Capítulo 41
Ewan
Volver al hospital siempre me traía algunos recuerdos amargos que prefería mantener encerrados en un cajón.
Pero la única forma que tenía de pasar tiempo con Noah era acercándome por allí, dado que aún seguía ingresado, así que trataba de parecer tranquilo cuando le llevaba algún juguete nuevo y algunas golosinas.
—Eh, campeón. Hoy estaré poco, tengo cosas que hacer, pero mira qué te he traído.
Noah se emocionó nada más ver el último cómic que le había traído.
—¡Este aún no lo he leído!
—Lo sé. Me lo ha dicho un pajarito.
—¿Te puedes quedar a leerlo conmigo? —me pidió.
—Claro que sí.
Acoplado en la camilla con él, nos pasamos un buen rato leyendo el cómic. Escuchar la risa de Noah, sus grititos de emoción, me llenaban de calidez y energía.
Gracias a él, estaba destinado a acabar con la Clínica Anderson y todos aquellos que le hicieron daño.
Papá va a acabar con esto, cueste lo que cueste, pensé.
Me quedé un rato más con él y le hablé de todas las películas que iríamos a ver al cine una vez le diesen el alta.
Noah me miraba con emoción, confiando plenamente en mí. Porque sabía que yo siempre cumplía mis promesas.
—¿También me presentarás a tu nueva novia? Mamá me habló de ella.
Casi me atraganté con mi propia saliva al escucharle.
—Claro —grazné, aun así—. Te presentaré a mi novia.
Noah asintió y siguió leyendo el cómic.
Gia entró en mi despacho a última hora de la tarde, con un par de informes que le pedí.
—¿Cómo está tu hijo? —preguntó—. ¿Todo bien?
—Bastante mejor. Los médicos dicen que volverá pronto a casa si sigue así de estable.
Porque los ataques de asma eran controlables, pero no su leucemia. Una enfermedad que lo consumía lentamente y lo apagaba de manera intermitente.
Ella asintió y me acarició el hombro con cariño.
—¿Has leído todo esto? —preguntó, señalando el informe que el investigador dejó la mañana anterior sobre mi escritorio.
—Sí. Hay algo sólido. El doctor Anderson aparece en los informes de dos clínicas más en Filipinas y Corea del Sur. Las prácticas eran... similares a la clínica que tenía aquí, en Londres. Pacientes vulnerables, procedimientos ocultos, silencio comprado…
—Entonces es real. Ese tipo está haciéndose millonario a través del sufrimiento ajeno.
—Sí. Y ahora necesitamos que Jonas lo diga en voz alta. Que confirme lo que te dijo. O mejor aún: que nos dé un nombre y pruebas reales de que ese hijo de puta lo manipuló todo.
—Ya sabes que va a resistirse —dijo ella, frunciendo el ceño—. Estoy tratando de hacer todo lo posible por llevármelo a mi terreno, pero es muy desconfiado. Y solo quiere una cosa de mí.
Traté de no pensar en Gia acostándose con él, porque eso me revolvía el estómago.
—Por eso tienes que presionarlo todavía más, Gia —le solté, sin rodeos—. No dejes que se aleje sin haber conseguido lo que necesitamos de él. Usa lo que haga falta… excepto tu cuerpo.
Vi cómo apretaba los labios.
—¿Estás seguro?
—Sí. Jonas es nuestra llave a esa caja fuerte. La otra enferma que trabajaba con él está limpia. Y tú eres la única que puede hacer que hable, porque eres quien mejor lo conoce.
Gia exhaló un profundo suspiro.
—Lo haré, Ewan. Te lo prometo. Ese capullo va a colaborar con nosotros.
Asentí, sintiendo un pinchazo de culpa. Pero ya estábamos demasiado metidos para dudar a estas alturas. Y aunque me daba pena por Gia, que no se merecía ser un peón, la verdad es que seguía necesitándola.
De tantas maneras posibles que el corazón me dolía cada vez que pensaba en ello.