tampoco.

Apretó los dedos contra el reposabrazos.

—Simplemente dejaron de contar conmigo.

No añadió dramatismo. Lo dijo como quien recuerda una enfermedad antigua.

—¿Qué ocurrió antes?

Castaño levantó la vista.

—Me negué a firmar un expediente que sabía que era falso.

El silencio cayó entre los tres.

Robles tomó una nota.

Yo guardé la fotografía.

Antes de levantarnos, Castaño habló otra vez.

—Si buscan respuestas...

Esperé.

—No empiecen por los jueces.

—¿Por quién?

Su mirada se tensó.

—Empiecen por los policías.

Bajó la mirada.

—A ellos los apartaban mucho más deprisa.

Aquella noche llegué a casa más tarde de lo previsto.

Laura estaba sentada en la mesa del comedor. Había extendido varias copias de las fotografías sobre un mantel que apenas se veía ya bajo el papel.

No levantó la cabeza cuando entré.

—¿Ese hombre tenía razón?

Dejé la chaqueta sobre una silla.

—Demasiada.

Me acerqué despacio. Ella había agrupado las imágenes por fechas sin que nadie se lo pidiera.

—Empiezan años antes de que todo se viniera abajo.

Asentí.

—Eso parece.

Sonó el timbre. Laura fue a abrir.

Escuché la voz de Clara antes de verla.

—Lucas ha olvidado otra vez las llaves.

Entró solo un instante. O eso parecía.

Lucas pasó corriendo hacia el baño mientras Clara esperaba junto a la puerta.

Entonces vio las fotografías.

Se acercó sin pedir permiso. Cogió una. Era una de las primeras. Yo aparecía saliendo de la comisaría con el uniforme recién estrenado.

Clara la observó varios segundos. Después tomó otra. Y otra más. Siempre yo. Siempre desde lejos. Siempre alguien siguiéndome.

—¿Qué es todo esto?

—Lo encontraron en la universidad.

No apartó la vista de las imágenes.

—¿Quién hacía estas fotos?

—No lo sabemos.

Dejó una fotografía sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.

—¿Seguro?

Nadie respondió.

El silencio se hizo incómodo.

Clara volvió a hablar.

—Hay demasiadas cosas de tu vida que nunca conocí.

Sentí el peso de aquellas palabras mucho antes de responder.

—Yo tampoco conocía esto.

Ella soltó una risa breve. Sin humor.

—Eso dices ahora.

Laura intervino antes de que la conversación se rompiera.

—Mira las fechas.

Clara bajó otra vez la vista.

Leyó una. Después otra. Su expresión cambió lentamente.

—Espera...

Cogió una tercera fotografía.

La giró para comprobar la fecha escrita detrás. Después otra más. Movía los labios mientras hacía cuentas. Finalmente levantó la cabeza.

—Esto fue...

No terminó la frase.

Yo asentí.

—Mucho antes de David.

Volvió a mirar las imágenes. Ya no buscaba una mentira. Buscaba una explicación.

—Entonces alguien llevaba años observándote.

—Sí.

—¿Y nunca te diste cuenta?

Negué despacio.

—Si me hubiera dado cuenta, probablemente habría dejado la Policía.

Clara apoyó ambas manos sobre la mesa.

Parecía querer decir algo. No encontraba cómo.

—Siempre pensé...

Calló.

—¿Qué?

Respiró hondo.

—Que nos ocultabas una parte de la historia.

No respondí.

Ella volvió a mirar las fotografías.

—Ahora empiezo a pensar otra cosa.

Esperé.

—Que tampoco te la contaron a ti.

Laura desvió la mirada hacia mí.

Ninguno de los dos dijo nada.

En ese momento apareció Lucas. Se secaba las manos con la camiseta.

—¿Ya nos vamos?

Clara asintió.

Él pasó junto a la mesa. Se detuvo. Miró las fotografías con curiosidad. No tocó ninguna al principio.

Después señaló una.

—Papá.

Levanté la vista.

—¿Qué?

—¿Quién es ese?

Pensé que hablaba de mí. Pero su dedo apuntaba al fondo de la imagen. Un hombre desenfocado caminaba varios metros detrás.

Hasta entonces apenas le había prestado atención.

Cogí la fotografía.

—No lo sé.

Lucas siguió observándola.

—Me suena.

Clara lo miró.

—¿De qué?

Se encogió de hombros.

—No sé... creo que lo he visto alguna vez.

Antes de que pudiera añadir nada, mi teléfono vibró.

Robles.

Contesté.

—Dime.

Su voz sonó seria.

—Acabamos de identificar al hombre que aparece detrás de ti en una de las fotografías.

Miré otra vez la imagen.

—¿Quién es?

Hubo un breve silencio.

—Un policía.

Esperé.

—Trabajó contigo antes del caso David.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Y ahora dónde está?

La respuesta tardó apenas un segundo.

—Eso es precisamente el problema.

Hizo una pausa.

—Nadie sabe qué fue de él desde hace más de quince años.

Miré a Clara.

Ella seguía observando las fotografías. Ya no veía al hombre con el que se había casado. Veía a alguien que quizá llevaba demasiado tiempo siendo observado sin saberlo.

Y por primera vez, ninguno de los dos estaba seguro de cuándo había empezado realmente aquella historia.