Salamanca: los que observan (Los casos de Julio Barral 5) CAPÍTULO 4El despacho 214
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CAPÍTULO 4El despacho 214

A las siete y media de la mañana el edificio administrativo seguía casi vacío.

La mayor parte de las persianas continuaban bajadas. El eco de nuestros pasos rebotaba por un pasillo demasiado largo para tres personas. Olía a pintura reciente y a producto de limpieza, como si hubieran querido borrar cualquier rastro del pasado antes de que llegáramos.

Robles caminaba delante de mí con la autorización judicial doblada en el bolsillo de la chaqueta.

A nuestro lado avanzaba el jefe de Seguridad de la universidad.

Tendría unos sesenta años. Llevaba un manojo de llaves colgado del cinturón y evitaba mirarnos.

Cada pocos pasos se ajustaba las gafas o se aclaraba la garganta sin necesidad.

No parecía nervioso. Parecía incómodo.

Se detuvo frente a una puerta gris.

Una pequeña placa metálica mostraba un número.

Ningún nombre. Ninguna referencia al departamento que había ocupado aquel despacho.

—Aquí es.

No hizo ademán de abrir.

Esperó inmóvil.

—¿Algún problema? —pregunté.

Se pasó la lengua por los labios.

—Hace años que no entra nadie.

Toqué el pomo. No tenía polvo. Ni siquiera alrededor de la cerradura.

Aquella puerta recibía más visitas de las que él estaba dispuesto a reconocer.

—Ábrala.

Dudó.

—No sé si tengo autorización para...

Robles sacó el documento firmado por el juez. Lo sostuvo delante de él.

—Ahora sí la tiene.

El hombre dejó escapar un suspiro resignado.

Introdujo la llave. La cerradura giró con cierta resistencia. Empujó la puerta.

Entramos.

Lo primero que me llamó la atención fue el silencio. Lo segundo, la ausencia de polvo.

Si un despacho llevaba años cerrado, el abandono dejaba señales. Allí no las había. Las mesas estaban vacías. Tres archivadores metálicos permanecían abiertos. Dos estanterías aparecían completamente desnudas.

Una silla descansaba tumbada junto a la pared, como si alguien la hubiera apartado con prisas. No era un despacho olvidado. Era un despacho vaciado.

Recorrí la habitación lentamente. No había cuadros. No había calendarios. Ni una sola carpeta. Ni un bolígrafo. Ni siquiera una papelera. Era demasiado limpio.

Me agaché junto a una de las paredes.

En el suelo quedaban varias marcas rectangulares mucho más claras que el resto del terrazo. Marcas profundas. Pesadas.

—Había armarios aquí —dije.

Robles se acercó.

—Y bastante grandes.

Pasé la mano por una de las huellas.

El suelo conservaba pequeñas rayas recientes.

—Los retiraron hace poco.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque aún no ha cambiado el color del suelo.

Robles asintió despacio.

—Alguien quiso que desaparecieran.

El jefe de Seguridad seguía junto a la puerta. No avanzaba. Parecía decidido a no cruzar cierto punto del despacho. Como si entrar del todo pudiera convertirlo en parte de la investigación.

Abrí el primer archivador. Vacío. El segundo. También.

Golpeé el fondo con los nudillos. Sonó compacto. Probé el tercero. El sonido fue distinto. Más hueco.

Levanté la vista. Robles ya me estaba observando.

—¿Qué pasa?

Tiré del archivador hacia delante.

Costó moverlo unos centímetros. Detrás apareció un panel metálico fijado con cuatro tornillos. Brillaban demasiado. Eran nuevos.

—Curioso.

El responsable de Seguridad se sorprendió.

—No sabía que eso estaba ahí.

No respondí. Mentía. O, al menos, fingía sorpresa mejor de lo necesario.

Salí al pasillo. Un carrito de mantenimiento permanecía apoyado junto a la pared.

Cogí un destornillador. Volví al despacho. Los tornillos cedieron con facilidad. Demasiada facilidad. Los habían colocado para ocultar algo. No para impedir que alguien lo encontrara.

Retiré la tapa.

Detrás apareció un compartimento estrecho. Dentro descansaba un archivador gris. Pequeño. Sin etiquetas.

Lo saqué con ambas manos. Pesaba mucho más de lo que aparentaba. Lo dejé sobre la mesa central.

Robles rompió la cinta transparente que hacía las veces de precinto.

Abrimos el archivador. No había expedientes oficiales. Había carpetas. Todas idénticas. Numeradas a mano. Sin membretes. Sin sellos. Sin logotipos. Solo nombres escritos con rotulador negro.

Cogí la primera. Dentro encontré fotografías. Un hombre entrando en un juzgado. Otra saliendo varias horas después. Otra comprando el periódico. Otra esperando un autobús.

Siempre desde lejos. Siempre sin mirar a cámara.

No había informes. Ni declaraciones. Solo fechas. Horas. Lugares.

Abrí la segunda carpeta. Una mujer. Seguida durante varias semanas.

La tercera. Otro hombre.

La cuarta. Un profesor universitario.

La quinta. Un funcionario.

La sexta. Un juez.

Ninguno parecía relacionado con los demás. Pero alguien había invertido meses en seguir cada uno de sus movimientos.

Pasé lentamente las páginas. Encontré una hoja manuscrita. Solo tres palabras.

Observación suspendida.

Abrí otra carpeta. La misma anotación. Otra. También. Siempre escrita con la misma letra. Siempre acompañada de una fecha distinta.

Robles dejó de pasar fotografías.

—Esto no parece una investigación policial.

Negué despacio.

—No.

Miré otra carpeta.

—Parece otra cosa.

—¿Qué?

Tardé unos segundos en responder.

—Una colección de personas.

