Salamanca: los que observan (Los casos de Julio Barral 5)
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CAPÍTULO 1El profesor que iba a hablar
El profesor que iba a hablar
El cadáver seguía sentado cuando entré en el despacho.
La cabeza inclinada sobre el pecho. Las manos abiertas junto al teclado. Una mancha oscura bajaba desde la sien hasta el cuello de la camisa.
El inspector que vigilaba la puerta me cortó el paso con el antebrazo.
—No toques nada.
Miré su mano.
—Entonces quítala de en medio.
No lo hizo. Al fondo, una mujer de científica fotografió la mesa. El disparo del flash encendió durante un segundo los lomos de los libros y la sangre pegada al monitor.
—Barral —dijo alguien detrás.
El inspector retiró el brazo.
Me giré. Elisa Robles avanzaba por el pasillo con una carpeta contra el pecho. La conocía de antes de prisión. Entonces llevaba uniforme y no sabía ocultar el cansancio. Ahora vestía de paisano y había aprendido.
—Pensaba que no vendrías —dijo.
—Yo pensaba que el fin de semana terminaría el lunes.
—Es lunes.
—Por eso.
Entré.
El despacho olía a café frío y pólvora vieja. Dos olores que no debían durar juntos tanto tiempo.
El muerto era el profesor Gabriel Ledesma. Catedrático de Derecho Administrativo. Cincuenta y nueve años. Casado. Sin antecedentes. Sin arma a la vista.
Me acerqué a la mesa.
—¿Quién lo encontró?
—Una limpiadora. A las seis y veinte.
—¿Hora de la muerte?
—Entre las once y la una.
—¿Puerta?
Robles señaló la cerradura.
—Cerrada. Sin forzar.
Toqué el borde del escritorio con un dedo. Polvo fino. Una media luna limpia junto al codo del cadáver.
—Aquí había algo.
El inspector de la puerta soltó aire por la nariz.
—O apoyó el brazo.
Levanté la vista.
—Entonces tendría polvo en la manga.
El hombre miró la chaqueta del muerto. Limpia.
Robles se acercó.
—¿Qué faltaba?
—Eso tendremos que preguntárselo a quien limpió antes de que llegara la limpiadora.
El inspector dio un paso.
—No hay señales de que entrara nadie.
—Tampoco hay un arma.
—Podría habérsela llevado.
—Entonces no es un suicidio.
Se quedó quieto.
Robles abrió la carpeta.
—Aún no hemos dicho suicidio.
—Lo habéis pensado tan fuerte que se oye desde el pasillo.
Me agaché junto al cuerpo. La herida estaba en la sien derecha. Había sangre seca en la oreja, pero casi ninguna salpicadura sobre la pared.
Demasiado poca.
Cogí una regla de plástico de la mesa con un pañuelo y la acerqué sin tocar la piel.
—El disparo fue cerca.
—Eso ya lo sabemos —dijo el inspector.
—No tanto como queréis.
La científica dejó la cámara.
—¿Qué ves?
Señalé el cuello de la camisa.
—Sangre descendente. Él estaba erguido cuando recibió el disparo.
—Sigue sentado —dijo Robles.
—Pero la silla está demasiado lejos del escritorio.
Empujé el respaldo con la punta del zapato. Las ruedas chirriaron.
—Alguien lo movió.
El inspector negó.
—O se apartó antes de dispararse.
—¿Para qué?
No respondió.
Me levanté. En la pantalla del ordenador había un documento abierto. Una sola línea visible.
COMPARECENCIA ANTE EL RECTORADO. 09:00.
Robles se colocó a mi lado.
—Iba a denunciar algo esta mañana.
—¿Qué?
—Manipulación de plazas. Tribunales amañados. Contratos universitarios.
Pulsé una tecla con el pañuelo. El documento pidió contraseña.
—¿Quién sabía que iba a hablar?
—Su mujer. Dos compañeros. Tal vez el rector.
—Demasiada gente para un secreto.
Robles cerró la carpeta.
—Por eso te he llamado.
—No.
—¿No qué?
—No me has llamado por un profesor muerto.
Le sostuve la mirada. Ella apretó la carpeta hasta doblar una esquina.
—Encontraron tu nombre en su agenda.
El pasillo quedó demasiado quieto.
—Enséñamela.
—Primero necesito que me digas si lo conocías.
—Enséñamela.
Robles metió la mano en la carpeta. Sacó una bolsa transparente.
Dentro había una página arrancada. Tres citas. Dos nombres tachados.
El tercero no.
JULIO BARRAL. MARTES. 08:30.
Miré el reloj de pared. Las siete y doce.
—No tenía una cita conmigo.
—Él pensaba que sí.
—Entonces alguien quería que llegara antes de las nueve.
El inspector se acercó.
—O después de matarlo.
Cogí la bolsa de la mano de Robles.
—¿Dónde apareció?
—Debajo del teclado.
—No.
—¿Cómo qué no?
Señalé la media luna limpia sobre el polvo.
—La agenda estaba aquí.
Robles miró la mesa.
—Quiero hablar con la limpiadora antes que con el rector.
—El rector está esperando.
—Que siga.
El inspector bloqueó la puerta.
—No vas a dirigir esto.
Me detuve delante de él.
—Entonces encuentra el arma.
No se movió.
Robles tocó su hombro.
—Déjalo pasar.
Salí al pasillo. Al fondo, una mujer con uniforme gris esperaba sentada junto a una máquina de café. Tenía las manos apretadas alrededor de un vaso vacío.
