Capítulo 51
Gia
Pasé por delante de su despacho sin mirarlo ni una sola vez. Y eso que me costaba muchísimo ignorar su presencia.
Ewan Langley podía tragarse sus disculpas después de haberme hecho sentir que era una torpe y que había jodido todo el proyecto. Vale que Jonas me descubrió, pero eso no me convertía en la mala de la película.
Y como estaba enfadada como el demonio, pasé al menos tres días ignorando sus intentos por mantener una conversación privada en la que pudiéramos solucionar lo ocurrido.
Pero Ewan no era de los que se daban por vencidos y acabó usando una estrategia digna de un abogado como él.
Suspiré cuando escuché el sonidito de la alerta cada vez que me llegaba un mensaje o… un correo nuevo.
Asunto: Sé que estás ocupada, pero...
De: Ewan Langley
"Gia.Sé que probablemente estés pensando que soy un idiota. Y no lo discuto. Lo soy. El idiota del siglo.
Pero echo de menos hablar contigo, incluso cuando me interrumpías para corregirme en medio de una frase o me traías al despacho fototetas que te encontrabas en la fotocopiadora.
¿Podrías, al menos, no ignorarme por completo?
Te invito a café. Te invito a... lo que quieras. Solo dime que no te perdí."
Lo cerré sin responder.
Cinco minutos después llegó otro mensaje, esta vez escrito en un folio doblado por la mitad que uno de sus socios dejó sobre mi mesa sin previo aviso.
"Gia:¿Sabías que en Japón pedir perdón puede hacerse con 36 grados distintos de inclinación? Yo estoy en 90. Imaginariamente. Arrodillado en el suelo del despacho.
Y sigo queriendo hacerte mi ensalada especial número dos.
–E."
Lo fulminé con la mirada desde mi silla. Él estaba hablando con Gena en la sala de juntas, como si no hubiera mandado esa ridiculez digna de una telenovela turca.
La tercera vez ya fue demasiado.
Una caja sobre mi escritorio, y con una nota:
"Dicen que el camino al corazón de una mujer no es con flores, sino con chocolate. Espero que esta sea una forma aceptable de soborno.PD: Son tus chocolatinas favoritas. Compré todas las del maldito supermercado.
No me odies.
–Ewan."_
Abrí la tapa y me encontré el botín. Chocolatinas de caramelo salado, las mismas que una vez mencioné entre mordiscos e informes, con Ewan mirándome muy serio y pidiéndome, muy educadamente, que no le manchara ninguno.
El enfadó se me disipó casi de golpe en ese momento. Ewan habría despedido a setenta y tres secretarias antes de mí, y sería un capullo, y un dios en los juzgados… Pero a mis ojos no era más que un hombre arrepentido que no sabía cómo pedirme perdón.
¿Sería más fácil si cedía? ¿O aprendería la lección si lo hacía sufrir un poquito más?
Apreté los labios y cerré la caja con fuerza.Cuando salí del trabajo, aún con una sonrisa traicionera en los labios, ni siquiera vi la sombra que se acercaba por derecha y se abalanzó sobre mí.
—Hola, preciosa.
Me giré. Era Jonas, de pie junto a su coche negro, con una sonrisa que me hizo querer vomitar.
—¿Qué haces aquí? —pregunté, con el vello de la nuca y los brazos erizados.
—Solo quería hablar... en privado. Vamos, sube. No tardaremos —dijo, abriendo la puerta del copiloto.
—No, gracias. No tengo nada que decirte.
Intenté apartarme, pero me agarró fuerte del brazo.
—Gia, sube al coche. Ahora mismo.
La forma en que lo dijo, el tono y la mirada que me dedicó me heló la sangre. Mi corazón empezó a latir demasiado rápido.
—Jonas, suéltame.
—No quiero hacerte daño —dijo, sonriendo con falsa calma—. Pero si no vienes, podría soltar cosas. Cosas que no te convienen. Cosas que no le convienen a ese abogaducho que defiendes a capa y espada.
Tragué saliva. Miré alrededor. Estaba a dos metros de la recepción, si echaba a correr… tal vez conseguiría dar la voz de alarma.
—Solo será un momento —dijo, más suave.
—No me da la gana. Déjame en paz.
Intenté zafarme y echar a correr hacia la recepción del bufete, pero Jonas tenía más fuerza, y estaba totalmente decidido a llevarme con él, así que me cogió en volandas y me metió en el coche como si no pesara nada.
Protesté y le golpeé, hasta le insulté, pero él hizo caso omiso y se puso en marcha a pesar de que no dejaba de arañarle por todos lados.
—Te creías muy lista, ¿verdad, cariño? —siseó, sin apartar la mirada de la carretera—. Ahora vas a aprender por las malas que hay secretos que es mejor no desenterrar, Gia.
Noté una náusea y me aferré a la puerta, intentando abrirla. Pero Jonas la había cerrado y no había manera de forzarla.
—¿Qué vas a hacer conmigo?
Jonas no respondió, pero sonrió de medio lado y aceleró.