Seguí revisando nombres. Hasta que encontré una carpeta sin identificación. Solo una fecha escrita en la portada.

La abrí. La primera fotografía hizo que mi mano se detuviera. Era yo. Vestía uniforme. Mucho más joven. Salía de una comisaría.

Giré la imagen. La fecha estaba escrita al dorso.

Muchos años antes del caso David. Muchísimo antes de Topas.

Sentí un frío incómodo recorrerme la espalda.

Robles tardó unos segundos en comprender qué estaba viendo.

—Julio...

No contesté. Seguí pasando fotografías.

Había otra. Y otra. Y otra más. Siempre yo. Siempre desde lejos. Siempre sin saber que alguien caminaba detrás de mí.

Ninguno habló durante casi un minuto. El único sonido era el zumbido irregular del fluorescente del techo.

Robles tomó una de las fotografías. La observó con atención.

—¿Recuerdas este día?

Negué despacio.

—Recuerdo el destino.

No el día.

La giró.

En el reverso solo aparecía una referencia escrita con bolígrafo.

O-17.

Nada más.

Abrimos la siguiente carpeta. Más fotografías. Entrando en una cafetería. Subiendo al coche. Hablando con un compañero delante de la comisaría. Esperando un semáforo. Nada extraordinario. Precisamente por eso resultaban inquietantes.

No buscaban pillarme haciendo algo ilegal. Querían conocer mi rutina. Mis horarios. Mis costumbres. Mi vida.

Robles empezó a extender las fotografías sobre la mesa. Las colocó por orden cronológico.

—Mira esto.

Señaló varias fechas.

La primera coincidía con mi traslado a otra comisaría. La segunda, con una investigación interna. La tercera, con las oposiciones para inspector. Otra correspondía al ingreso de mi padre en el hospital.

Aquello ya no era casualidad. Cada vez que algo importante ocurría en mi vida... Alguien estaba mirando.

Guardé silencio. Necesitaba ordenar demasiadas preguntas.

El jefe de Seguridad carraspeó desde la puerta.

—¿Han terminado?

Nadie respondió.

Esperó unos segundos.

—El rector necesita esa planta esta mañana.

Me acerqué despacio.

—¿Quién trabajaba aquí?

—Archivo.

Lo respondió demasiado rápido.

Esperé. El silencio hizo el resto.

Bajó la vista.

—Bueno... hace muchos años guardaban documentación administrativa.

—¿Y después?

Se encogió de hombros.

—Lo ocuparon otros departamentos.

—¿Cuáles?

Vaciló.

—No lo recuerdo.

Mentía. No sabía hasta dónde. Pero mentía.

Robles anotó su nombre en la libreta. No dijo una palabra.

El hombre comprendió el mensaje. Volveríamos a hablar. Y la próxima vez sería en comisaría.

Regresé al archivador. En el fondo quedaba un sobre marrón. Lo abrí. Dentro solo había una hoja. Una lista. No aparecían nombres completos. Solo iniciales. Fechas.

Y una última columna.

Estado.

En varias filas figuraba la misma palabra.

Activo.

En otras no había nada. Ni una marca. Ni una explicación.

Guardé la hoja dentro de una bolsa de pruebas.

—Quien vació este despacho tenía prisa.

Robles asintió.

—Pero dejó demasiadas cosas.

Fuimos embalando las carpetas una por una.

Cuando terminé, aparté una fotografía. La más antigua. La primera que habían tomado de mí.

Robles la vio enseguida.

—Esa también entra.

La observé unos segundos. Veía a un policía joven que todavía creía entender cómo funcionaba el mundo.

—Todavía no.

—¿Por qué?

Guardé la fotografía en mi carpeta personal.

—Porque antes necesito saber por qué existía.

No insistió. Sabía que aquella imagen ya no era solo una prueba. Era una parte de mi pasado.

Abandonamos el despacho.

El jefe de Seguridad cerró la puerta con demasiada rapidez. Como si quisiera devolver todos aquellos secretos a la oscuridad.

Tres horas después fui a ver a Laura. Abrió sin preguntar. Al verme la cara comprendió que algo había cambiado.

Entré.

Dejé la carpeta sobre la mesa del comedor.

—Necesito que veas esto.

Fue sacando las fotografías una a una. Las examinó despacio. Su expresión cambió conforme avanzaba.

Llegó a la más antigua. La sostuvo varios segundos.

—¿Cuántos años tenías aquí?

—Veintisiete.

Miró la fecha otra vez. Después me miró a mí.

—Todavía no conocías a David.

Negué lentamente.

Laura dejó la fotografía sobre la mesa. Su voz sonó mucho más baja.

—Entonces alguien llevaba años observándote.

Hizo una pausa.

—No por lo que hiciste.

—¿Entonces?

—Por quien eras.

No respondí. Porque aquella posibilidad era mucho más peligrosa que cualquier sospechoso del caso.

El teléfono vibró.

Robles.

Contesté.

—Dime.

—Ya tenemos el resultado de las huellas del despacho.

Esperé.

Escuché cómo pasaba varias hojas.

—Las del archivador son antiguas.

—¿De quién?

—Hay varias.

Las de Gabriel Ledesma.

Las de un técnico de mantenimiento.

Hizo una pausa.

Demasiado larga.

—Y otras que no esperábamos.

Sentí la mandíbula tensarse.

—¿Cuáles?

Su respuesta llegó en voz baja.

—Las tuyas.

Miré la fotografía que seguía sobre la mesa.

Laura comprendió la respuesta antes de que hablara.

—¿Qué ocurre?

No aparté la vista de la imagen.

—Acaban de demostrar que, de una forma que todavía no entiendo...

Respiré hondo.

—...yo ya había estado en el despacho 214.