Salamanca: los que observan (Los casos de Julio Barral 5) CAPÍTULO 3El campus del silencio
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CAPÍTULO 3El campus del silencio

El campus del silencio

A las ocho y cuarto de la mañana el campus parecía pertenecer a otra ciudad.

El sol empezaba a calentar los jardines y los primeros estudiantes cruzaban los caminos de grava con mochilas al hombro y vasos de café entre las manos.

Algunos repasaban apuntes mientras caminaban.

Otros discutían sobre un examen o consultaban el móvil sin levantar la vista.

Una bicicleta pasó rozando la escalinata de la Facultad de Derecho y desapareció entre los árboles.

La rutina había regresado.

Solo un detalle recordaba que menos de veinticuatro horas antes un hombre había sido asesinado allí.

Una cinta policial seguía cruzando la puerta lateral del edificio donde había aparecido el cuerpo de Gabriel Ledesma. Dos agentes vigilaban el acceso con expresión cansada mientras el resto del campus intentaba mirar hacia otro lado.

La universidad ya estaba haciendo lo que mejor saben hacer las instituciones.

Seguir adelante.

Encontré a Robles apoyada junto a un coche patrulla. Sujetaba un café de máquina con una mano y un archivador bastante grueso con la otra.

Tenía peor cara que el día anterior.

—Has dormido poco.

—Lo suficiente para seguir de pie.

—Yo diría que no.

Sonrió apenas.

—¿Y tú?

—Tres horas. Cuatro si contamos las que pasé con los ojos cerrados.

Robles levantó ligeramente el vaso.

—Entonces estamos igual.

Me acerqué.

—¿Qué tienes ahí?

Sacó una hoja impresa del archivador y me la entregó.

—Acaba de enviarlo el rectorado a toda la comunidad universitaria.

Leí el encabezado.

Comunicado oficial.

El texto ocupaba apenas media página.

Hablaba de un "fallecimiento inesperado". De apoyo psicológico para los estudiantes. Del compromiso de la universidad con la normalidad académica.

No aparecía ni una sola vez la palabra asesinato. Ni homicidio. Ni investigación policial.

Doblé lentamente la hoja.

—Han tardado menos de un día en cambiar la historia.

—Las clases continúan con normalidad.

—Por supuesto.

—También suspendieron el acto que iba a celebrarse esta semana.

—Demasiado ruido.

Robles asintió.

—Quieren que esto desaparezca cuanto antes.

Guardé el comunicado en el bolsillo.

—Eso nunca es buena señal.

Subimos juntos la escalinata principal.

El edificio olía intensamente a producto de limpieza. Dos operarios fregaban el suelo del vestíbulo con máquinas industriales. Uno rascaba unas pequeñas manchas oscuras que aún quedaban cerca del pasillo donde había caído Gabriel.

Parecía que estuvieran reparando una avería. No borrando el escenario de un asesinato.

Algunos alumnos pasaban por delante sin detenerse. Otros miraban unos segundos y continuaban caminando. La memoria colectiva empezaba a trabajar.

Llegamos hasta Secretaría.

El rector ya nos esperaba. Traje azul oscuro. Corbata perfectamente anudada. Zapatos recién lustrados. Ni una arruga. Ni un gesto de cansancio.

Solo cierta impaciencia.

—Inspector Barral.

—Rector.

—Espero que podamos resolver esto cuanto antes.

—Créame. Yo también.

Nos indicó el camino hacia su despacho.

Entró primero. Nosotros detrás.

Cerró la puerta.

No ofreció asiento. Tampoco café. Ni siquiera una cortesía mínima.

Quería terminar aquella conversación lo antes posible.

—La universidad está colaborando plenamente con la investigación.

Abrí mi carpeta.

—Perfecto. Entonces empecemos por algo sencillo.

Saqué una libreta.

—¿Quién sabía que Gabriel Ledesma iba a comparecer ayer por la mañana?

El rector entrelazó lentamente los dedos.

Pensó la respuesta.

—Muy pocas personas.

—Necesito nombres.

Fue enumerándolos despacio.

Él mismo. El secretario general. Dos profesores del tribunal. La esposa de Ledesma. Y un administrativo encargado de preparar la sala.

—¿Está seguro?

—Hasta donde yo sé.

—¿Nadie más?

—No.

Apoyé un dedo sobre la mesa.

