Sal amarga CAPÍTULO 49
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CAPÍTULO 49

Las oficinas estaban en la avenida Ranillas, con vistas al Ebro y una maqueta del parque solar iluminada por dentro.

Ramiro Zaporta Mainar tenía cuarenta y cuatro años, camisa sin corbata, reloj discreto y la sonrisa entrenada de quien pide dinero a bancos.

—Inspectora. Qué barbaridad, lo de Elías.

—¿Lo conocía?

—Nos escribimos. Él quería excavar en mi finca y yo le dije que sí.

Nadia levantó la vista de la libreta.

—¿Que sí?