Capítulo 45
Ewan
Odiaba los lunes. Especialmente cuando no pasaba nada.
Estaba en el despacho, con los papeles del caso abiertos frente a mí como si fuesen un cadáver listo para diseccionar. Demasiado información, y muy poca era útil.
Entonces sonó el móvil. Gena.
—Dime.
—Tenemos un problema.
Me levanté de golpe.
—¿Qué ha pasado? ¿Estás bien?
De pronto temí que hubiese tenido un accidente o algo así.
—Las familias... las tres que hablaron conmigo han decidido echarse para atrás.
—¿Qué?
—Los abogados de la clínica han empezado a mover hilos.
Les han llegado amenazas. Una de las madres me ha dicho que, si siguen adelante, su hija perderá la beca del hospital donde hace prácticas.
A otro padre le han cancelado un crédito.
Ewan, los están asfixiando a propósito para que no se vayan de la lengua.
—¡Joder! —grité, tirando la taza de café contra la pared—. ¡Hijos de puta! ¡No pueden hacer eso!
—Lo están haciendo. Y lo peor es que están ganando. Uno por uno, los van a silenciar, Ewan. Están jugando muy bien sus cartas.
No dije nada. El silencio se volvió espeso, corrosivo. Como si fuera un veneno letal que me mataba lentamente.
—Ewan —continuó Gena, más suave. Tal vez intentando calmar mi desesperación con un arrullo—, lo siento. Intenté convencerlos de que no les pasaría nada si hablaban. Les prometí que tú te encargarías de todo, pero tienen miedo. Y yo también lo tendría si fuera ellos.
Justo en ese momento, alguien llamó a la puerta de mi despacho.
—Tengo que colgar. Luego hablamos.
Y colgué sin esperar respuesta.
Gia apareció, con la cara más seria que le había visto desde que nos conocimos.
Al parecer, todas las malas noticias aparecían de dos en dos.
—Tenemos que hablar —dijo, cerrando la puerta tras de sí.
—Dime que traes buenas noticias, por favor.
—Depende.
—¿De qué, Gia?
Ella tragó saliva.
Mi piel seguía quemando de la rabia y el miedo y la desesperación.
—Quedé con Jonas ayer por la tarde.
—¿Y? ¿Por fin va a colaborar? ¿Has conseguido sacarle algo?
—Sabe que trabajo contigo —soltó abruptamente.
Un zumbido en los oídos impidió que siguiera escuchando su discurso.
Joder, ¿qué demonios estaba ocurriendo últimamente? ¿Por qué todo sucedía al mismo tiempo?
—¿Qué?
—Dice que me siguió y que lo descubrió. Y que piensa decírselo a todo el mundo si…
—Pero ¿cómo coño ha pasado eso? —grité, sin poder evitarlo. Me pasé la mano por el pelo, como si pudiera arrancarme la frustración de raíz—. ¡Te dije que fueras cuidadosa! ¡Te dije que no lo subestimaras!
—¡Lo fui! —exclamó ella, dando un paso hacia mí—. ¡Pero no contaba con que fuera tan paranoico!
Apoyé ambas manos sobre el escritorio, inclinándome hacia ella.
—¿Y ahora qué, Gia? ¿Hemos perdido la única ventaja que teníamos?
—No lo sé —murmuró, bajando la mirada; triste y desesperada—. Me ha hecho una propuesta. Dijo que si… si accedo a acostarme con él, se callará.
Sus palabras me golpearon como si alguien me hubiese dado un bofetón a mano abierta.
—¿Y qué piensas hacer? —pregunté, acojonado por su respuesta.
Si había aceptado esa maldita propuesta, la encerraría en mi despacho y no la dejaría marchar hasta que se le fuese esa idea de la cabeza.
—¡Nada! —respondió enseguida—. Solo he venido a contártelo. No voy a rebajarme a eso, pero pensé que debías saberlo.
—Pues ya lo sé. Tarde. Muy tarde, Gia.
—¿Y qué quieres que haga?
—Nada. Ya lo has jodido bastante.
Gia abrió la boca, dispuesta a decir algo, mas se calló de golpe. Sus grandes ojos se clavaron en los míos durante unos segundos, quizás apelando algo de comprensión.
Fallé estrepitosamente.
Mi cabeza estaba llena de pensamientos, de maldiciones, y todo porque, de un momento a otro, lo que había conseguido se desmoronó delante de mis narices como un castillo de naipes.
Gia salió del despacho sin volver a dirigirme la palabra.
Yo me derrumbé sobre mi silla y escondí el rostro entre mis manos.
¿Ahora qué?