Saga Sin Reglas Capítulo 42
90%

Capítulo 42

Gia

Cuando doblé la esquina y me acerqué al edificio donde vivía, me encontré con una escena que parecía sacada de la serie Skins.

Allí estaba Ted, siendo acorralado. Tres chicos más altos que él lo empujaban contra la pared, y aunque intentaba defenderse, no servía de mucho.

Corrí hacia ellos y le di a uno en la espalda con el bolso.

—¡Eh! —grité con toda la rabia contenida en el pecho—. ¡Dejadle en paz, cabrones! ¡Dejad a mi hermano tranquilo!

Los tres se giraron al mismo tiempo y me miraron como si quisieran lanzarme frente al primer autobús que pasara por la calle. Luego le dedicaron una mirada desdeñosa a Ted y se largaron.

Mi hermano se quedó quieto, con la cabeza gacha. Tenía la camiseta rota, y le sangraba la nariz.

—¿Estás bien? —le agarré la cara con las manos, obligándolo a mirarme—. Joder, ¿qué te han hecho esos neandertales? ¿Te estaban atracando? Vamos a la policía ahora mismo y…

—Estoy bien. No es nada —murmuró, aunque se tambaleaba por los nervios.

Le pasé el brazo por los hombros y lo subí a casa.

Una vez dentro, lo llevé directo al baño. Empecé a limpiarle la herida mientras él se quedaba callado como una piedra. Pero su mandíbula temblaba, al igual que sus piernas y sus manos.

—¿Quieres decirme qué ha pasado? Por favor, Ted —casi supliqué.

—No lo entenderías —susurró, sin mirarme.

Presioné el algodón sobre su nariz con mucho cuidado.

—Inténtalo, Ted. Porque estoy a punto de volver abajo con un bate, y prefiero que me cuentes por qué no debería hacerlo. Aparte de porque terminaría en la cárcel.

Ted se tomó unos minutos de margen antes de responderme.

—No robé en ninguna joyería, Gia. Lo juro. Esa mierda... yo no estuve ahí. Me estaban usando como cabeza de turco porque querían vengarse de mí.

Sentí muchísimo alivio al descubrir que mi hermano sí era inocente, tal y como siempre pensé.

No encajaba con su naturaleza ser un ladrón.

—¿Entonces por qué te acusan de ser el responsable?

—Porque... porque perdí algo. Algo que no era mío y valía mucha pasta.

Vale, eso tenía más sentido.

—¿Qué perdiste?

—Una bolsa. De pastillas. Se la guardaba a uno de esos capullos.

Y la escondí en el descampado de detrás del instituto...

pero alguien la encontró. Cuando volví, ya no estaba.

Creen que se la di a alguien o que las vendí por mi cuenta.

Me obligaron a callarme. Dijeron que si decía una palabra... me harían desaparecer.

Un frío me bajó por la columna.

—¿Y por qué no me lo dijiste antes?

—Porque pensé que podía arreglarlo. Que si les pagaba... o si encontraba a quien la cogió... Pero no, no di con el culpable. Y entonces me robaron la ropa y se hicieron pasar por mí cuando se colaban en las joyerías, Gia —casi se echó a llorar—. No me dejan contar la verdad. Ellos no me dejan…

Solté el algodón y el bote de alcohol sobre el lavabo, y lo abracé muy fuerte.

—Ya está. Me lo has contado, cariño. Yeso es lo que importa. Vamos a arreglarlo, Ted. Vamos a demostrar que no hiciste nada. Te lo juro.

Él se aferró a mí como cuando era un niño, cuando se caía de la bici o se asustaba por las tormentas. O cuando su padre le pegaba o le gritaba que no valía nada. Ahora era más alto, pero eso no importaba. Porque seguía siendo mi hermano.

—¿De verdad vas a ayudarme?

—Eres mi única familia. Claro que voy a ayudarte. No tienes ni idea de todo lo que estoy haciendo por conseguirte el mejor abogado de esta ciudad…

Ted me rodeó la cintura con los brazos y se derrumbó contra mi pecho.

Por fin habíamos acortado el abismo que existía entre nosotros.