Epílogo 1
Gia
Tres meses después
El aire frío me golpeó la cara en cuanto crucé las puertas del juzgado. El murmullo de la calle me envolvió como un bálsamo, porque dentro había sido un infierno de nervios, declaraciones y recuerdos que no quería revivir nunca más.
En las últimas semanas, la policía y la fiscalía me exigió que declarase tantas veces lo que ocurrió aquella tarde, cuando mi ex me arrastró a la fuerza al interior de su coche, que ya empezaba a pesarme como una tonelada.
Solo quería pasar página y olvidar ese evento traumático.
Lo único bueno de todo ese asunto era que Jonas fue condenado a dos años de prisión y una multa considerable.
No era equiparable a todo el daño que me había hecho, o a las familias que confiaron en él mientras trabajaba en la Clínica Anderson, pero sí era justicia.
Y, por primera vez, sentí que podía respirar sin esa sombra detrás de mí.
Jonas se mantendría alejado de mí y sería llamado a declarar como testigo al juicio de la Clínica Anderson. Eso le bajaría un poco los humos y le daría una lección de vida importantísimo: si hacías algo malo, la vida te lo devolvía tarde o temprano.
Vi a Harry y Ted esperándome a unos metros, charlando como si nada. No lo pensé: corrí hacia ellos y los abracé con todas mis fuerzas.
—¡Hemos ganado! —grité.
Harry me levantó apenas del suelo, riendo con un alivio que me contagió. Ted, que siempre intenta parecer imperturbable, se acercó a abrazarnos a los dos.
—¡Eso es genial, Gia! —dijo mi mejor amigo—. Ese miserable dejará de hacer daño a los demás.
—Sí. Ahora tiene una orden de alejamiento y una condena que cumplir. No irá a la cárcel, de momento, pero este historial jamás podrá borrarlo.
Ted y Harry chocaron los cinco entre ellos.
Como no los dejaron entrar en el juicio, se quedaron fuera, esperando.
—Esto hay que celebrarlo —dijo Harry.
No lo escuchaba porque estaba buscando al abogado que me defendió. El mejor abogado de todos. Y entonces lo vi. Ewan, con su traje impecable y esa mirada segura que me había acompañado durante todo este proceso tan duro.
Fue él quien llevó a Jonas a juicio. Fue él quien impidió que me derrumbara. Sostuvo mi mano durante todo el proceso y me llevó directa a la victoria.
Caminé hacia él y me lancé a sus brazos, sintiendo que todo mi peso —el físico y el emocional— caía sobre su pecho.
—Siempre te voy a proteger, Gia. Siempre —me susurró al oído. Y no fue una promesa vacía; lo sentí como una certeza grabada en piedra.
Ted se acercó, mirándolo directamente.
—Gracias, Ewan. Por todo. Has salvado a mi hermana.
Lo dijo sin rodeos, y en su voz había más que gratitud: había respeto. Ewan asintió, con esa media sonrisa suya que parece decir “no ha sido nada” aunque todos sabíamos que lo ha sido todo.
Tanto Ted como él hicieron buenas migas en esa semana, y hasta jugaban al baloncesto los fines de semana en una cancha privada. Ted ya no salía solo, ni se metía en líos. Se había echado nuevos amigos y tenía planeado estudiar algo, y no pasarse todo el día jugando videojuegos.
Me enorgullecía tanto ver que mi hermano florecía con el paso del tiempo que ya no me dolía respirar. Ya no me asustaba que un día llegara la asistenta y me lo arrebatase, porque todos estábamos poniendo de nuestra parte.
Mientras hablábamos, Ewan mencionó que el juicio de Ted se acercaba y que ya estaba preparando cada detalle para defenderlo.
Harry bromeó con que, si Ewan seguía así, acabaríamos haciendo una estatua suya en mitad del salón.
Yo solo pensé en lo afortunada que era. No todo el mundo tenía a alguien que la defendiera con la energía de un león.
—¿Y ahora qué? —preguntó Harry, mirando a los tres con esa chispa traviesa en los ojos—. ¿Cuál es el siguiente paso?
—Ahora vamos a celebrarlo —dijo Ted—. Todos. A comer. Como una familia. Invita el abogado.
Ewan gruñó, pero no se opuso en absoluto.
Y así fue como caminamos juntos por la acera, con la sensación de que el capítulo más oscuro de mi vida se estaba quedando atrás.
Por fin todo funcionaba bien entre nosotros.
—¿Estás feliz? —preguntó Ewan mientras los demás se subían al coche.
—Mucho. Has estado brillante ahí dentro.
—Seguro que te has puesto cachonda.
Solté una carcajada y le rocé la corbata con el índice.
—Tal vez.
Ewan me dio una palmadita en el culo.
—Esta noche nos toca celebrar a solas. Dile a Ted que llame a sus amigos y hagan una pijamada.
—Mh… Suena a un plan genial.
—Acostúmbrate, Gia. A partir de ahora, eres mía.
—Eso suena a una propuesta indecente.
Lo besé antes de que me dijese nada más, y me derretí en sus brazos. Como tantas otra vez.