CAPÍTULO 40Los nombres que quedan
Los nombres que quedan
El sello del juzgado golpeó la primera carpeta a las nueve y doce.
Robles la apartó y colocó otras tres sobre la mesa. Cada una llevaba una cinta distinta. Salvatierra. Pineda. Valdés. El cuarto nombre, el del rector, aparecía en una diligencia todavía sin cerrar.
—Prisión provisional para dos —dijo—. Valdés ha entregado los registros de acceso. El rector conserva el despacho, de momento.
Pasé el pulgar por el borde de la mesa. La madera tenía una grieta junto a mi mano.
—¿Y Varela?
—Ha admitido que proporcionó ropa, matrículas y acreditaciones. También que cerró desde fuera el despacho de Pineda cuando nos vio entrar.
Levanté la vista.
—Ha tardado demasiado en decirlo.
Robles empujó una hoja hacia mí.
—No ha utilizado esas palabras.
La acreditación que entraba cada mañana antes de las siete estaba a nombre de un técnico jubilado. Varela la había conservado durante años. Con ella abrió el despacho 214, retiró cajas y dejó pasar a quienes pagaban.
Doblé la esquina del papel.
—Las huellas.
Robles sacó otro informe.
—Las del archivador eran del registro. Tú lo tocaste antes de que lo precintaran. El informe preliminar mezcló la superficie exterior con el compartimento oculto.
—Me dijiste que ya había estado allí.
—Te dije lo que acababan de decirme.
—No es lo mismo.
—No. Por eso ahora está firmado.
Dejó el informe sobre la declaración. Después señaló dos correcciones. La cámara nunca había mostrado la cara de Gabriel, solo su abrigo y su complexión. Y el coche no llevaba doce años en el depósito: alguien cargó la entrada tres semanas antes con una fecha falsa.
La puerta se abrió. Un agente entregó una bolsa transparente y salió sin hablar. Dentro había una fotografía marcada con rotulador.
O-44.
Laura aparecía cruzando una calle, con la cabeza inclinada hacia el teléfono.
—Pineda abrió ese seguimiento después de que Laura entrara en la investigación —dijo Robles—. No pertenecía al archivo antiguo.
—Quería ver cuánto tardaba en apartarme.
—O cuánto tardabas tú en apartarla.
Guardó la bolsa antes de que pudiera cogerla.
—Luis Castaño ha aparecido esta mañana.
La silla raspó cuando me incorporé.
—¿Dónde?
—En una pensión de Zamora. Se escondió al reconocer a Varela cerca de su casa. Dice que le robaron el coche y que no acudió a la Policía porque una de las fotografías mostraba a un inspector entrando en comisaría.
—¿Qué inspector?
Robles tocó la carpeta de Sergio.
—Todavía no quiere decirlo.
Me acerqué a la ventana. En el patio, un agente aplastó una colilla y miró hacia arriba.
—Que lo traigan.
—Ya viene con abogado.
—No he dicho que lo interroguemos.
Robles cerró las carpetas.
—Eso es nuevo.
La caja de seguridad esperaba en la sala contigua. Siete nombres escritos en una hoja amarillenta. El mío ocupaba la primera línea. Gabriel estaba en la cuarta. David no aparecía.
No toqué el papel.
—Veintidós años dentro de una caja —dije—. Y nadie la buscó.
—Alguien pagó cada renovación.
Robles señaló el reverso. Había una firma pequeña, apretada junto al pliegue.
Julián Orduña.
El nombre no me devolvió ningún rostro.
—Inspector de Asuntos Internos —continuó—. Murió en un incendio hace treinta años. El cadáver fue identificado por el comisario Velasco.
La mandíbula se me endureció.
—El hombre que obligó a soltar a Pardo.
Robles asintió.
—La misma firma aparece en las primeras evaluaciones.
Giré la bolsa sin tocarla.
—El original se queda contigo.
—¿Y la copia?
—Viene conmigo.
Sus dedos se detuvieron.
—Pensaba que querrías guardarla.
—Voy a enseñarla.
Robles introdujo la lista en la bolsa. El plástico crujió.
—Entonces, ¿qué vas a hacer?
Cogí la chaqueta.
—Lo que prometí antes de empezar a buscar otro muerto.
Lucas no levantó la vista cuando entré en el salón.
Había extendido el trabajo sobre la mesa. La fotografía de David ocupaba el centro. Debajo había escrito una frase nueva.
Murió porque alguien decidió que nadie debía escucharlo.
Clara cerró la puerta detrás de mí.
—Lleva una hora esperándote.
Laura salió de la cocina con dos vasos. Martina dormía en el sofá, abrazada a la cámara del cumpleaños.
Me senté frente a Lucas.
—El hombre que mató a Gabriel está detenido.
Él movió el bolígrafo.
—No te he preguntado por Gabriel.
