CAPÍTULO 44
Cortaron los candados a las nueve y tres minutos, con la comisión judicial, dos furgones y el Grupo Especial de Actividades Subacuáticas por si acaso.
La cantera era un anfiteatro blanco de doce metros de altura, con bancos de yeso cortados a barreno y la maleza comiéndose el fondo. En el suelo, cascotes de aljez translúcido: el alabastro que se llevaban en camiones a los talleres de Fuentes y a media Europa.
Nadia recogió un trozo y lo puso al sol. Se le encendió por dentro, lechoso, como una lámpara.
—Bonito —dijo.
—Muy bonito —dijo Casamayor—. Y muy blando. Se raya con la uña.