Capítulo 36
Ewan
Tirado en el sofá y con un libro encima del regazo —Murakami, que lo tenía pendiente—, no me di cuenta de que me había quedado medio dormido hasta que el teléfono vibró sobre el sofá.
Era Gia.
—¿Ya me echas de menos? —pregunté, jocoso.
—No seas presumido, Ewan —rio ella al otro lado—. ¿Estás ocupado?
Miré el libro que descansaba sobre mis piernas y la copa de vino a medio beber encima de la mesa… y negué con la cabeza, aunque ella no fuese capaz de verme.
—Estoy en mi domingo de descanso —respondí—. No acepto casos, demandas ni dramas personales en días festivos. Solo ensaladas y documentales absurdos de Netflix.
—¿Puedo unirme? —preguntó, y su tono era más suave de lo habitual.
Respiré hondo y lo medité unos segundos.
¿Estaba listo para profundizar más en mi relación con Gia? ¿A pesar de que era mi secretaria? Una a la que aún no había despedido, por cierto.
Recordé su olor… y de pronto noté una sacudida a la altura del esternón.
—Claro. Vente. Te voy a preparar mi ensalada estrella. Solo para invitados VIP como tú.
—¿Ewan Langley cocinando? Esto hay que verlo en persona. No me creo que hayas aprendido de Gordon Ramsay o algún otro chef famoso.
—Un poco más respeto, nena. Soy una leyenda en el mundo del aliño —respondí, y colgué antes de que pudiera soltar alguna barbaridad.
Veinte minutos después, estaba frente a mí en la puerta. Pantalón ancho, camiseta de tirantes, sudadera con capucha, cara de haber dormido poco… Definitivamente necesitaba un poco de “medicina Langley” para pasar el día sin tirarse de los pelos.
—¿De verdad has hecho ensalada? —preguntó, con las cejas en alto—. No vale las que ya vienen envasadas y solo hay que aliñarlas un poco, eh.
—No me subestimes, Gia —le dije, casi susurrándole en el oído—. Acompáñame al templo culinario y te lo demostraré.
En la cocina, desplegué todo mi repertorio: aguacate, rúcula, queso de cabra, nueces caramelizadas, vinagreta con mostaza y un toque de miel.
La observaba por el rabillo del ojo mientras ella se sentaba en la encimera y empezaba a hablar de Ted, de su terapeuta, de cómo Harry la estaba apoyando más que nunca.
No nombró a Jonas, y lo agradecí. Traer a colación el tema de la Clínica Anderson me habría puesto de mal humor al instante.
—Vale, retiro lo dicho —declaró cuando probó el primer bocado de la ensalada que le ofrecí—. Eres el mejor chef del mundo. Ríete tú de los franceses, de Gordon Ramsay y de las ensaladas de supermercado.
—Eso ya lo sabía. Pero gracias por confirmarlo, nena.
Comimos sobre la isla de la cocina como si fuéramos dos buenos amigos… o una pareja. Gia no se callaba en ningún momento y, lejos de causarme cierto desagrado, me hizo sentir más liviano de pronto.
Después de fregar los platos, pusimos algo en la televisión; una película antigua que ninguno miró con atención más de cinco minutos.
Ella se acomodó en el sofá, los pies descalzos sobre mis piernas, como si llevara toda la vida haciéndolo.
Yo no dije nada. Me limité a acariciarle el tobillo con el pulgar.
—Gracias por dejarme venir —dijo de pronto—. Necesitaba salir de mi casa con urgencia.
—Gracias por venir —respondí—. Necesitaba compañía agradable.
Ella sonrió y apoyó la cabeza sobre mi hombro.