Capítulo 58
Ewan
La llamada de Kenji me alegró tanto el día que no supe cómo comportarme el resto de la mañana y así no dar la idea de que era un lunático.
Nada más colgar, llamé a Sophie y le conté las buenas noticias.
Ella se alegró tanto que se echó a llorar.
Le prometí que pasaría a verla al día siguiente, para que pudiéramos celebrar que por fin se haría justicia.
Que el silencio y la culpabilidad morirían bajo el peso del veredicto que emitiese el juez.
Tras un par de llamadas más, me propuse averiguar qué estaba pasando con Jonas. Ese cabrón todavía estaba en mi lista negra. La policía me informó de que se había aceptado la denuncia y habría juicio.
Segunda victoria del día.
De pronto habíamos pasado de perderlo todo a ganar. Y la sensación era demasiado placentera.
Salí de la oficina casi corriendo, con la cabeza llena de mil pensamientos. Había tanto que celebrar.
Busqué a Gia por todo el bufete, y la encontré donde menos esperaba: junto a la máquina de café.
La venda en su frente aún hacía que mi corazón se encogiese dentro de mi pecho.
Pasaron unos días desde el accidente, y aunque le insistí en que era mejor reposar y tomarse unos días, ella misma optó por venir a trabajar y distraerse un poco.
—¿Qué pasa? —preguntó al verme—. ¿Te he enviado los informes que no eran?
No respondí. Caminé hacia ella y la besé como si quisiera grabar en su piel todas las palabras que no me salían. Por fin, Gia… por fin todo está bien. Vamos a empezar una vida juntos, joder. Nada nos va a joder este camino.
Ella sonrió en mitad del beso y me rodeó el cuello con los brazos.
—¿Me vas a decir por qué estás feliz?
—Aparte de porque te quiero muchísimo, también es porque las cosas van bien. Han aceptado todas las denuncias. En unos meses, encerraremos a todos esos miserables en la cárcel.
Ella abrió mucho los ojos por la sorpresa.
—¿En serio?
—Sí. La policía y Kenji me lo han confirmado. No van a poder escapar.
—¿Y si intentan algo?
—Solo conseguirán salir perjudicados. Ahora la ley sabe que cometieron un fraude tan grande que ni todo el dinero que robaron conseguirá tapar.
La pegué más a mi cuerpo y me dejé llevar por las caricias sutiles de sus dedos entre mis cabellos.
—Tengo miedo —confesó Gia.
—Yo también.
Me abrazó tan fuerte que solo atiné a apoyar la barbilla sobre su coronilla.
—¿Me prometes que tendrás cuidado?
—Siempre.
Se apartó un poco, y logré ver su sonrisa.
—¿Salimos a comer y lo celebramos?
—Había pensado que podías venir a casa esta noche y…
Gia bufó.
—Pretendes acapararme, señor Langley.
—Y no solo hoy, Gia. Sino que quiero hacerlo todos los días de mi vida.
Tuve cuidado al alzarla, para no hacerle daño en las costillas, y la giré entre risas y besos. Gia chilló y me dio un manotazo.
—Eres un tonto.
—Tuyo.
Ella gruñó y me besó de nuevo.