—¿Quién redactó el comunicado que acabo de leer?

Hubo una pausa.

—El gabinete jurídico.

—Han trabajado rápido.

—Era imprescindible.

—¿Para quién?

El rector desvió la vista hacia la ventana.

No respondió.

Robles intervino.

—También necesitamos acceder al ordenador del secretario Álvaro Pineda.

El rector volvió a mirarnos.

—Está de baja médica.

—Eso no impide registrar su equipo.

—No sé si sigue aquí.

—Ayer estaba.

—Eso dicen.

—Lo dice una testigo.

El rector respiró lentamente.

—Las personas pueden confundirse.

Me acerqué a la ventana.

Desde allí veía el patio central. Cientos de estudiantes caminaban entre las facultades. Reían. Hablaban. Algunos corrían porque llegaban tarde a clase.

La vida seguía exactamente igual.

Me giré otra vez.

—¿Qué le preocupaba más a Gabriel Ledesma durante los últimos días?

El rector dudó.

—No podría decirle.

—Trabajaba a veinte metros de su despacho.

—Sí.

—¿Y no sabe qué le preocupaba?

—No hablábamos de asuntos personales.

—No le he preguntado por asuntos personales.

El silencio volvió a instalarse en la habitación. Esta vez duró demasiado.

Cerré la carpeta.

—Vamos a registrar otra vez el despacho de Ledesma.

El rector miró extrañado hacia la ventana.

—¿No lo registraron ayer?

—Sí.

—Entonces...

—Ayer buscábamos a un asesino.

—¿Y ahora?

Lo miré fijamente.

—Ahora busco aquello que él intentaba encontrar.

No añadió nada.

Salimos del despacho. Cinco minutos después un agente retiró el precinto para permitirnos entrar de nuevo en la oficina.

La luz de la mañana atravesaba las persianas y dibujaba franjas sobre el suelo.

Las manchas de sangre se habían oscurecido. El aire seguía teniendo ese olor metálico que permanece incluso después de limpiar.

Empezamos desde el principio.

Archivadores. Cajones. Libros. Carpetas. Papeleras. Nada parecía fuera de lugar.

Robles revisó cada estante.

Yo desmonté varias cajas archivadoras. No apareció absolutamente nada relacionado con Salamanca. Ni con la oposición. Ni con el tribunal.

Empezaba a pensar que el despacho ya había sido limpiado antes de que llegáramos.

Entonces algo llamó mi atención.

Detrás de una estantería baja sobresalía apenas una esquina metálica. Me arrodillé. Introduje la mano. Tiré con fuerza. Era un clasificador de acero bastante pesado. Demasiado pesado para estar vacío.

Lo coloqué sobre la mesa.

Robles se acercó.

—No estaba en el inventario.

Esperaba encontrar expedientes de Salamanca. No había ninguno. Las carpetas llevaban nombres de universidades repartidas por toda España.

Granada.

Oviedo.

Valencia.

Sevilla.

Zaragoza.

Madrid.

Santiago.

Cada una contenía listas. Fechas. Nombres. Anotaciones manuscritas. Cruces en rojo. Flechas. Pequeños comentarios escritos al margen.

Robles abrió una de las carpetas.

—Esto no parece una investigación académica.

Negué despacio.

—Ni una oposición.

Sacó otra.

Había referencias a tribunales distintos. Procesos separados por varios años. Personas que jamás habían coincidido oficialmente. Sin embargo, alguien las estaba relacionando.

Seguí revisando.

Las últimas carpetas eran mucho más recientes. Las anotaciones se volvían cada vez más breves. Como si Gabriel hubiera empezado a trabajar con prisa.

En el fondo encontré un sobre vacío. Dentro solo había una hoja doblada. La abrí. Una única frase escrita con bolígrafo azul.

No empezó aquí.

Nada más. Ni firma. Ni fecha.

Cerré lentamente el clasificador.

Sentí esa sensación incómoda que aparece cuando una investigación cambia de tamaño de golpe.

Miré a Robles.

—Gabriel no investigaba una universidad.

Él sostuvo mi mirada unos segundos.

Después observó todas las carpetas extendidas sobre la mesa.

—No.

Habló casi en un susurro.

—Investigaba algo mucho más grande.

—Un sistema.

