Salamanca: los que observan (Los casos de Julio Barral 5) CAPÍTULO 2Un suicidio demasiado perfecto
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CAPÍTULO 2Un suicidio demasiado perfecto

Un suicidio demasiado perfecto

Cuatro horas después, el cadáver ya no estaba sentado.

La camilla había dejado dos líneas húmedas sobre el suelo. La puerta del despacho permanecía precintada y el rector había enviado a su abogado. Ninguno de los dos consiguió que Robles levantara la cinta.

Yo volví a entrar.

—Tienes diez minutos —dijo ella.

—Necesito veinte.

—Tienes diez y un inspector esperando una razón para echarte.

Me puse los guantes.

La sangre se había secado alrededor de la silla. Sin el cuerpo, la escena parecía más pequeña. Una mesa, tres estanterías y una ventana cerrada. Lo suficiente para matar a un hombre. También para mentir sobre cómo había muerto.

La científica colocaba una varilla en el orificio de la pared.

—La bala entró aquí —dijo.

Señaló un punto bajo, detrás de una hilera de libros.

Me situé donde había estado Ledesma. Doblé las rodillas hasta calcular la altura de su sien. La varilla pasaba por encima de mi cabeza.

—No estaba sentado.

El inspector de la puerta cruzó los brazos.

—Ya dijiste que lo movieron.

—Ahora puedo demostrarlo.

Cogí la silla por el respaldo. Una de las ruedas delanteras estaba bloqueada por sangre seca. Las demás giraron sin resistencia.

—Mirad el suelo.

Robles se agachó.

Había cuatro marcas curvas junto al escritorio. La rueda bloqueada había arrastrado sangre hacia la derecha.

—Lo desplazaron después del disparo —dijo la científica.

—Y antes de que secara.

El inspector se acercó.

—Eso no explica quién lo hizo.

—Tampoco era la pregunta.

Empujé la silla hasta alinear la trayectoria. Quedó junto a la ventana, a más de un metro del escritorio.

La científica levantó la varilla.

—Desde aquí sí coincide.

Miré el cristal. Cerrado. Limpio por dentro. En el alféizar había una mancha estrecha, como una marca de zapato mal borrada.

Pasé el dedo enguantado por el borde.

—Alguien se apoyó aquí.

—Estamos en una tercera planta —dijo el inspector.

—No para salir.

Abrí la ventana. Entró aire frío y el ruido del patio interior. Debajo había una cornisa ancha que comunicaba con el despacho contiguo.

Robles se asomó lo justo.

—Pineda.

—Su despacho está al otro lado.

El inspector negó.

—La ventana de Pineda estaba cerrada.

—Cuando nosotros entramos.

Saqué la cabeza. En la piedra había un arañazo reciente. Dos líneas paralelas.

—Algo metálico rozó aquí.

Robles tocó el marco.

—¿El arma?

—O una caja. Un maletín. Lo que faltaba de la mesa de Ledesma.

La científica se acercó con una linterna.

—Hay fibras negras.

El inspector dejó de discutir.

—Precintad también el despacho de Pineda y la cornisa.

—No das órdenes —dijo él.

Robles levantó la cinta del pasillo.

—Esta sí la doy yo. Hazlo.

El hombre salió sin responder.

Me acerqué a la mesa. La media luna limpia seguía junto al teclado. Abrí los cajones uno a uno.

Bolígrafos. Grapas. Unas gafas. Nada que encajara con aquella marca.

Robles dejó la carpeta sobre la mesa.

—El abogado de la universidad dice que Ledesma sufría depresión.

—Rápidos.

—Ha traído informes médicos.

—Más rápidos todavía.

Golpeé el cajón inferior. Sonó hueco. Lo saqué de las guías y lo giré. Debajo había restos de cinta adhesiva.

La científica enfocó con la linterna.

—Pegaron algo.

—Y lo retiraron.

Robles apoyó las manos en la mesa.

—La agenda.

—No. La agenda estaba arriba. Esto era más grande.

El inspector regresó con una bolsa de pruebas.

—Han encontrado esto en el despacho contiguo.

Dentro había una toallita húmeda manchada de rojo.

Robles la miró.

—¿Sangre?

—Puede ser pintura —dijo él—. Había rotuladores.

Cogí la bolsa.

La mancha tenía un borde oscuro. En una esquina había un hilo de tela gris. El mismo color que la manga de Ledesma.

—Pineda limpió algo.

—No sabemos si fue él.

—Teresa lo vio con sangre.

El inspector endureció la boca.

—Teresa también mintió en su declaración.

—Porque alguien le dijo lo que tenía que escribir.

Robles abrió la carpeta.

—Pineda no está en su casa. Su coche sigue en el aparcamiento de la universidad.

—Entonces no se fue caminando.

La científica levantó la vista desde la ventana.

—Hay una cámara en el patio.

Salimos del despacho.

No busqué al rector. No pedí permiso.

—Quiero las grabaciones antes de que alguien descubra que existen.

Robles caminó a mi lado.

—Ya las están copiando.

—¿Quién?

—Seguridad.

Me detuve.

—El rector controla seguridad.

Ella también se paró.

La miré.

Robles cerró la carpeta.

—Voy yo.

Eran casi las ocho cuando abrí la puerta de casa.

La mochila de Lucas estaba en mitad del pasillo. Una zapatilla asomaba por debajo del banco y olía a tortilla recalentada. Laura levantó la vista desde la cocina.

