Capítulo 53
Gia
—¡Jonas, detente! ¡Por favor, para el coche! —le grité, con el cinturón apretándome el pecho y los dedos aferrados al borde del asiento.
Como no escuchaba nada de lo que decía y se había empecinado en llevarme a su casa en contra de mi voluntad, me puse el cinturón solo por si acaso.
Estaba completamente convencida de que Jonas no se encontraba en sus cabales.
El miedo o la rabia lo cegaron de tal manera que solo pensaba en vengarse de mí a cualquier precio.
Traté de llamar a Ted, Harry o Ewan, pero él cogió mi teléfono y lo tiró a la parte de atrás del coche. Cuando intenté agarrarlo, me cogió del pelo y me dijo que me estuviera quieta.
—¡Joder, para! —insistí, gritándole.
Jonas no parpadeó. Tenía la mandíbula apretada, las manos firmes en el volante y esa mirada torcida que me revolvía el estómago.
—¿Crees que soy idiota? —escupió entonces, sin mirarme—. ¿Pensaste que no me daría cuenta de nada? ¿Que no sabría que me drogaste? Te metiste en mi puto ordenador y robaste información que no era tuya. Todo lo que hiciste esa noche está considerado un delito.
—¡Iba a contártelo! —mentí, con la voz temblorosa—. Solo necesitaba entender qué había pasado, por qué recibiste dinero de esa clínica…
—¡Claro que sí, lindura! —se carcajeó, una risa vacía, casi histérica—. Qué conveniente, eh. Una zorrita con conciencia moral ahora, ¿verdad, Gia? Después de usarme, engatusarme y drogarme te sientes culpable y lista para pedirme perdón. ¿Pero tú te crees que yo nací ayer?
—¡No te usé! —grité. Mi voz se quebró. El miedo hacía que mi cuerpo temblase sin control—.
¡Tú traicionaste a todos esos niños, Jonas!
¡Colaboraste con doctores que jodieron sus vidas!
¿Cómo pudiste? ¿Cómo eres capaz de dormir por las noches sabiendo que muchas personas murieron o salieron perjudicadas por una medicación errónea que tú les suministrabas?
El coche dio un bandazo cuando golpeó un bache, y por un segundo pensé que íbamos a volcar. Mis manos se aferraron al cinturón con tanta fuerza que la piel me hormigueaba.
—¡Yo no sabía lo que iban a hacer! —gritó él, golpeando el volante con una mano. Su voz reverberaba dentro del coche como una sirena molesta—. ¡No fue culpa mía!
—¡Pero lo supiste después! ¡Y no hiciste nada! —le escupí, con las lágrimas ardiendo en los ojos. ¿Y si este loco pretendía drogarme de vuelta? ¿O aniquilarme?—. Te quedaste callado, joder. Cobraste cheques para mantener la boca cerrada. ¡Cada noche volvías a casa y dormías como si nada!
Jonas se giró de golpe hacia mí, con los ojos enrojecidos de la rabia.
—¿Y tú qué sabes? ¿Tú qué coño sabes de lo que es tener miedo a que te hagan lo mismo o te quiten del medio? ¡De deberle todo a gente que puede arruinarte con un chasquido! ¡Tú no tienes ni puta idea, Gia!
—¡Bájame del coche! ¡Ahora! —le exigí, tratando de abrir la puerta con la mano temblorosa.
Nada, seguía atrancada. El muy miserable estaba llegando tan lejos como para retenerme en contra de mi voluntad.
—Te voy a dar una lección, Gia. Una que no vas a olvidar. Porque, al parecer, no sabes nada de cómo funciona el mundo de verdad.
La sangre me congeló en las venas.
—¿Qué estás diciendo?
—No te voy a hacer daño —dijo, con un tono de voz tan suave que me heló más que cualquier grito—. Pero vas a entender que no puedes jugar con la gente como hiciste conmigo. Vas a aprender que no se traiciona a quien confía en ti.
Me lancé hacia el volante.
—¡Para el coche, joder!
Forcejeamos durante unos segundos que parecieron horas. Él gritó mi nombre, y yo le rasguñé el brazo. El coche se tambaleó y viró sin control. Vi la luz roja de un semáforo. Vi cómo nos íbamos directo hacia otro vehículo.
—¡Jonas, cuidado! ¡Frena!
Un golpe seco nos detuvo del todo. El sonido metálico de la colisión me estalló en los oídos.
Algo me empujó hacia adelante con una fuerza sobrehumana.
El cinturón me cortó el pecho y, durante unos segundos, noté que me ardían las costillas.
El coche giró, patinó y se estrelló de lado contra algo más. Algo pesado.
El mundo se llenó de cristales volando y una nube gris que provenía del capó del coche.
Escuché cláxones. Gente gritando. Una alarma.
Y luego, silencio.