Saga Sin Reglas Capítulo 49
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Capítulo 49

Ewan

En realidad, no sabía qué cojones estaba haciendo allí. Solo sabía que no podía quedarme sentado en mi despacho, pensando en ella, con la culpabilidad consumiéndome por dentro como la llama a una vela.

Presentarme en su casa, a pesar de que nunca había ido, me pareció lo correcto. Disculparme con Gia y hacerle ver que no estaba enfadado, que no era tan idiota como a veces parecía… y que ella me importaba.

Mucho.

La puerta se abrió y un chico apareció frente a mí. El pelo revuelto, cara de no haber dormido bien en semanas, y una mirada preñada de desconfianza que no se apartó de la mía ni un segundo.

—¿Tú quién eres? —preguntó, cruzándose de brazos.

—Soy Ewan Langley —respondí. No sabía si decirle más.

—El abogado —murmuró. No con respeto, ni con burla, solo con un dato que había conectado en su cabeza. Luego, con un gesto extraño, ladeó la cabeza—. ¿Quieres pasar? Puedo ofrecerte una cerveza. Gia está… creo que en la ducha. ¿Has quedado con ella?

Joder. No esperaba… nada de esto.

Pero supuse que era lógico que su hermano estuviera en casa, si vivía con ella.

—Está bien.

Ted me llevó a la cocina como si nada. Alguien tendría que haberle explicado que no estaba bien invitar a desconocidos a su casa cuando él era aún menor. Había mucho loco suelto.

El chico me ofreció una lata de cerveza que no abrí, de todos modos. Porque la cerveza me parecía asquerosa.

Le eché un vistazo y comprobé que se parecía bastante a su hermana físicamente. Solo que él tenía los ojos de un color diferente. Y era alto y menudo.

La puerta del pasillo se abrió y Gia apareció, aún con el pelo húmedo, una camiseta ancha que le colgaba del hombro y una mirada que se endureció en cuanto me vio ahí, sentado en su cocina. Junto a su hermano.

—¿Qué haces aquí? —preguntó, sin rodeos.

Ted se apartó y nos miró a ambos como si supiera que pasaba algo malo entre los dos.

—Yo… me voy a mi cuarto —dijo, y desapareció.

Nos quedamos solos.

—Solo quería hablar contigo. Lo del otro día… yo…

—Da igual, Ewan. Ya no importa. Ya tengo todo lo que necesitábamos.

Mi estómago se encogió al escuchar su frase.

La esperanza y el horror floreció dentro de mí al atar cabos con lo que había pasado últimamente.

—¿Qué? —grazné—. ¿Jonas y tú…?

Ella bufó.

—Claro que no. Jamás tocaría a ese gusano, por dios —rezongó ella, a la defensiva—. Lo drogué.

—¿Cómo dices? Gia, eso es ilegal.

—¿Vas a ir a la policía a denunciarme?

—Mierda, no. Pero…

—Pues cállate, Ewan.

Me quedé sin aire de golpe. Nunca me habían hablado así, y menos Gia. Pero su tono de voz, junto al movimiento lento de sus manos, eran lo suficientemente poderosos como para mantenerme a raya.

—Gia…

—Jonas está bien. Despertará en horas, supongo. Y si no da señales de vida, llamaré a la policía. No soy una asesina.

—Drogar a la gente no es precisamente la forma más inteligente de conseguir algo.

Gia fue a la entrada de su apartamento, rebuscó algo en su bolso y volvió con un USB en la mano.

—Este pequeño aparatito es tu llave para la victoria. Contiene todo lo que querías. Con ellas puedes chantajear a Jonas y pedir que coopere para que uses las pruebas en el juicio de manera legal.

Un pellizco en mi estómago me provocó náuseas.

Jamás pensé que ella conseguiría lo que yo no pude. Y me sentí tan orgulloso y aterrado al mismo tiempo que las palabras se atascaron en mi garganta.

—Gracias —murmuré.

—Lo que hagas a partir de ahora, es cosa tuya. Yo ya he cumplido mi parte del trato.

Y lo hizo con creces.

Joder, Gia era tan valiente e inteligente.

Di un paso hacia ella. No sé si por impulso, por necesidad, o por puro instinto de querer sentirla cerca en un momento de euforia. Pero cuando incliné el rostro, cuando mis labios buscaron los suyos, fue ella quien se apartó.

Fue ella quien me dio la espalda.

Y entonces me sentí peor que nunca.

—Vete, Ewan —dijo, sin mirarme—. Por favor. No quiero estar contigo ahora mismo.

Sus palabras me quemaron. La miré, sin saber muy bien qué decir o qué hacer.

Echaba de menos su boca, sus manos, sus sonrisas. Pero la había cagado muchísimo. Y ella, aun así, hizo todo lo posible por cumplir su promesa.

—Escucha, sobre lo del otro día… Estaba enfadado porque…

—Me da igual, Ewan. De verdad que no estoy de humor para esto ahora mismo.

A pesar de todo, de su rechazo, me acerqué y le besé la coronilla. Olía a ese perfume que me volvía loco y que no se borraba de mi memoria.

—Lo siento.

Tras coger el USB, me marché de su casa sin sentir que había ganado. Porque si Gia me odiaba… ¿qué sentido tenía lo demás?