Sal amarga CAPÍTULO 73
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CAPÍTULO 73

Aurelio Ibort tenía las manos grandes y la mirada de un hombre que lleva años obedeciendo.

—Yo eché hormigón porque me lo mandaron.

—¿Quién?

—El jefe de obra.

—El jefe de obra estaba en Valencia el domingo. Lo hemos comprobado.

Silencio.

—¿Quién, Aurelio?

—Un correo.

—Los correos no conducen cubas de noche.

El abogado de oficio le puso una mano en el brazo y Aurelio se calló durante cincuenta minutos.