Capítulo 48
Gia
Nunca me había temblado tanto el pulso, ni siquiera la primera vez que me presenté frente a un bufete de abogados para conseguir un puesto como secretaria. O cuando la asistenta me llamó, dos meses después de la muerte de mi madre, esperando un informe favorable de mi vida junto a Ted.
Cuando abrí la puerta del departamento de Jonas, él ya me esperaba con una copa en la mano y la sonrisa de quien confiaba que ya había ganado.
Esa misma tarde le mandé un mensaje, sonando desesperada, para ir a su casa y acostarme con él. Jonas se burló un poco, pero accedió enseguida.
“Estaba seguro de que al final vendrías a mí, nena”, dijo. Solo de recordarlo me provocaba náuseas.
Lo que él no se esperaba era que mi visita poco tenía que ver con un encuentro sexual. Y esperaba que no tuvieras cámaras en casa, el muy pervertido.
De él me lo esperaba todo.
—Uf, por un momento pensé que te echarías atrás.
—Es que este caso es muy importante para mí, Jonas.
—¿Tanto como para volver conmigo? —se echó a reír—. Pues sí que debe pagarte bien tu jefe, si estás haciendo todo esto por él y su investigación de mierda.
Nos sentamos en su sofá. Él encendió una de esas velas baratas con olor a vainilla y se quitó los zapatos, como si fuésemos a compartir la noche más romántica del año.
—¿Quieres beber algo?
—¿Un poco de vino?
—Claro.
Fue a la cocina y nos sirvió una copa a ambos. La sonrisa no se le borraba de la cara. El muy cabrón estaba disfrutando tanto que me daban ganas de pegarle un puñetazo en la nariz.
—Oye —dije, con un tono zalamero—, ¿y si pones algo de música? Es que así, en frío…
Jonas frunció el ceño, pero asintió y se dio media vuelta para ir hacia el mueble y poner la radio.
Aproveché ese momento para llevar a cabo mi plan. Saqué el sobrecito que Harry me consiguió el día anterior y lo vertí con precisión en su copa, agitándola lo más rápido que pude.
—Listo. Está sonando Bruno Mars, que sé que te gusta —dijo, como si eso fuese a conseguir que dejara de estar tiesa como un palo.
—Gracias —traté de sonreír y alcé mi copa—. ¿Brindamos?
—Por las reconciliaciones —dijo.
—Por ellas —respondí.
Y bebimos.
Él se empinó la copa como si fuera agua.
Yo apenas mojé los labios. Le seguí la conversación como si me interesara sus cláusulas para nuestra nueva relación.
Una sarta de gilipolleces que seguro que sacó de internet.
Su mano rozó mi muslo en algún momento y fingí no notarlo.
Me excusé para ir al baño, solo para mirar la hora.
Veinte minutos. No tardaría mucho en hacer efecto el somnífero que me había conseguido Harry de manera ilegal.
Cuando volví al salón, él estaba echado hacia atrás, con los ojos medio cerrados, murmurando algo sobre una canción que le recordaba a Ibiza.
—¿Estás bien? —pregunté, en tono suave.
—Sí… solo un poco… cansado.
—Deberías recostarte un rato.
Él asintió, balbuceando algo que ni siquiera entendí. Un minuto después, estaba roncando.
—Lo siento, imbécil —murmuré mientras le quitaba la copa de la mano—. Pero no vas a joderme los planes.
No perdí el tiempo después de comprobar que no se despertaría en al menos unas horas. Me dirigí a su estudio, el que estaba lleno de vinilos y fotos de tías sugerentes.
Lo primero que miré fueron sus carpetas, pero solo tenía facturas de la luz y el agua, de internet, algunas compras… Nada que lo atase a la Clínica Anderson.
Recorrí la casa entera, rebuscando en su armario, bajo la cama, en los cojines, en el salón… Nada. No había nada sospechoso por ningún lado, pero estaba segura de que Jonas no era tan listo y que él tendría una copia de todo lo que hizo cuando trabajaba para el doctor Anderson.
Fue entonces cuando encendí su ordenador. Ahí seguro que escondía toda la mierda.
Tardé casi cuarenta minutos en hallar lo que buscaba. Jonas lo había ocultado a la perfección, como si temiera que alguien buceara sobre las entrañas de su disco duro.
Allí estaba todo.
Emails, conversaciones con doctores de la Clínica Anderson, notas de voz, informes médicos que él firmaba… Pero lo peor fueron los recibos: montos absurdos, transferencias desde entidades de otros países.
No podía respirar.
Estaba todo allí. Todo.
Saqué mi USB y copié todo lo que pude. Me aseguré de revisar cada subcarpeta, cada rastro; por si acaso me dejaba algo importante.
Cuando terminé, apagué el ordenador y me aseguré de dejarlo todo tal y como lo encontré.
Jonas seguía dormido cuando volví al salón. Ni siquiera había cambiado de postura.
Me acerqué y le susurré:
—Nadie va a salvarte cuando esto salga a la luz, gilipollas.