Saga Sin Reglas Capítulo 55
97%

Capítulo 55

Gia

Desperté con la garganta seca, la lengua pegada al paladar y una presión molesta en el costado derecho.

Todo estaba borroso al principio: el techo, las sábanas que me cubrían, las máquinas que me rodeaban…

También mis recuerdos. No sabía con exactitud lo que había ocurrido antes de despertar en el hospital.

Parpadeé dos veces. Tres. Y entonces sentí un pinchazo leve en la mano, y vi el suero colgando y conectado a mi piel. Gruñí, sin fuerzas, y fue cuando escuché una voz.

—Gia…

Giré la cabeza lentamente, como si me pesara una tonelada de pronto. Mi hermano, sentado junto a la cama, tenía los ojos enrojecidos; como si hubiese estado llorando durante un buen rato.

—Dios, por fin —susurró él, inclinándose para abrazarme con fuerza—. Tenía miedo de que te pasara algo…

Solté un quejido bajo. El dolor entre las costillas se intensificó un poco, pero no por eso aparté a mi hermano. Su abrazo sincero me conmovió hasta las entrañas.

Hacía tanto tiempo que Ted no se daba el lujo de abrazarme como si de verdad le importara. Como si fuéramos una familia.

Casi me eché a llorar.

—¿Qué… ha pasado? —murmuré con voz rasposa.

—Tuviste un accidente. Chocasteis con un taxi o algo así. Estás bien. Golpes, una herida en la frente… nada más. —Sorbió por la nariz—. El médico dice que has tenido una suerte del carajo. Vale, no con esas palabras… pero ya sabes.

Cerré los ojos un segundo. El recuerdo vino de golpe. Jonas. El coche. Los gritos. El impacto.

Oh. Sí, me acordaba de todo.

Maldito hijo de puta.

¿Cómo se había atrevido a cometer esa locura? ¿Habría estado borracho o alterado por drogas? Jonas nunca fue violento. De hecho, Harry siempre le decía que era un blandito y un pusilánime.

—¿Y él…? —pregunté, pues tampoco deseaba que le hubiese pasado algo terrible.

—Está detenido. La policía ya tiene el informe, porque un par de peatones vio todo y lo vieron huir de la escena como si fuera un puto criminal —Ted me miró con una mezcla de rabia y alivio—. No te preocupes por nada ahora. Solo… descansa, ¿vale?

Asentí débilmente. Ted se quedó en silencio unos segundos más, mirándome como si no creyera que estuviera viva, y luego desvió la mirada hacia la puerta.

—Te dejo con alguien que no se ha movido de aquí desde que llegaste, anda. Me daría mucho asco ver cómo os dais besitos y todo eso —hizo una mueca de horror.

En cualquiera otra circunstancia, me habría reído. En ese momento solo atiné a dalear un poco la cabeza y comprobar de quién se trataba. Aunque mi corazón ya lo sabía.

Entonces vi a Ewan.

No parecía el mismo de siempre. Ya no era la versión fría, calculadora y segura de sí misma que paseaba por el bufete como si fuera dueño del universo.

Exigiendo que se cumplieran los plazos, por más imposibles que fuesen.

No. Esta versión tenía el pelo despeinado, al igual que la ropa —también manchada de sangre—, y me miraba como si tuviera miedo de parpadear y perderme de vista.

—Por fin despiertas —susurró con alivio.

Se acercó y se dejó caer sobre la silla que había ocupado mi hermano las horas previas. Su mano rozó la mía, en la que me colocaron la vía intravenosa. Ese simple roce me hizo sentir que todo era más real, si cabía; y no una pesadilla.

—Cuando me dijeron lo del coche… cuando me contaron que te habían visto subir con Jonas… —Sacudió la cabeza y tragó saliva—. Me volví loco, Gia. Estuve a punto de perderte y ni siquiera había tenido tiempo de arreglar las cosas contigo.

—Quería llamarte, pero me quitó el teléfono. Yo… no sabía que él se iba a comportar así.

—Estaba a punto de volverme loco.

—¿Por qué? —susurré—. ¿Por qué te importó tanto?

Ewan bajó la mirada. Luego la alzó de nuevo, con una honestidad brutal que me dio miedo brillando en el fondo de sus iris.

—Porque te quiero, Gia.

El silencio se volvió espeso a nuestro alrededor. Casi me dio la risa al pensar que era un delirio de mi cabeza y Ewan no estaba confesándome sus sentimientos.

Seguramente, los médicos me administraron más morfina de lo normal y estaba imaginándome que mi jefe, que el hombre por el que suspiraba en silencio, se estaba declarando mientras yo llevaba una bata de hospital con la que se me veía el culo.

Parpadeé un par de veces, luchando por despertar… y él seguía allí.

—Porque he sido un idiota —continuó, con voz ronca.

Su mano acarició mi brazo con lentitud, reconfortándome—.

Porque, cuando empezamos todo esto, tú eras solo una pieza en un tablero.

Un nombre, una jugada. Alguien a quien le hice una propuesta con la que saldría ganando…

Pero, joder… ahora lo eres todo para mí, Gia.

Eres la única persona en mi vida que me ha hecho querer ser otra cosa, más allá de ser un cabrón manipulador en los juzgados.

Un hombre frívolo que huía del amor porque no tenía tiempo para derretirse antes de consumar su venganza.

—Pausa—. Te juro que intenté no sentir nada.

Me lo repetí mil veces: que no era lógico, que no debía cruzar esa lína.

