Saga Sin Reglas Capítulo 46
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Capítulo 46

Gia

La maldita llave no quería abrir la puerta, y yo me sentía tan mal, tan nerviosa, que ni siquiera fui capaz de dar con ella antes de derrumbarme sobre el pasillo.

Así fue como Harry me encontró unos minutos más tarde: sollozando sobre el felpudo. Sin nada de glamur.

—Gia —susurró, acercándose de inmediato—, ¿qué te pasa? ¿Es Ted?

—Estoy bien —mentí.

—Ya. Por eso estás llorando sobre el felpudo donde se mea el perro de la vecina, ¿no?

Harry me ayudó a levantarme al ver mi cara de horror.

—Joder, Gia… ¿Qué ha pasado?

—Jonas —susurré, abrazándome a él—, siempre es él. Me siguió. Sabe que trabajo para Ewan y cree que lo estoy usando.

—Joder, menudo imbécil. ¿Piensa chivarse?

—No. Si me acuesto con él, no dice nada.

Harry gruñó una maldición que reverberó en mitad del pasillo. Como no era el mejor lugar para hablar de esas cosas, me ayudó a buscar las llaves y entramos a mi piso.

Yo me dejé caer sobre el sofá, ignorando la quemadura que mi hermano le hizo, y dejé que el peso de la miseria y la culpa me aplastaran contra los cojines.

—¿Lo vas a hacer? —preguntó Harry, preocupado.

—¿Acostarme con él?

—Sí.

—Claro que no —escupí, enderezándome como si me acabaran de clavar un puñal en el centro del pecho—. Pero tampoco me voy a quedar quieta. Jonas no va a arruinar esto. Ted no se lo merece, y tampoco Ewan y las familias a las que defiende.

Harry se acomodó sobre el sillón más cercano.

—¿Qué vas a hacer? Volverte loca como la niña del Exorcista no hará que las cosas funcionen como quieres.

—Una trampa —respondí, sintiendo que una chispa encendía algo dentro de mí—. Le daré justo lo que quiere: una cita. Una que no va a olvidar en su puta vida.

Él arqueó una ceja.

Pese a ser un mar de lágrimas, me había dado tiempo, mientras venía en taxi, a pensar en un plan B.

Tan acostumbrada como estaba a que la vida me pusiera piedras en el camino, mi mente ya funcionaba bajo cualquier tipo de circunstancia, y se me daba bien buscar cualquier resquicio por el que continuar.

—Lo que yo digo… Vas a hacer una locura de las gordas.

—Necesito tu ayuda.

—No voy a hacer nada ilegal. Te quiero muchísimo, pero ni secuestro por amistad ni ayudo a esconder cadáveres.

—Claro que no vamos a matar o secuestrar a Jonas —jadeé, indignada porque se pensara que estábamos en un capítulo de CSI: Las Vegas—. Tú te mueves muy bien entre la gente y eres discreto.

—¿Y eso qué tiene que ver?

—Si te pido que me consigas una sustancia ilegal… ¿lo harías? Nada de venenos, lo prometo.

Harry enarcó una ceja.

—¿Qué cojones planeas, Gia?

Le conté mi plan con pelos y señales, ignorando por completo la máscara de horror que se iba dibujando sobre su rostro.

—¿Y si no pica?

—Lo hará —dije con una sonrisa taimada y las lágrimas corriéndome por las mejillas—. Porque cree que tiene el poder y que yo soy una calientapollas. Los hombres como Jonas no pueden resistirse cuando se trata de humillar y someter a una mujer.

Harry se quedó en silencio unos segundos. Luego suspiró.

—Vale. Pero si vamos a jugar sucio… entonces jugamos sucio de verdad. Voy a necesitar equipo. Y tú vas a necesitar nervios de acero, una táser y mucho estómago para lo que vas a hacer.

—El futuro de muchas personas, incluido el de mi hermano, está en juego. ¿Crees que no voy a jugármela por ellos?

Además, Ewan se había quedado hecho polvo y, aunque me sentía culpable, también en deuda con él. Sobre todo, después de ver que había comenzado a investigar el caso de Ted.

El enfado era secundario. Que me hubiese gritado no cambiaba todo lo demás. Ya le echaría en cara su actitud de mierda, cuando todo mejorase. Pero lo primordial era sacarle una confesión a Jonas.

—Gia… Te quiero, pero esto es peligroso. Prométeme que tendrás cuidado.

—Te lo prometo, Harry. No voy a permitir que ese cabrón ensucie el nombre de mi hermano. No después de todo lo que ha pasado. No mientras yo respire.

Él asintió.

Y en ese instante, supe que ya no había vuelta atrás.

Había empezado la guerra.