Sal amarga CAPÍTULO 133
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CAPÍTULO 133

Lo detuvieron en su propio despacho, a las ocho y cuarto de un lunes, con la maqueta iluminada del parque solar detrás.

Ramiro Zaporta Mainar no se resistió, no levantó la voz y no preguntó de qué se le acusaba.

Pidió su chaqueta, se ajustó el puño de la camisa y dijo una sola frase mientras bajaban en el ascensor:

—Ustedes no saben lo que han hecho en esta provincia.

—Sí lo sabemos —dijo Nadia—. Hemos abierto un pozo.