Pero en cuanto vi ese coche destrozado… y a ti en el sillón…

—tragó saliva— me di cuenta. No puedo perderte, Gia. No quiero perderte.

Lo miré en shock. No porque no quisiera escucharlo, sino porque durante tanto tiempo había pensado que solo yo sentía demasiado. Que él jamás me dejaría alcanzar su corazón, ya que lo ocultaba bajo toneladas de capas de titanio.

Me había enamorado despacio y hasta las entrañas.

Decían que una persona notaba sus emociones cuando la otra persona le importaba, y era cierto.

Ewan me importaba muchísimo. También me hacía sentir bonita, válida, inteligente y valiosa.

Cualidades que ningún otro hombre me había hecho experimentar con anterioridad.

Pero como pasa con los deseos más íntimos, no quise oír a mi propio corazón por temor a salir escaldada. Porque ser la amiga de Ewan, o su socia en la investigación, me parecía mejor que no ser nada.

Descubrir que él me quería, que sentía lo mismo por mí, hizo que todo estallara por los aires y por fin pudiese abrazar a la Gia enamorada.

Sentí el ardor en la garganta antes de poder evitarlo. Los ojos se me llenaron de lágrimas al pensar que al fin alguien me quería, con mis problemas y todo. Sin excusas. Y sin pensar que Ted era un impedimento a la hora de construir un futuro juntos.

Si Ted no entraba en el pack, entonces no quería nada.

—Eres un idiota —susurré.

Él asintió.

—Lo sé.

—Y un capullo arrogante. Y manipulador. Y te odio. Te odio por hacerme sentir así. —La voz se me rompió—. Pero también… te quiero. Te quiero mucho, Ewan.

Las lágrimas rodaron por mis mejillas y Ewan se inclinó, despacio, como si temiera romperme, para secármelas con los pulgares.

Fue un beso torpe. Cargado de cosas que ninguno de los dos había conseguido decir durante semanas. Lo agarré del cuello como si necesitara aferrarme a algo real, y él me sostuvo con suavidad, como si fuera de cristal.

Cuando nos separamos, tenía las mejillas mojadas y la respiración entrecortada.

—Aún no te he perdonado —murmuré—, porque si lo hago, significará que no puedo hacerte pagar por lo que me hiciste.

Ewan trató de no reírse.

—No me das ningún miedo.

—Si fuese tú, lo tendría. Soy muy vengativa.

—Me quieres —recalcó él—. Lo has dicho.

—Y tú me quieres a mí.

Ewan me besó de nuevo, algo más lento y suave que la vez anterior

—No me importa nada ya, Gia. Tengo todo el tiempo del mundo para convencerte de que estar conmigo es lo mejor que te va a pasar en la vida.

Me dolía todo el cuerpo y casi no conseguía verle la cara por las lágrimas, pero, aun así, me las arreglé para abrazarlo por la cintura y apoyar el mentón sobre su hombro.

—¿Significa esto que ahora estamos juntos y tengo permiso de patearte el culo?

—Si quieres…

Solté una carcajada, pero las costillas me dolieron tanto que de mis labios brotó un quejido.

Ewan se preocupó de inmediato.

—No suenas muy convincente.

—En mi cabeza ya estamos juntos, Gia. Le dije a los médicos que era tu pareja.

—Para ser un abogado, eres muy presuntuoso —refunfuñé.

—¿Me equivoqué?

—No —susurré—. En absoluto.

Ewan acarició mi cara y yo presioné la mejilla contra su mano.

De pronto el mundo me pareció más bonito… solo porque él estaba en él.

—Creo que me di cuenta de lo enamorada que estaba cuando dormí en tu casa la primera vez. Te vi tan vulnerable y sincero, que mi corazón decidió rendirse a ti —confesé.

—A mí ya me traías loco desde la fiesta de disfraces.

—¿Por eso te acostaste conmigo?

—Joder, Gia. Quise acostarme contigo desde el principio. Pero soy un hombre profesional y respetuoso.

Solté una risita baja.

—Así que me mirabas el culo mientras paseaba por el bufete.

—Esas faldas están hechas para mí, nena. Para que yo te mire el culo.

Noté un calor súbito subiéndome en oleadas por el estómago, y, de no haber sido por tantas vías y tantas máquinas, le habría sugerido a Ewan que me besara más al sur. En otros labios.

—Seguro que sí. Que son para ti.

Él gruñó algo que no entendí y que amortiguó al besarme la sien.

—Eres la clase de mujer capaz de ponerme en jaque todo el tiempo, ¿sabes?

Me gusta que no te amedrantes por nada, que sepas lo que vales y lo que quieres, y no permitas que la vida te tumbe.

Eres fuerte, preciosa, valiente… y estás llena de amor por tus seres queridos.

Por supuesto que iba a enamorarme de ti.

—Nunca me habían dicho nada de eso —murmuré.

—Porque solo has estado con gilipollas. Ahora me tienes a mí.

Sonreí de pura felicidad. Porque, joder, sonaba tan bien.

—Sabes que Ted viene conmigo, ¿verdad?

—He hablado un rato con tu hermano y me cae bien. Es un buen chico. Apuesto a que todo lo que sabe lo ha aprendido de su hermana mayor.

Sus palabras me emocionaron más que todo lo demás.

—¿De verdad que no te molesta?

—No. Te lo prometo.

Esa promesa se grabó a fuego en mi pecho, y ya no necesité nada más. Lo rodeé por el cuello con una mano, acercándolo.

—Te quiero, señor Langley.

—A partir de ahora, llámame solo “amor de tu vida”.