Saga Sin Reglas Capítulo 33
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Capítulo 33

Gia

No sabía si era por la luz artificial del hospital, el olor a café recalentado o la mirada fija de Ewan en el fondo de su vaso, pero ese momento me pareció más íntimo de lo que debería.

La cafetería estaba medio vacía. Dos médicos pasaban hojas en un iPad. Una enfermera se dormía sobre una Coca-Cola. Y él… él estaba a medio mundo de distancia, en silencio.

Me removí en la silla, incómoda por todo y por nada.

En cierto modo, no pegaba mi presencia allí. Me sentía como un elefante dentro de una cacharrería. Si daba un paso, por pequeño que fuera, se armaría todo un escándalo. Y no era eso lo que buscaba.

—¿Crees que tu exmujer me odia por haber venido?

Ewan no respondió al instante. Dio un sorbo al café —más agua sucia que café, en realidad— y luego negó con la cabeza.

—Ya sabe quién eres. Le he hablado de ti.

Eso sí que me sorprendió.

—Pero solo soy tu secretaria…

—Hace tiempo que dejaste de ser solo mi secretaria, Gia.

Dios, no tendría que haberme alegrado de oír sus palabras. Pero lo hice.

—A ver, no es que vaya a echarme a cajas destempladas, me imagino… Es solo que se me hace raro.

Él esbozó una sonrisa casi imperceptible.

—Sophie y yo no estamos juntos desde hace mucho tiempo. Ella lo sabe. Lo acepta. Pero aún se siente culpable por… muchas cosas.

—¿Por qué? ¿Por vuestro divorcio?

Ewan respiró hondo. Se inclinó hacia atrás y estiró las piernas bajo la mesa. Parecía cansado. No solo físicamente.

—Noah tenía apenas dos años cuando le diagnosticaron cáncer.

Leucemia. Fue… un palo enorme para los dos.

Pensábamos que lo pasaría rápido, que habría posibilidades de curarlo en unos meses y seguir con su vida…

Pero nunca ocurrió. —Su mirada estaba clavada en el vaso de café—.

Noah empeoraba por momentos. Había semanas en que casi no salía de la cama porque le faltaban fuerzas.

Y su asma no ayudaba, ¿sabes? Por más que lo vigilasen, siempre sufría una ataque, y sus defensas bajaban aún más.

Me quedé en silencio. Sabía que me estaba contando algo importante, algo que no solía compartir con nadie.

Jamás lograría imaginar lo duro que tuvo que ser para él, como padre, vivir un episodio tan traumático con su hijo. Ver cómo se marchitaba lentamente, cómo las fuerzas se le escapaban en cada exhalación.

—El hospital en el que estábamos era muy bueno, pero las opciones empezaron a ser casi inexistentes.

Casi siempre nos decían que esperásemos lo peor, porque Noah no aguantaría.

Y escuchar eso… es demoledor. Ningún padre está preparado para oír que su hijo va a morir, pero menos aún si solo tiene tres años y medio, y no ha vivido nada. Nada.

Impulsada por la necesidad de consolarlo, apreté su mano con fuerza.

Ewan me devolvió el apretón.

—Eso nos llevó a buscar alternativas. Ni Sophie ni yo queríamos perder a nuestro hijo, así que luchamos, ¿sabes? Luchamos muchísimo por encontrar un buen sitio en el que tuvieran la cura para la enfermedad de Noah.

—¿Y la encontrasteis?

—Sophie se enteró de que había una clínica que ofrecía una cura experimental con buenos resultados.

—La Clínica Anderson —susurré.

Ewan asintió.

—Cara de narices, pero no nos importó. Pensamos que los informes que nos ofrecieron eran ciertos, que habían salvados algunas vidas, y que Noah estaría a salvo con ellos…

Así que pedimos el traslado de inmediato.

Noah ingresó en agosto, y en noviembre de ese año, casi se muere.

Los medicamentos no servían de nada, solo debilitaban aún más su sistema inmunológico.