—Has llegado.

Dejé las llaves en el cuenco.

—Eso parece.

—Clara ha traído a los niños.

—¿Por qué?

—Porque Lucas necesitaba la mochila y tú no cogías el teléfono.

Martina apareció con un tenedor en la mano.

—Mamá dice que tu casa no es un almacén.

—Tu madre tiene razón demasiadas veces.

—Dice que eso también lo dices demasiado.

Laura retiró el tenedor de su mano.

—Siéntate antes de que te comas algo de pie y finjas que cuenta como cena.

Lucas estaba en el salón. Había crecido desde el domingo. O me lo parecía porque no sonrió al verme.

—Hola.

—Llegas tarde.

—No habíamos quedado.

—Por eso.

Cogió la mochila y comprobó los bolsillos. Metió un cuaderno dentro con más fuerza de la necesaria.

Clara salió del baño abrochándose el abrigo.

—Ya estamos todos.

—No te he oído entrar.

—Tú no oyes nada cuando trabajas.

Laura colocó cuatro platos sobre la mesa. El último quedó delante de mí.

—Cinco minutos —dijo Clara—. Luego nos vamos.

Me senté.

Martina se subió a la silla de al lado y acercó su vaso al mío.

—¿Había un muerto?

Clara dejó de abrocharse.

—Martina.

—Lo han dicho en la tele.

Lucas no apartó la mirada de mí.

—¿Era suicidio?

Partí un trozo de pan.

—No.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque alguien movió el cuerpo.

Laura dejó el cucharón dentro de la cazuela. El metal golpeó el borde.

—Buen tema para cenar.

—Ella ha preguntado.

—Tiene ocho años —dijo Clara.

—Y televisión —respondió Martina.

Lucas cerró la mochila.

—Entonces ya sabes quién fue.

—Todavía no.

—Siempre dices eso.

—Porque suele ser verdad.

Se inclinó hacia delante.

—¿Y cuando no lo era?

Clara tocó su hombro.

—Recoge.

Lucas se soltó.

—No te lo he preguntado a ti.

La mesa quedó quieta. Incluso Martina dejó de mover los pies.

—¿Qué quieres saber? —pregunté.

Lucas apretó la cremallera de la mochila.

—Si tú también dijiste que no sabías quién había matado a David.

El pan se rompió entre mis dedos.

Laura abrió un armario. No necesitaba nada de dentro.

Clara tomó la decisión por mí.

—Nos vamos.

—No —dijo Lucas.

—Ahora.

—Siempre haces lo mismo.

—Y tú empiezas a parecerte demasiado a alguien que conozco.

Me levanté.

—Déjalo.

Clara se giró.

—No llevas aquí ni cinco minutos.

—Precisamente.

Lucas me miró desde el otro lado de la mesa.

—Contesta.

Me limpié las migas de los dedos.

—No recuerdo aquella noche completa.

—Eso no es contestar.

—Es lo que hay.

—Doce años por algo que no recuerdas.

Clara le puso el abrigo en las manos.

—Fuera.

Lucas no se movió.

Martina apoyó la cabeza contra mi brazo. El pelo olía a champú de fresa.

—¿Tú eras malo antes?

La silla raspó el suelo cuando me aparté.

—A veces.

—¿Y ahora?

Laura cerró el armario.

—Ahora intenta llegar a cenar.

Clara abrió la puerta.

Lucas se colgó la mochila.

—Cuando encuentres al que mató al profesor, seguro que a él sí le preguntas qué hizo.

Pasó junto a mí.

Le agarré el brazo. No fuerte. Lo suficiente para detenerlo.

—A él no le debo una respuesta.

Lucas bajó la mirada hacia mi mano.

Lo solté.

Clara empujó la puerta.

—Vamos.

Martina me dio un beso rápido y salió detrás de ellos. Lucas no se despidió.

La puerta se cerró.

Laura recogió el plato que yo no había tocado.

—Ha esperado todo el día para preguntártelo.

—Ha elegido mal el momento.

—Ha aprendido de ti.

Metió el plato en el fregadero. El agua salió con demasiada fuerza.

Mi teléfono vibró sobre el mueble.

Robles.

Contesté.

—Dime.

—Tenemos las grabaciones del patio.

—¿Han sido manipuladas?

—No lo sabemos. Falta una hora completa.

—¿Cuál?

—Entre las once y medianoche.

Cogí la chaqueta.

Laura cerró el grifo.

—Claro.

—Tengo que irme.

—No. Quieres irte.

Me puse la chaqueta.

—No empieces.

—No he empezado yo.

Abrí la puerta.

Robles seguía al teléfono.

—Hay algo más —dijo—. La cámara del aparcamiento sí funcionaba.

—¿Pineda salió?

—Su coche no.

—Eso ya lo sabíamos.

—A las once y cuarenta, alguien metió a Ledesma en el asiento trasero.

Me detuve con una mano sobre el marco.

—Ledesma estaba muerto antes de medianoche.

—La autopsia lo sitúa entre las once y la una.

—Entonces trasladaron el cadáver.

—Sí.

Laura me observaba desde la cocina.

—¿Quién conducía? —pregunté.

Robles tardó un segundo.

—Gabriel Ledesma.

No cerré la puerta.

—Repite eso.

—El hombre al volante tiene su cara, su abrigo y su forma de andar. Pero a esa hora Ledesma ya llevaba muerto, como mínimo, cuarenta minutos.