CAPÍTULO 46
La sima estaba detrás del cabezo, en una hondonada, y no parecía nada: un óvalo de cuatro metros por dos, rodeado de aliagas.
Y tapado.
Una losa de hormigón, vieja, con la superficie comida por el viento, encajada en la boca y remetida con piedra seca.
Casamayor se arrodilló y pasó la mano por el canto.
—Esto no es de ahora —dijo—. Este hormigón tiene setenta u ochenta años. Mira el árido: es de aquí mismo. Y mira el color: escorias.
—¿Escorias?
—Cemento con escoria de alto horno. Muy típico de los años cuarenta, cuando no había clínker para nadie.