Cuando me vio, se levantó demasiado rápido.
—Yo no abrí esa puerta —dijo.
Aún no le había preguntado.
La limpiadora se llamaba Teresa Alday.
No quiso sentarse otra vez. Sostenía el vaso de plástico como si dentro quedara algo caliente.
—¿Quién abrió el despacho? —pregunté.
—Estaba abierto.
Robles cerró la puerta del aula donde nos habían metido.
—En su declaración dijo que utilizó la llave maestra.
Teresa apretó el vaso. El plástico crujió.
—Eso me dijeron que pusiera.
—¿Quién?
Miró a Robles, no a mí.
—El secretario del decano.
—Nombre.
—Álvaro Pineda.
Robles anotó algo.
—¿A qué hora llegó él?
—Ya estaba aquí.
—¿Dentro del edificio? —pregunté.
—En el pasillo.
—¿Y no entró?
Teresa tragó saliva.
—Dijo que el profesor no quería que lo molestaran.
Le quité el vaso de la mano y lo dejé sobre una mesa. Tenía las uñas marcadas en la palma.
—Luego usted entró.
—A las seis y veinte.
—¿Y Pineda seguía aquí?
—No.
Robles dejó de escribir.
—¿A qué hora se fue?
—No lo vi.
—Entonces no sabe si se fue.
Teresa me miró por primera vez.
—Ese hombre tenía sangre en el puño.
Un golpe seco sonó fuera. Alguien probó el picaporte. Robles abrió de inmediato.
El inspector del despacho asomó la cabeza.
—El rector quiere hablar contigo.
—Que espere.
—Ha dicho ahora.
Cerré la puerta en su cara.
Robles arqueó una ceja.
—Eso te sigue funcionando peor de lo que crees.
—Sigue funcionando.
Volví hacia Teresa.
—¿Qué hizo Pineda cuando usted vio la sangre?
—Se tapó con la otra mano.
—¿Le dijo algo?
Teresa negó. Después cambió de idea.
—Que el profesor había roto un vaso.
—No había cristales en el despacho —dijo Robles.
—Ya.
La mujer miró hacia la puerta.
—¿Puedo irme?
—Todavía no.
—Tengo que trabajar.
—Hoy no.
Teresa cogió el vaso. Lo aplastó y lo tiró a la papelera.
—Entonces protéjanme.
No lo dijo como una petición.
Robles abrió la puerta y llamó a un agente. Mientras se llevaban a Teresa, saqué el móvil. Tenía tres llamadas perdidas de Laura y un mensaje de Clara.
Lucas ha olvidado la mochila en tu casa. Bloqueé la pantalla.
Robles lo vio.
—¿Todo bien?
—Nunca preguntas eso cuando quieres saberlo.
—Nunca contestas cuando importa.
Caminé hacia el despacho del secretario. El rector seguía esperando al otro lado del pasillo, rodeado de dos hombres con traje. Uno levantó la mano al verme.
—Señor Barral.
Seguí de largo.
—¡Señor Barral!
La segunda vez agarró mi brazo.
Me giré.
—Suéltame.
—Soy el rector de esta universidad.
—Entonces debería saber que tocar a desconocidos trae problemas.
Retiró la mano.
—Gabriel Ledesma estaba atravesando una situación personal complicada.
—¿Cuál?
—No estoy autorizado para hablar de ello.
—Es usted el rector.
—Precisamente.
Robles se detuvo detrás de mí.
—Necesitamos localizar a Álvaro Pineda.
El rostro del rector no cambió. Solo movió la lengua dentro de la mejilla.
—Está de baja.
—Teresa lo vio aquí esta mañana —dije.
—Se habrá confundido.
Abrí la puerta del despacho de Pineda.
El rector avanzó.
—No puede entrar ahí.
Entré.
La mesa estaba vacía. Sin ordenador. Sin papeles. Ni una taza. Solo quedaban marcas rectangulares sobre la madera y un cable cortado junto a la pared.
Robles pasó el dedo por uno de los huecos.
—Han retirado todo.
—Hace poco.
El cable tenía cobre brillante en el corte.
El rector apareció en la puerta.
—Ese despacho lleva semanas sin utilizarse.
Cogí el cable y lo levanté.
—Miente mal.
—Salga inmediatamente.
Un teléfono empezó a sonar dentro de un cajón.
Todos miramos hacia la mesa.
El rector retrocedió medio paso.
Abrí el cajón.
Había un móvil barato vibrando sobre una llave metálica. En la pantalla aparecía una alarma.
08:30 — BARRAL.
Robles me quitó el teléfono con guantes.
—¿Sigue diciendo que no lo conocías?
—Sigo diciendo que no tenía una cita.
La alarma se detuvo.
Debajo del móvil había una fotografía boca abajo.
El rector intentó entrar.
—Eso pertenece a la universidad.
Puse una mano en su pecho y lo frené.
Robles giró la fotografía. La imagen tenía más de veinte años. Yo salía de una comisaría, con uniforme, la cabeza vuelta hacia alguien fuera de plano. En el borde inferior aparecía una fecha escrita a mano.
Dos años antes de conocer a David.
Detrás de mí estaba Álvaro Pineda. Más joven. Más delgado. Mirándome.
Robles acercó la fotografía a la luz.
—¿Ahora lo reconoces?
La puerta se cerró sola a nuestra espalda.
Alguien había girado la llave desde fuera.