CAPÍTULO 143
Volvió sola una tarde de febrero, sin ninguna razón profesional.
La salada tenía agua, un palmo de agua turbia y rosada por las arqueas, y el cierzo la rizaba en escamas. En el borde, donde habían estado las rodilleras, ya no había nada: la costra de sal había vuelto a crecer y lo había cerrado todo.
Nadia estuvo un cuarto de hora de pie, con las manos en los bolsillos, y después dijo en voz alta, sintiéndose ridícula:
—Ya está.
Y se fue.