Saga Sin Reglas Capítulo 54
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Capítulo 54

Ewan

La moto rugía debajo mí como una bestia desatada, salvaje e incontrolable. El casco me apretaba las sienes, la chaqueta se me pegaba al cuerpo y el aire caliente de agosto me azotaba la cara como una bofetada. Pero todo lo demás… era ruido. Solo existía un pensamiento en mi cabeza: Gia.

Desde que supe que Jonas se la había llevado, el mundo se volvió una jodida película muda y en blanco y negro. Llamé a su móvil diez, veinte, treinta veces. Ni una puta respuesta. Nada. Y eso, viniendo de ella, era una malísima señal. La peor de todas.

Tomé una curva cerrada y maldije entre dientes.

¿Qué le estaría haciendo ese malnacido? ¿Se habría propasado con ella? ¿Tendría planeado chantajearla otra vez para que cediera?

Aceleré, furioso conmigo mismo. Con él, por ser tan miserable y tan hijo de puta.

Su edificio estaba cerca. Tal vez todo esto era una paranoia absurda y ella estaba en casa, duchándose con la música a todo volumen —Katy Perry, seguramente—, y por eso no se enteraba de la melodía del teléfono.

Tal vez Jonas la había dejado tranquila.

Pero justo cuando me convencía de eso, lo vi.

Luces intermitentes. Gente amontonada en la acera. Un puto taxi y un coche empotrados uno contra el otro, con la parte delantera hecha mierda y humo saliendo del motor.

Alguien gritó:

—¡Hay una chica en el lado del copiloto! ¡Llamen a una ambulancia!

Frené en seco. El chirrido desgarró el aire, igual que el grito que no me salió del pecho cuando mis peores temores se hicieron realidad. Tiré la moto contra la acera sin pensar, sin importarme una mierda si se rompía o explotaba o lo que fuera.

Corrí hacia el accidente de coche, con el pecho ardiéndome del miedo y la rabia y la desesperación. Empujé a dos o tres curiosos y me acerqué por el lado del copiloto.

Y entonces la vi.

Gia.

Mi Gia.

Con la cabeza inclinada, la frente abierta y la sangre resbalando por su sien, descansaba sobre el asiento con el cinturón de seguridad ahorcándola.

El mundo se abrió bajo mis pies justo cuando toqué su cara y comprobé que su piel estaba fría. Demasiado fría para alguien que hasta hacía unos minutos seguía consciente.

¿No contaba eso como una mala señal?

—¡No, no, no! ¡Joder, no!

Una mujer intentó detenerme cuando le quité el cinturón de seguridad y la tomé en brazos. Creo que ni siquiera escuché bien sus advertencias —algo de que podría tener daños en la columna—, porque todos mis sentidos, los cinco, estaban alineados en sentir a Gia.

—Gia… Gia, ¿me oyes? Soy yo, Ewan. Estoy aquí, cariño —dije con la voz rota—. Despierta, por favor.

Ella apenas abrió los ojos. Su mirada estaba algo borrosa y la sangre le resbalaba por la frente como un riachuelo.

—¿Ewan…?

—Shhh, no hables. Te voy a sacar de aquí. Estás bien. Vas a estar bien. No te muevas —saqué el móvil todo lo rápido que pude, marqué el número de emergencias con los dedos temblando—. Ha habido un accidente de tráfico y necesitamos una ambulancia. Hay dos heridos. Por favor, vengan rápido.

Cuando colgué, le aparté el pelo de la cara, pegajoso por la sangre, y le besé la frente.

—Te juro por Dios que vas a estar bien. No te va a pasar nada.

Ella parpadeó.

—Jonas… quiso…

—Lo sé. No hables. Ya sé todo. Estoy aquí. No te voy a dejar, Gia. Ni de puta broma.

Sus labios temblaron. Iba a decir algo más, pero se desmayó de nuevo.

Y fue ahí, en ese puto momento, que lo supe.

No como una revelación bonita ni una frase de novela romántica. No. Fue como una hostia en la cara. Como si alguien me gritara en medio del caos: "estás enamorado de ella, imbécil".

Claro que lo estaba, maldita fuese.

Por eso me temblaban las manos. Por eso el corazón me retumbaba como un puto tambor de guerra dentro del coche. Por eso sentía que el mundo se rompía si ella… si ella… si me dejaba. Si me dejaba para siempre.

No. No iba a pasar. De ningún modo.

Las sirenas se oyeron a lo lejos, y por un segundo sentí que podía volver a respirar. Habían sido muy rápidos.

Se encargaron de estabilizarla, subirla a una camilla y luego meterla en la ambulancia. Yo me coloqué a su lado, olvidando la moto, a Jonas y todo lo demás. Solo me importaba Gia.

—¿Es usted su pareja? —preguntó uno de los chicos.

—Sí. —Ni lo dudé. Porque si no lo era, lo iba a ser. Aunque tuviera que mover cielo, tierra y el puto infierno para traerla de vuelta—. Sí, soy su pareja.

Me senté a su lado, tomándole la mano otra vez, y, mientras la ambulancia arrancaba, solo pensé una cosa: quería decirle a Gia lo que sentía. Y tener una vida junto a ella. Una vida bonita, divertida y pasional.