Apoyé las manos sobre las rodillas. La cicatriz tiró al cerrar los dedos.
—Mentí en un informe. Utilicé a un confidente sin autorización y oculté cómo había conseguido una prueba.
—Eso ya lo escuché.
—No todo. Cuando denunciaron que habíamos colocado aquella prueba, sabía que era mentira. También sabía que mi informe podía hacer caer el caso.
—Y lo tapaste.
—Sí.
—Como Gabriel.
Laura apretó el vaso. El cristal crujió.
—Durante menos tiempo —dije.
—Eso no cambia lo que hiciste.
—No.
Lucas cerró el cuaderno.
—¿Mataste a David?
Clara dejó de apoyarse en la pared.
—No puedo demostrar lo que hice durante una parte de aquella noche. Pero sé que prepararon mi expediente antes de conocerlo. Me eligieron porque rompía las reglas cuando creía tener razón.
—Eso tampoco responde.
—No voy a inventar otra respuesta para que dejes de preguntar.
Lucas deslizó la fotografía hacia mí.
—Entonces seguimos igual.
Cogí la imagen. El uniforme de David estaba torcido junto al cuello.
—Antes escondía lo que no sabía. Ahora voy a buscarlo sin esconderme de vosotros.
Clara dio un paso.
—Lucas no va contigo.
—No he dicho eso.
—Lo has dejado demasiado cerca.
Lucas recuperó la fotografía.
—Puedo decidir si quiero saber.
—Puedes decidir cuándo escuchar. No dónde perseguimos a quienes faltan.
Martina se movió bajo la manta. Saqué la copia de la lista y la dejé sobre el cuaderno.
Siete nombres. El mío arriba. Gabriel en la cuarta línea. David no aparecía.
Lucas recorrió la hoja con el dedo.
—¿Por qué no está?
—Quizá nunca fue un objetivo —dijo Laura—. Quizá encontró algo que no debía.
Doblé la lista.
—Esto no se queda aquí.
Laura puso una mano encima.
—Tampoco te la llevas solo.
Clara cogió el teléfono de la mesa.
—Llama a Robles.
El timbre sonó antes de que desbloqueara la pantalla.
Robles esperaba en el rellano con una carpeta bajo el brazo. Entró sin quitarse el abrigo y dejó dos fotografías sobre la mesa.
La primera mostraba a un policía joven. En el reverso figuraba un nombre.
Julián Orduña.
—El cadáver lo identificó Velasco —dije.
Robles asintió.
—Hace treinta años.
Señaló la segunda imagen. La cámara de un banco mostraba a un anciano entrando en la sala de cajas de seguridad. La fecha aparecía en una esquina.
Dos días antes del asesinato de Gabriel.
Lucas acercó la fotografía a la lámpara.
—¿Es él?
—El banco ha verificado la firma y la huella —respondió Robles—. Orduña abrió la caja en persona.
Clara tocó la fecha.
—Lleva muerto treinta años.
—Entonces enterraron al hombre equivocado.
Cogí la chaqueta del respaldo.
Laura puso una mano encima.
—¿Adónde vas?
Miré a Lucas. Después la lista.
Solté la chaqueta.
—Mañana. Y con Robles.
Ella no sonrió. Abrió la carpeta por la última página y sacó una ampliación de la imagen del banco.
—Orduña no estaba solo.
Junto al anciano caminaba una mujer. El abrigo oscuro le cubría las muñecas, pero sostenía algo entre los dedos.
Un abanico cerrado.
La había visto en Sevilla. Entre fotografías, grabaciones y silencios. Siempre fuera del lugar exacto donde debía estar.
Robles acercó la imagen.
La mujer no miraba a Orduña.
Miraba directamente a la cámara.
Y sonreía.
PRÓXIMAMENTE
LIbrO 6: VALENCIA
LA NOCHE VACÍA
Un empresario relacionado con la gestión de varios centros penitenciarios aparece muerto dentro de su coche. No hay señales de robo. Tampoco indicios de que intentara defenderse. Solo una conexión con Topas que alguien se ha esforzado demasiado en ocultar.
La investigación lleva a Julio Barral hasta Valencia, pero esta vez el caso no apunta únicamente hacia quienes destruyeron su vida.
También lo obliga a regresar a la noche en que murió David.
Por primera vez, los recuerdos comienzan a aparecer en el orden correcto: una discusión, un forcejeo, el sonido de un disparo y David cayendo herido mientras Julio pierde el control de lo que sucede a su alrededor.
Durante años creyó que aquella noche terminaba ahí.
Estaba equivocado.
Alguien llegó después.
Alguien tomó una decisión que convirtió a Julio en el único culpable posible.
Y mientras reconstruye los minutos que le arrebataron doce años de su vida, Julio descubre que aquella habitación nunca estuvo tan vacía como todos quisieron hacerle creer.
Porque alguien observó la escena desde el principio.
Y todavía conserva la verdad.