Saga Sin Reglas Capítulo 34
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Capítulo 34

Gia

Nunca imaginé que terminaría en casa de Ewan Langley, y menos en mitad de la madrugada. Pero me negaba en rotundo a dejarlo solo después de la exhaustiva noche que pasamos en el hospital, hasta que los médicos dijeron que Noah estaba bien y Ewan consiguió hablar un rato con él.

Para mi sorpresa, Sophie no se mostró desagradable conmigo. Al contrario, me invitó a cenar en la cafetería del hospital mientras Ewan se quedaba con Noah.

No hablamos de gran cosa, pero fue amable conmigo. Y lo agradecí en el alma, dado que no éramos competencia ni mucho menos.

Ewan abrió la puerta con gesto cansado, tiró las llaves sobre el mueble de la entrada y soltó un suspiro que me arañó un poco por dentro.

Se le notaba al límite de sus fuerzas.

—¿Quieres algo? Y no vale decir agua bendita —trató de bromear.

Sonreí, porque era más fácil hacerlo que decirle que lo había visto temblar cuando los médicos le confirmaron que Noah estaba estable. Que noté cómo su mundo entero volvía a alinearse solo con esa frase.

Ewan era tan humano como yo y el resto del mundo.

—Solo dime dónde está el baño. Y luego me largo.

Él me miró un segundo.

—Quédate. Solo esta noche —dijo.

Lo dijo como quien pedía aire y un lugar al que aferrarse mientras la tormenta se disipaba.

Y no supe decir que no.

Porque Ewan me necesitaba, y no había nada en el mundo que quisiera más que salvarlo de sus demonios.

Su cama era enorme. Sencilla. Toda la habitación olía a él. A madera y a menta.

Ewan llevaba una camiseta gris y pantalón de algodón. Y yo una de sus camisetas. Nada más. Después de una ducha rápida, agradecí que me diese algo holgado que ponerme. Ropa que no oliese a hospital.

Nos tumbamos en silencio debajo de las sábanas.

Al principio ni siquiera nos tocábamos. Solo respirábamos el mismo aire y compartíamos el mismo espacio.

Pero en algún momento me giré y apoyé la frente en su nuca.

No sé si fue por consuelo o porque me apetecía descubrir qué se sentía abrazarlo, pero lo hice.

Rodeé su cintura con los brazos y me quedé así, en silencio, escuchando cómo respiraba.

Ewan giró ligeramente el rostro, y susurró:

—No tienes que quedarte si no quieres. De verdad.

—Quiero estar aquí, Ewan. Más que en ninguna otra parte.

Sonrió, o eso creí. Sentí cómo su cuerpo se relajaba. Como si no supiera hacerlo si no había alguien vigilando que no se desmoronara del todo.

Deslicé una mano sobre su cintura. Él tomó la mía y la entrelazó con la suya.

—Háblame de ti —murmuró.

Suspiré. No estaba preparada para esta conversación. Para desnudarme por completo frente a un hombre como él. Pero ya estábamos ahí, ¿no? Muy tarde para retroceder y fingir que solo éramos jefe y empleada.

—Mi padre murió cuando tenía siete años.

Accidente de tráfico. Conducía borracho y se chocó con un camión…

y no lo contó. —Noté una sacudida en el pecho al recordarlo—.

Mi madre se volvió a casar poco después.

Pero su marido era horrible. Pasamos muchísima hambre durante unos cinco años, más o menos.

Cada dos por tres tenía que irme con mis abuelos, vivir con ellos para que los asistentes sociales no me llevaran a un centro. Fue la peor época de mi vida.

—Joder, Gia. Lo siento.

Noté que tensaba los dedos alrededor de mi mano.

—Lo peor fue cuando mi madre se quedó embarazada. Eso solo empeoró todo. Y no porque odie a mi hermano, sino porque… porque ella ya no se separó de ese malnacido.

—¿Nadie intervino?

—No. Solo mis abuelos. Hasta que el marido de mi madre se largó y mi madre cayó en depresión. Se quitó la vida hace cuatro años.

Enseguida noté que su cuerpo se tensaba. Nunca era agradable hablar de esto, y entendía a la perfección que le alterase de algún modo.

—Lo siento mucho, Gia.

—Gracias.

—¿Y qué pasó con tu hermano?

—Me hice cargo de Ted. Era un adolescente en plena etapa de rebeldía. Yo no tenía ni idea de nada. Solo sabía que no quería separarme de él. Así que mentí, fingí, trabajé, me jodí la vida de todas las formas posibles para que no acabara en un centro. Porque él no merece nada de eso.

Ewan soltó un suspiro.

—¿Y ahora?

—Ahora… ahora está todo mal. Ted no va bien.

Fuma, bebe, apenas duerme en casa. Supuestamente ha robado en joyerías.

Ha quemado parte del sofá esta semana y ni siquiera puedo cambiarlo.

No me escucha. No sé si puedo con él —confesé—.

Vamos a empezar terapia con un terapeuta nuevo, pero ya no sé si servirá de algo.

Sentí a Ewan moverse, apenas un poco. Se dio la vuelta y me abrazó. Me atrajo hacia su pecho, ocultándome del mundo.

Protegiéndome.

—Te ayudaré —murmuró, con esa voz grave que me rompía el corazón sin permiso—. Te lo prometo, Gia. Tu hermano no irá a la cárcel. Si es verdad que él no hizo nada malo, se lo demostraremos al juez.

Estuve a nada de echarme a llorar en sus brazos como hacía tiempo que no lloraba.

La bondad no era algo habitual a mi alrededor desde que mi madre abandonó este mundo y no me quedó más remedio que hacerme cargo de Ted.

Por eso me golpeó con tanta fuerza que Ewan creyese en su inocencia sin conocerlo siquiera; solo porque yo le hablaba bien de él. Solo porque yo confiaba en Ted.

Asentí y oculté el rostro en su pecho, decidida a seguir nadando a contracorriente si eso me permitía llegar a tierra firme sin ahogarme.

Ted lo merecía.