Capítulo 35
Gia
Me estaba peleando con la cafetera —una de cápsulas muy antigua que ya casi no se encendía la mitad de las mañanas— cuando Ted entró en la cocina, rascándose la nuca y bostezando.
—¿Hay café o esa estúpida máquina ha decidido jodernos la mañana?
No dije nada, y él metió una cápsula en la cafetera y se preparó uno de esos cafés espumosos que tanto le gustaban. Y que yo le compraba porque sabía que no bebía otro.
—Tenemos que hablar —empecé, todo lo seria y calmada que pude.
—Joder, no. No empieces otra vez con la chapa, Gia. Me acabo de levantar —se quejó, dejándose caer en la silla.
—Lo siento por ti, porque no vas a escaquearte de nuevo. He hablado con terapeuta nuevo y vamos a acudir a su consulta el viernes. Está especializado en casos difíciles, como el nuestro, y creo que será de gran ayuda si los dos cooperamos —hice hincapié en la última frase.
Ted resopló.
—¿Y qué más? ¿Vas a meterme en una puta clínica de desintoxicación, como hacen con los famosos?
No supe por qué, pero se me vino a la mente Lindsay Lohan en sus peores años, y sentí un escalofrío bajar por mi espalda.
Mi hermano no terminaría como ella, ni de coña.
—No —sacudí la cabeza—. Claro que no voy a encerrarte en ningún lado, porque creo que todos tus problemas se solucionarán si pones de tu parte. —Suavicé un poco el tono para que entendiera que no era su enemiga—. Estoy intentando hacerlo lo mejor que sé.
En su mirada se reflejó el miedo y la rabia. Quizás Ted estaba asustado ante la posibilidad de ser abandonado también por su hermana.
—¿Y quién te ha metido en la cabeza esta mierda? ¿Ha sido Ada? ¿Harry? Seguro que es cosa de esos dos pringados —rezongó mi hermano.
Esos dos pringados te quieren más que mucha gente que comparte sangre contigo, coño. Ese pensamiento me agobió tanto que me llevé la taza a los labios, di un sorbo y respiré hondo.
—Ha sido cosa mía, Ted. Por más que intentes hacer ver que soy el enemigo o que solo intento joderte la vida… lo cierto es que me importas y no quiero que acabes metiéndose en líos gordos por no saber frenar a tiempo.
No dijo nada al principio, pero seguía contemplándome igual que un niño incapaz de manejar sus emociones.
—No quiero hablar con nadie —confesó entonces—. No quiero contar mis mierdas a un desconocido y que me envíen a terapia, o a tomar pastillas.
—Esto no es solo por ti, Ted —lo tranquilicé—. También es por mí, ¿vale? Somos una familia, y a veces las familias necesitan ayuda externa para salir adelante.
—Solo vas a perder el tiempo.
A pesar de sus protestas, no permití que me apagase esa pequeña luz de esperanza que parpadeaba en mi pecho.
—Ewan Langley, mi jefe, también va a ponerse al frente de tu juicio. Es el mejor abogado de esta ciudad, Ted. Y va a defenderte porque cree en ti, del mismo modo que yo lo hago. Todos creemos en tu inocencia.
La cocina se llenó de un silencio tan denso que se podía cortar con unas tijeras.
—Lo siento —murmuró, tan bajito que casi no lo escuché—. No sé qué me pasa últimamente. Hay un… vacío enorme dentro de mí que no me permite casi respirar.
Esa pequeña grieta que se abrió en su armadura me dejó vía libre para lanzarme hacia él y ayudarlo a salir del pozo en el que se había metido.
—Lo sé, pequeño. Pero vas a salir de ahí. Te juro que vamos a salir de ahí, los dos. Juntos. Como una familia.
Ted no volvió a hablar, pero tampoco se fue de la cocina. Y eso para mí ya contaba como una victoria.