Capítulo 47
Ewan
Lo único que me tranquilizaba cuando estaba al límite, cuando ya no soportaba más el peso del mundo, era visitar a Noah.
La compañía de mi hijo conseguía que todo lo malo quedara fuera, y dentro de mí reinara una paz absoluta y un amor incondicional.
Además, por fin le habían dado el alta y descansaba en casa, junto a Sophie, sin más máquinas conectadas a él.
Cuando llegué a casa de mi ex, ella ya me estaba esperando. Su sonrisa afectuosa me provocó cierta culpabilidad que nunca estuvo ahí.
—Hola —saludé.
Ella me dejó pasar, como siempre.
—Está bien —susurró Sophie detrás de mí—. Mucho mejor. Los antibióticos han empezado a hacer efecto, pero no va a poder volver al colegio esta semana.
Asentí sin despegar la vista de Noah, acostado sobre el sofá, un poco apático.
Cuando le daba esos ataques, su cuerpo se debilitaba bastante, y entonces los médicos nos aconsejaban dejarlo en casa, recuperándose.
—Hola, campeón —saludé con una sonrisa.
Noah se animó de inmediato y me abrazó con fuerza.
—¡Papá!
Le enseñé todos los libros y cómics que le compré, para que su estancia fuera más amena, y me senté a su lado, dispuesto a leer unos cuantos junto a él.
Un par de horas más tarde, Noah se quedó dormido y yo aproveché para hablar un poco con Sophie. Ella tampoco lo estaba llevando bien.
Nos sentamos en la cocina. Sophie me preparó un café sin azúcar —porque me conocía a la perfección— y se sirvió un té. Se sentó frente a mí, cruzando las piernas, y esperó a que le dijese qué me pasaba y por qué tenía cara de pocos amigos.
—He fallado —solté, por fin. Como quien se quitaba la tirita lo más rápido posible y así evitar un dolor mayor—. Todo se ha ido a la mierda.
Sophie me miró, ladeando la cabeza.
—¿Es por la investigación?
Asentí.
—Los responsables se han enterado que estábamos a punto de conseguir algo y están amenazando a los testigos.
Sophie apretó los labios, pero no me culpó por lo ocurrido.
—¿Qué ha pasado?
—Gia se estaba encargando de conseguir que uno de los enfermeros nos diese pruebas reales de que los doctores mentían y manipulaban a los enfermos y sus familiares, pero… —noté un nudo muy desagradable en la garganta—. El tipo la descubrió y al parecer ha puesto en alerta a los implicados.
—¿En serio?
—Sí. La involucré en algo que no le correspondía, y por eso Noah… Dios, soy un desastre —me froté la cara con la mano—. Te hice una promesa y ni siquiera sé si la voy a poder cumplir.
—Ewan —interrumpió, tranquila—, basta.
—Sophie…
—No fue culpa tuya. Ni de Gia. Nadie se esperaba que fueras a llegar tan lejos, para ser honesta.
Has cargado con el peso de una culpa que no te correspondía tanto tiempo que ahora estás aquí, en mi cocina, pidiéndome disculpas por algo que no estaba en tu mano.
—Su tono bajo, comprensivo, se sintió como un abrazo—.
¿Por qué no te relajas un poco? Noah sigue con nosotros, a pesar de todos, y esto no significa que sea el final. O que él vaya a odiarte.
—Pero te prometí…
—Confío en ti más que en ninguna otra persona —aseguró, y se acercó para posar una mano sobre mi hombro.
Fue agradable y cálido al mismo tiempo—.
Aún podéis conseguir que esos malnacidos vayan a la cárcel y paguen por lo que han hecho.
No tienen tanto dinero ni influencia como para amenazar a todo el mundo, Ewan.
Vi en sus ojos la chispa de esperanza que se había apagado en mi interior.
Tal vez Sophie tuviera razón y aún no estaba todo perdido. Esos malnacidos no eran tan listos, ni podían mover tanto dinero sin ser detectados.
De fondo escuchaba la televisión, los ronquidos suaves de Noah… y la música que Sophie siempre ponía en la cocina. Un poco de jazz, para relajarse cocinando o leyendo.
Ellos confiaban en mí y me sostenían cuando todo estaba mal, cuando se oscurecía a mi alrededor. Y si me rendía, sí que les estaría decepcionando.
—Gia no debería haber estado allí, Ewan —añadió al interpretar mi silencio como culpa—. No era su lugar. Ella lo ha hecho lo mejor que ha podido.
—Le grité. Fui un imbécil con ella —confesé.
Sophie chasqueó la lengua y apretó más sus dedos sobre mi hombro.
—Nunca es tan malo como parece. Estoy segura de que esa mujer te… aprecia lo suficiente como para escucharte y perdonarte.
La miré en silencio.
Aunque nuestro divorcio fue amistoso, y nos llevábamos bastante bien, no pensé que fuese Sophie quien me escucharía y aconsejaría respecto a otra mujer. Pero eso me hizo sentir menos imbécil.
—Solo quiero protegerla —dije en voz baja—. El simple hecho de pensar que ese hijo de puta la está coaccionando…
—Mientras ella no acceda, está todo bien. Gia fue mucho más valiente de lo que yo hubiese sido. Me dijiste que se estaba metiendo en la boca del lobo por ti, y eso muy pocas personas lo harían. Creo que esa mujer siente cosas por ti bastante intensas.
Volví a mirar hacia el salón. Noah se había girado, enredado entre las mantas. A salvo. A salvo a pesar de mí, de mis cagadas, de mi falta de fe.
Y Sophie no dijo ninguna mentira: esto aún no había acabado.
—No eres perfecto, Ewan. Pero no eres un monstruo. No jodas lo poco bueno que estás construyendo. No otra vez.
—Gracias, Sophie.
De alguna manera, los dos tuvimos la misma idea y acabamos abrazándonos como buenos amigos.
Su apoyo siempre sería importante para mí.