Saga Sin Reglas Capítulo 44
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Capítulo 44

Gia

Llevaba varios días sospechando que algo no iba con Jonas, y que estaba relacionado con la Clínica Anderson. Quizás me había pillado las mentiras —después de todo, él conocía a todas mis amistades—, y ahora sospechaba de mí.

Jonas no era tonto, y por eso llegaba tan lejos siempre.

Habíamos quedado para tomar algo, como la semana pasada, pero en esta ocasión fue más insistente y seco conmigo.

Me senté frente a él fingiendo normalidad, con las piernas cruzadas y el bolso sobre el regazo, como si fuera una cita más. Como si yo no llevara dentro la sensación constante de estar caminando sobre una cuerda floja.

—¡Hola! —saludé como si nada.

—Estás muy guapa —dijo, tranquilo.

Pero parecía un puto robot.

—Gracias —respondí, sonriendo con cautela—. Tú también te has puesto muy mono hoy.

Tomó un sorbo de su copa, luego se reclinó hacia atrás, dejando que el silencio se instalara entre nosotros de la forma más incómoda posible.

—¿Sabes, Gia? Estuve pensando en lo que me dijiste la otra tarde. Lo de quedar más a menudo. Que te interesaba de verdad.

No recordaba haber accedido a tal cosa, pero seguramente se lo dije con tal de conseguir que me diese lo que necesitaba.

—Sí. ¿Qué pasa?

—Ajá —asintió, con sorna—. Qué coincidencia, ¿no? Porque justo después de esa cita tan íntima... decidí seguirte. Un impulso, supongo.

Se me tensó todo el cuerpo.

—¿Seguirme? ¿A casa?

—Hasta tu trabajo —recalcó él—. Muy interesante ese edificio, por cierto. Lujoso. Seguro. Y con ese cartel tan bonito en la entrada: Langley & Asociados.

No dije nada. Se me revolvió el estómago de pronto.

—¿Y por qué harías tal cosa?

—¿De verdad pensabas que soy imbécil, Gia? ¿Que no iba a atar cabos después de la conversación que tuvimos?

—No sé de qué hablas —mentí, intentando sonar segura, aunque sentía que la garganta me ardía y las manos me sudaban.

—Oh, vamos. Todos en este mundillo saben que Ewan Langley lleva años intentando desenterrar mierda contra la Clínica Anderson.

Es una obsesión enfermiza la de ese cabrón.

Nadie le prestaba atención, porque solo decía tonterías —gruñó—.

Y tú, justo tú, entras en mi vida, guapísima, encantadora, haciéndote la interesada después de empezar a trabajar para él. Qué casualidad, ¿verdad?

Tragué saliva.

—No estoy al día de lo que él hace, Jonas. Solo trabajo para él.

—Claro. Y yo soy gilipollas, ¿verdad?

—Es que no sé de qué me estás hablando.

—De que eres una mentirosa y una calientepollas, Gia. De eso hablamos —soltó como si nada.

Joder, nunca le había escuchado hablar de esa forma.

—Si solo me has hecho quedar para esto…

—Corta el rollo ya —dio un golpe sobre la mesa—, y dime a la cara todo lo que sabes. Cómo has jugado conmigo porque ese imbécil necesita pruebas de que en la Clínica Anderson pasaron cosas ilegales.

Me había descubierto, y nada de lo que le dijera le haría cambiar de opinión. Jonas era un cabezota de cuidado. Nunca dejó de serlo.

Y si me iba y jugaba la carta de sentirme ofendida, jamás volveríamos hablar, y Ewan se quedaría sin laspruebas.

Me incliné hacia él, bajando la voz.

—No tienes por qué decírselo a nadie, Jonas. Por favor.

Me miró como si ya me hubiera ganado.

—Ah, ¿no? ¿Y por qué no? ¿Porque eres muy mona y follas muy bien? ¿O porque te crees muy buena mintiendo?

—No estoy mintiendo, Jonas.

Él se encogió de hombros y sonrió. Un tipo de sonrisa que me hizo querer levantarme y tirarle la copa a la cara.

—Mira, no soy un monstruo. Pero esto tiene un precio. Uno justo.

—¿Qué precio?

—Follamigos. Eso. Quedas conmigo, pasamos el rato... y yo me callo la boca. Nadie se entera de nada. Ni una palabra sobre Langley. Tú me mantienes entretenido y yo te cubro la espalda. ¿Qué me dices?

La náusea me golpeó como un puñetazo en seco.

Jonas se encogió de hombros otra vez.

—Piensa en ello. Tú no pierdes nada, y él gana una tapadera perfecta. Pero el precio eres tú, preciosa. Estoy segura de que no le importará pagarlo.

No dije nada más. No podía. Me levanté, cogí el bolso y me marché muy rápido. Las piernas me temblaban. No miré hacia atrás porque no deseaba ver la cara de triunfo de Jonas.

En cuanto giré la esquina, vomité en una papelera.

Estaba jodida.