Epílogo 2
Ewan
Un año después
Había pasado exactamente un año desde aquella tarde en la que vi a Gia inconsciente en el asfalto, con sangre en la frente, y supe sin lugar a duda que la amaba.
Un año desde que me prometí a mí mismo que la protegería de todo y de todos.
Y ahora, mirando atrás, podía decir que había cumplido mi promesa.
La Clínica Anderson ya no existía. Conseguí llevar a juicio a todos y cada uno de los médicos implicados en el caso.
Los vi caer uno a uno: licencias retiradas, condenas firmes, multas millonarias.
No hubo escapatoria para ninguno. Y Ted…
Ted estaba libre de todos los cargos. Lo absolvieron completamente, sin una sola mancha en su historial.
Recuerdo la cara de alivio que puso aquel día; cómo me estrechó la mano y, por primera vez, me llamó “amigo” sin ironía.
Ahora los tres vivíamos juntos. Gia, Ted y yo. Una familia improvisada, pero nuestra. En la que, de vez en cuando, Sophie y Noah se unían. O nosotros nos uníamos a ellos.
Porque todos me importaban muchísimo. E incluso Ted hizo buenas migas con Noah. Los dos pasaban muchas horas jugando a videojuegos o viendo series, tirados en el sofá, mientras Gia y yo preparábamos los casos que hubiese en el bufete en ese momento.
Tardes como esas me hacían sentir más afortunado que nunca. Y solo de pensar que estuve a nada de perdérmelo…
El último viernes de septiembre era el cumpleaños de Gia, y Ted y yo llevábamos semanas planeando todo. Me había costado horrores mantener la boca cerrada, sobre todo porque ella siempre sospechaba cuando yo intentaba ocultarle algo, pero conseguí montar una fiesta que no olvidaría jamás.
Teníamos tanto que celebrar últimamente.
La casa estaba llena de personas: Harry junto a Sophie, charlando animadamente con Noah y Ada, mientras Max ayudaba a Ted a colocar las últimas copas de vino en la mesa. Había globos, guirnaldas, y hasta un pastel enorme con su nombre escrito en letras doradas.
Escuché la puerta y me apresuré a mandarlos a callar a todos.
—¡Está aquí! —susurró Ted, dándome una palmadita en el brazo.
Apagué las luces, y todos nos escondimos como si fuéramos un grupo de adolescentes en una película mala de terror.
La puerta se abrió, y la vi entrar con ese abrigo beige y el cabello ligeramente despeinado por el viento con el que salió por la mañana.
Tarareaba uno de los últimos éxitos de Katy Perry, distraída.
—¿Hola? —llamó, mirando alrededor—. ¿Chicos, estáis por aquí? Seguro que se han ido al cine sin mí otra vez —refunfuñó—. Se van a enterar cuando los p…
—¡Sorpresa! —gritamos todos al unísono.
Su rostro se iluminó de inmediato. Se llevó las manos a la boca, ahogando un grito cuando las luces se encendieron de golpe y frente a ella aparecimos todos. Todas las personas que más le importaban: Ada, Harry, Max, Ted, Noah, yo…
—¿Pero qué…?
Ted se acercó el primero, dándole un abrazo fuerte, y luego fui yo. La atraje hacia mí con una mano en su nuca y la besé delante de todos.
—Feliz cumpleaños, amor —susurré.
—Esto es increíble… —dijo, mirando a todos—. No me lo esperaba, la verdad. Con lo malo que eres ocultando cosas —se cachondeó.
Reí por lo bajo.
—Esa era la idea, que no te dieras cuenta.
Gia se emocionó de pronto y fue a cambiarse de ropa, para salir bien en las fotos. Aunque a mí me parecía que siempre iba guapísima a todos lados.
—Tu novio nos ha hecho fingir demencia acerca de tu cumpleaños durante un mes entero —se quejó Ada, que mecía suavemente a su bebé en los brazos—. Te juro que, cuando me preguntabas qué haríamos, no sabía ni qué decirte.
Gia se rio a carcajadas.
—Estoy muy feliz de veros a todos aquí —confesó ella, haciéndole gorgoritos al bebé—. Es… como tener una familia muy grande de pronto. Creo que eso nunca me había pasado.
Estreché más a Gia entre mis brazos, porque, si ella me lo pedía, formaríamos la familia más grande del mundo. Con todas las personas que nos importaban y compartían nuestro día a día, y también con todos los bebés que llegaran.
Con ella lo anhelaba todo. Desde un viaje a España, para desconectar, hasta un bebé chillando todas las noches y desvelándonos.
—Feliz cumpleaños, Gia —dijo su amiga.
Gia abrazó con fuerza a su mejor amiga y le dio un sonoro beso en la mejilla.
Pasamos un rato entre risas, brindis y anécdotas de todo tipo. Cuando llegó el momento de los regalos, le pasé una pequeña caja envuelta en papel dorado. Ella la tomó con curiosidad, quitó el lazo y abrió la tapa.
Se quedó en silencio.
Dentro había un anillo de boda. De oro blanco, con un diamante sencillo pero elegante, porque sabía que Gia era de gustos más sobrios. Y las joyas no solían agradarle especialmente. Por eso confié en la palabra del joyero cuando me aseguró que ese anillo de compromiso le encantaría.
—Gia… —me arrodillé frente a ella, sintiendo que el corazón me golpeaba contra las costillas—.
Hace un año creí que solo eras una pieza en un tablero que yo podía controlar.
Pero estaba equivocado. Eres la persona más importante de mi vida, y quiero que seas mi esposa.
Quiero que este sea el inicio de todo lo que aún nos queda por vivir.
¿Quieres convertirte en la señora Langley?
Ella se llevó una mano al rostro, y vi cómo las lágrimas se acumulaban en sus ojos. Siempre tan sensible, mi Gia. Y tan guapa y exitosa y valiente.
Dios, cómo la amaba. Cada día más.
—Sí… —dijo, con un hilo de voz—. Sí, Ewan, quiero.
La sala estalló en aplausos y gritos, dándonos la enhorabuena. Ted me dio una palmada en la espalda y Harry silbó como si estuviéramos en un estadio. Yo me puse de pie y la besé otra vez, más despacio, como si el mundo entero pudiera esperarnos.
Ese día lo entendí. No importaban los juicios, las victorias legales o las batallas ganadas si luego no tenía a alguien como Gia al lado. La mujer que más feliz me había hecho en la vida. La mujer por la que mi corazón latía cada día.
Lo que de verdad importaba era que, por fin, estábamos juntos.
Y éramos felices.