Y por primera vez desde que entramos en la ciudad, tuve la impresión de que el asesinato de Gabriel Ledesma solo era la puerta de entrada a una historia que llevaba muchos años esperando a que alguien se atreviera a abrirla.

A primera hora de la tarde regresé a casa. El silencio me recibió antes incluso de abrir la puerta.

Laura estaba terminando de recoger la cocina. El olor a café recién hecho seguía mezclándose con el del lavavajillas y el jabón de los platos.

No preguntó cómo había ido la investigación. Ni quién era el sospechoso. Ni si había avances.

Se limitó a señalar la cafetera.

—Todavía queda.

Serví una taza.

El calor me reconfortó las manos.

Ella continuó secando un plato durante unos segundos.

—¿Cómo está?

La miré.

—Muerto.

Suspiró.

—Ya sé que está muerto.

Me refiero al caso.

Me apoyé sobre la encimera.

—Cada vez más complicado.

Laura dejó el paño.

—Lucas también está cambiando.

No respondí.

Sabía hacia dónde iba aquella conversación.

—Anoche no preguntó por el profesor. Preguntó por ti.

Bebí un sorbo. El café estaba demasiado caliente.

—Lo sé.

—No.

Negó despacio.

—No lo sabes.

Guardó el último plato en el armario.

Después se apoyó frente a mí.

—Cuando era pequeño preguntaba porque tenía miedo. Ahora pregunta porque intenta entender quién eres.

No encontré ninguna respuesta.

El teléfono sonó. Era Clara.

Contesté.

—Dime.

Al otro lado escuché risas infantiles. Martina. También una televisión encendida.

—Solo quería saber una cosa.

—¿Cuál?

—¿Podrás venir el sábado?

Miré la taza.

—Sí.

—¿Seguro?

Tardé demasiado en responder.

—Haré todo lo posible.

Clara guardó silencio unos segundos.

—No.

Su voz sonó tranquila.

—Haz lo necesario.

Colgó.

Laura había escuchado suficiente.

—Tiene razón.

No discutí.

Una hora más tarde pasé por casa de Clara. Llevaba un libro que Lucas había olvidado semanas atrás.

Él estaba sentado en el salón. Escribía sobre una cartulina llena de dibujos.

Cuando me vio entrar cerró rápidamente un cuaderno y lo escondió debajo.

—¿Qué haces?

—Un trabajo del colegio.

—¿Sobre qué?

Sonrió.

—Cuando lo termine te lo enseño.

—Trato hecho.

No insistí.

Mientras hablaba unos minutos con Martina vi, por casualidad, el título que sobresalía bajo la cartulina.

La persona que más admiro.

No alcancé a leer el nombre. Tampoco pregunté.

Al despedirme, Clara me acompañó hasta la puerta.

—Está cambiando.

—Lo sé.

—Y tú también deberías hacerlo.

No esperó respuesta.

Cerró despacio.

Regresé directamente a la universidad.

Robles me esperaba delante de un ordenador. Había imprimido todos los registros de acceso de la última semana. Las hojas cubrían media mesa.

—He encontrado algo raro.

Me señaló una columna.

Un mismo nombre aparecía registrado cada mañana. Siempre antes de las siete. Siempre con la misma acreditación. Pero nunca figuraba la salida.

Revisé varias páginas.

Lunes.

Martes.

Miércoles.

Jueves.

Viernes.

Exactamente igual.

—¿Puede ser un fallo del sistema?

Robles negó con la cabeza.

—He comprobado los servidores.

No es un error.

Pasé lentamente todas las hojas. El patrón se repetía sin excepción. Alguien entraba cada día. Pero oficialmente jamás abandonaba el edificio.

—¿Quién controla este programa?

—Seguridad.

—¿Y quién puede modificar los registros?

—Muy poca gente.

Guardé todas las hojas dentro de una carpeta. Sentí que aquella anomalía era demasiado constante para ser casual.

Robles sonrió levemente.

—Pensaba que ahora iríamos otra vez a por el rector.

Miré por la ventana.

Las luces del campus comenzaban a encenderse mientras los últimos estudiantes abandonaban las facultades.

Negué despacio.

—El rector puede esperar.

Apoyé un dedo sobre el nombre que se repetía una y otra vez en los registros.

—Primero quiero descubrir quién lleva demasiado tiempo entrando en esta universidad...

...sin que nadie quiera admitir que alguna vez salió.