Pedíamos respuestas y no nos decían nada.

—¿Por qué no lo sacasteis de allí?

—Porque Sophie se aferró a la idea de que solo ellos serían capaces de salvar a Noah.

Y por más que le insistí, no me quiso escuchar.

Hasta que fue demasiado tarde. —Hizo una pausa—.

Murieron cuatro niños la misma semana. El miedo se apoderó de mí, y solo fui capaz de llevarme a Noah e interrumpir el tratamiento.

—Dios, eso es… horrible… ¿Cómo pudieron…?

—Solo querían dinero, y se aprovecharon de la desesperación de las familias con enfermos terminales. Les ofrecían una alternativa viable, y la gente los creía. Porque siempre estaban abalados con informes que parecían reales.

—Pero no eran más que unos embusteros.

Ewan asintió.

—En cuanto se destapó la verdad, salieron corriendo. Todos.

—¿Quiénes estaban al corriente de lo que ocurría? —me daba miedo preguntar, mas lo hice—. ¿Los enfermeros…?

Los ojos de Ewan brillaron por la rabia.

—Pensamos que la mayoría sabían lo que ocurría allí dentro.

—Eso no es… Joder, ¿cómo se prestaron a hacer algo así?

—Si lo dices por Jonas, él es uno de ellos. Estoy completamente seguro por dos razones: estuvo muchísimo tiempo viviendo del cuento, y siguió en contacto con los médicos a cargo de la Clínica Anderson. Al igual que tres enfermeros más.

Noté una náusea en la boca del estómago.

¿Cómo era posible que nunca me hubiese dado cuenta? ¿Que Jonas fuera tan despreciable?

Solo de imaginar el dolor de esas familias, su desesperación, el corazón se me encogía dentro del pecho. Y Jonas participó en eso. Se llenó los bolsillos con el sufrimiento y la esperanza de unas personas que solo querían sanar a sus seres queridos.

Sudando frío, me abracé a mí misma, incapaz de procesar toda esa información de golpe.

—¿Por qué Jonas…? ¿Por qué Jonas haría eso?

—Lo hizo por miedo, como todos los demás —continuó—En cuanto saltó la alerta, aceleraron el proceso. Destruyeron pruebas. Amenazaron a los testigos. Desviaron todo el dinero de manera indetectable. Cuando quise darme cuenta, ya no tenía nada.

Lo miré en silencio. Ahora entendía muchas cosas. El rencor en su mirada cada vez que alguien mencionaba a los culpables. El modo en que se aferraba a este caso. Su obsesión con que todo estuviera bajo control.

Su propuesta indecente, en la que me incluía a mí como pieza clave sobre el tablero.

—Y os separasteis por eso —dije, más como afirmación que como pregunta—. Sophie y tú…

—Entre otras cosas. No la culpo por lo que pasó. Jamás lo haría. Pero ya no sentía lo mismo.

Desvió la mirada hacia la ventana, donde la noche seguía su curso sin importar lo que pasara dentro de ese edificio.

Me incliné hacia él. Puse la mano sobre la suya sin pensarlo demasiado. La tensión en sus dedos era palpable. Aun así, Ewan me devolvió el gesto.

—Lo estás haciendo bien —susurré—. Eres un buen padre, aunque creas que no. Y no es culpa de nadie que ellos se aprovecharan de vosotros. Solo los monstruos saben cómo engañar a las buenas personas.

En sus ojos se reflejó cierta gratitud.

—Gracias por quedarte, Gia —murmuró.

—No pensaba irme. —Sonreí, aunque sentía un nudo en el estómago—. Alguien tiene que asegurarse de que te alimentas de algo que no sea café aguado y sándwiches de máquinas.

Nos quedamos así, en silencio, con nuestras manos rozándose.

Y por primera vez desde que empezó todo esto, sentí que no me importaba dónde estaba. Mientras fuera con él.

Mientras se hiciera justicia.