Capítulo 57
Gia
Me senté frente a Harry y Ted en la isla de la cocina de mi apartamento, al día siguiente, solo para que dejaran de preocuparse por mí.
Vendada y llena de moretones o no, estaba bien. Más o menos. El dolor que sentía en las costillas y la frente era más soportable que saber todo lo que pretendía hacer Jonas. Y lo peor de todo ese asunto es que aún no me creía del todo que hubiese compartido cama con alguien tan miserable.
Al final del día, nunca conocíamos del todo a las personas que teníamos cerca. Como si fueran desconocidos toda la vida y solo nos mostraran una parte ínfima de lo que eran, para impresionarnos.
Menos mal que Ewan conseguía aliviar la pesada carga sobre mis hombros con sus besos y sus atenciones.
—Tengo que contaros algo —empecé, la voz me temblaba un poco por los nervios—. Lo del accidente… todo ese caos… no fue solo un accidente. Jonas y yo chocamos porque él intentaba llevarme a la fuerza a su casa.
Harry frunció el ceño, y Ted se pasó la mano por el pelo, como si intentara ordenar sus pensamientos. A él nunca le cayó bien mi exnovio. Decía que era un gilipollas con ínfulas, y no se equivocó.
—Cabrón —siseó.
Ni siquiera le eché la bronca por hablar mal.
—Él… quería vengarse de mí. Es probable que aún quiera.
—Que se atreva —dijo Harry—. Pienso enseñarle lo que es respetar a una mujer.
—¿Te hizo algo ese capullo? —preguntó Ted.
Sacudí la cabeza.
—Estoy bien, por suerte. Contusión leve en la cabeza, nada más. El médico dijo que necesito descansar y poco más. Me preocupa más que Jonas quede libre e intente algo a la desesperada.
—No voy a separarme de ti —dijo mi hermano, muy serio—. Y si quiere pelea, la va a tener.
Sonreí a pesar de todo.
—Estoy bien. Supongo que intentará irse de Londres.
—¿No le has denunciado? —me preguntó Harry.
Asentí con la cabeza y saqué la denuncia del bolso.
—Esta mañana. Es lo primero que me obligó a hacer Ewan.
Harry cogió el papel y apretó los labios al leer todo lo que pasó.
—Con esto, mínimo lo puedes condenar a meses de cárcel y a una multa —dijo mi amigo.
—Ewan va a exigir la pena máxima.
—Ese tío está colado por ti —repuso mi hermano—. No se apartó de la habitación en ningún momento.
Un escalofrío de emoción me azotó.
—Sobre Ewan…
—Ya sé que estáis liados —Ted encogió un hombro—. Tranquila.
Las mejillas me ardieron.
Menos mal que los adolescentes captaban todo al momento y no tenía que explicarle por qué me había enamorado irremediablemente de mi jefe.
—¿Y no te molesta?
—Por fin algo que funciona para ti, Gia —dijo él, como si nada—. Si tú eres feliz, guay. Tampoco me importa.
—Sí —respondí, sintiendo que una pesada carga se soltaba de mis hombros—, soy feliz. Casi no me puedo creer que estemos juntos.
—¿Así que ya es oficial? —Harry dejó la denuncia al lado, como si ese papel pudiese enturbiar la celebración.
—Sí.
—Quién diría que acabarías enamorada de tu jefe, cuando hace dos meses estabas cabreada porque te tocaba trabajar para un capullo.
Las palabras de Harry me hicieron sonreír al recordar la primera semana que pasé en el bufete de Ewan, temblando como una hoja cada vez que me llamaba para que fuera a su despacho, porque creía que me despediría y sería la secretaria número setenta y cuatro en pasar por allí.
Semanas después, no solo seguía trabajando bajo sus órdenes, feliz de tener un trabajo estable y con un buen sueldo, sino que, además, salíamos juntos.
A veces, el amor de tu vida no estaba en Tinder, sino en la sala de al lado. Vestido con trajes hechos a medida, un poco gruñones, y con un corazón inmenso.
—Ya te he dicho más de una vez que mi vida está escrita por un guionista de bajo presupuesto —bromeé.
Harry nos sirvió un vaso de leche a cada uno, y aunque era ridículo brindar con eso y no con champán, por ejemplo, igualmente chocamos nuestras tazas y nos reímos.
—Por ti, Gia —dijo Harry.
—Por nosotros —añadió Ted, chocando su vaso contra el mío.
—Por el fin de esta pesadilla —cerré los ojos y bebí un sorbo, saboreando ese momento de calma.