Saga Sin Reglas Capítulo 56
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Capítulo 56

Gia

La bata del hospital me dio la privacidad justa para que el médico solo me viera media nalga. Lo cual no estaba tan mal. Podría haber sido peor.

—Buenas noticias, Gia —dijo, dándole unos golpecitos al monitor como si eso sellara su veredicto—.

Todo está en orden. El escáner salió limpio.

La contusión fue leve, y los análisis son normales, por lo que solo necesitarás un poco de descanso y unos analgésicos.

Nada de hacer ejercicios bruscos ni dormir de lado, ¿de acuerdo? Puedes irte a casa hoy mismo.

—¿En serio? —pregunté, aliviada.

—Sí, Gia. Pero sin hacer locuras. Reposo, recuérdalo.

Solté una risa baja que se me atragantó con la ironía. Si supiera cómo era mi vida —un caos absoluto al estilo de Mujeres Desesperadas—, no me estaría diciendo nada de esto.

Ewan estaba sentado en una esquina de la habitación, con las manos entrelazadas. Me miró como si no acabara de creerse las palabras del médico. Como si necesitara diez segundas opiniones para asegurarse de que no iba a romperme al caminar o ponerme la ropa.

—¿Puedo llevarte yo? —preguntó en cuanto el médico salió de la consulta.

Me encogí de hombros, fingiendo indiferencia, aunque la idea de estar con él… me gustaba más que ninguna otra cosa. Claro que, después de nuestra conversación, lo que menos me apetecía era dormir sola.

—Vale. Pero solo si me compras comida decente de camino.

Su sonrisa apareció de golpe, tan bonita que me dieron ganas de morderme la lengua y así no echarme a gritar.

—Trato hecho.

Me llevó a su casa después de pasar por un restaurante japonés y comprar todo lo que se me antojó.

—¿Seguro que no prefieres estar con Ted? —preguntó mientras me ayudaba a quitarme la chaqueta.

—Si me haces esa pregunta otra vez, te juro que me vuelvo al hospital y le digo al médico que tengamos una cita.

Ewan gruñó y cerró la boca.

Me preparó arroz con verduras y algo de pollo agridulce. Todo colocado sobre un plato que parecía no haber sido usado jamás.

Cenamos en la mesa del salón, con una copa de agua cada uno, y música suave de fondo que no encajaba en absoluto con el ambiente tenso que solíamos tener. Era música experimental que me ponía nerviosa. Los tambores no eran lo mío.

—Voy a denunciarlo —dijo de pronto, dejando los cubiertos sobre el plato.

Parpadeé, impresionada.

—¿A Jonas?

—Sí. Y esta vez en serio. No solo por lo de hoy, que ya de por sí ha sido una jodida locura.

Por todo. El intento de agresión. La coacción.

Encubrimiento. Además de eso, mañana empiezo con el procedimiento formal contra la Clínica Anderson.

Tengo el respaldo de Gena y Kenji. La información que hemos recopilado es suficiente como para hacer la primera versión de los hechos y enviarlos a la fiscalía.

Vamos a derribarlos, Gia. A todos ellos.

No supe qué decir. Me quedé mirándolo, sintiendo el nudo en la garganta. Una mezcla de cansancio y alivió se apoderó de mí.

—Gracias —susurré.

—No me des las gracias. Esto nunca debió pasar. Y yo… —respiró hondo— yo debería haberme puesto de tu lado mucho antes. Protegerte de ese imbécil.

Lo vi apretar los puños.

—Que Jonas hiciera esto no era algo que ninguno de los dos pudiéramos prever, Ewan. Culparte no cambiará nada.

—Te ha hecho daño. Y encima quería aprovecharse de ti a cambio de silencio.

El estómago me dio un vuelco al recordarlo todo.

—Ahora estoy aquí, contigo. ¿No importa eso?

Ewan se ablandó de golpe, y yo aproveché para acercarme a él y tocarle la cara, rasposa por la barba.

—Voy a ponerme bien. Ya ves que estoy sana como una manzana, Ewan. Lo ha dicho el médico.

Aun y con todo, dejé que él me abrazara con suavidad y besara mi sien.

Cerré los ojos.

—¿Te quedarás esta noche? —preguntó de pronto.

—¿Me estás seduciendo, señor Langley?

—No. Te estoy pidiendo que te quedes porque tengo miedo de abrir los ojos por la mañana y que te hayas desvanecido como una jodida alucinación inducida por el estrés.

Me derretí por completo.

—Solo porque tienes miedo. No porque me apetezca.

—Por supuesto —sonrió.

Dormimos en su cama. No hubo sexo esa noche, claro. Mis costillas no me lo habrían permitido.

Ewan me abrazó por la cintura, como si no pudiera soltarme. Y yo… yo apoyé la cabeza en su pecho, escuchando su respiración mientras me dejaba llevar, cerrando los ojos.

Me sentía tan segura. Más segura que en toda mi vida.

Por primera vez en mucho tiempo, ya no me preocupó nada más que descansar y dejarme mimar.