Saga Sin Reglas Capítulo 32
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Capítulo 32

Ewan

Noah seguía dormido cuando entramos a la habitación.

Tenía la mascarilla puesta, el pecho subiendo y bajando con lentitud, conectado a una máquina que me parecía demasiado grande para un niño tan pequeño. Sophie estaba sentada junto a él, con los ojos vidriosos y una manta sobre las piernas. Al verme, se levantó enseguida y me abrazó con fuerza.

—Ya está mejor. Le han estabilizado. Pero fue horrible, Ewan. No podía respirar. N-No conseguía… Sus pulmones… —sollozó—. Llamé a emergencias al momento, pero...

—Shhh. —Le acaricié la espalda sin saber muy bien qué más hacer. Yo no era bueno consolando a la gente. Nunca lo había sido—. Está bien, Sophie. Él es muy fuerte y no le ocurrirá nada.

Gia se quedó un par de pasos atrás, sin decir nada. Respetando nuestro espacio.

—Gracias por venir —dijo Sophie, soltándome—. ¿Quién es…? —preguntó entonces, fijándose en ella.

—Mi secretaria —grazné—. Gia. Me ha acompañado en moto. —Giré un poco la cabeza hacia ella—. No me ha dejado venir solo por si me pasaba algo.

Sophie asintió, como si lo entendiera. Y se sentó de nuevo junto a nuestro hijo.

Era curioso que, después de todo lo que habíamos pasado, aún había momentos como ese, en los que parecíamos una familia. Una jodida familia rota, pero familia, al fin y al cabo.

Me acerqué a Noah. Le acaricié el pelo. Tenía la piel caliente.

—¿Qué dijeron los médicos? —pregunté en voz baja.

—Que ha sido por estrés. Está siendo un año difícil. Cambió de colegio, el tema del juicio, tu nombre en la televisión… Ewan, esto le afecta más de lo que parece.

Me mordí la lengua para no soltar una maldición. El juicio. La jodida clínica Anderson. El pasado doloroso que nos unía a ella. Todo volviendo una y otra vez a joderlo todo. Incluso a Noah.

—Voy a encontrar a esos cabrones. Te lo juro.

Sophie me miró. Sabía que iba en serio. Siempre lo supo, y por eso me daba tantas libertades.

—Solo… no pierdas de vista lo que de verdad importa.

Asentí. Pero sabía que el odio me tenía cogido por la garganta. Y no me iba a soltar hasta que acabara con esto.

Me giré hacia Gia, que seguía de pie, con los brazos cruzados y la cara serena. Pero sus ojos… joder, sus ojos me miraban como si supiera lo que estaba pensando. Como si pudiera leerme la mente igual que un mago.

—¿Quieres tomar un café? —le pregunté.

Ella asintió, y salimos al pasillo. Caminamos sin prisa hasta la máquina.

—¿Estás bien? —me preguntó finalmente.

—No. Pero lo estaré. Sé que Noah es un chico muy fuerte. Siempre sale adelante.

Silencio.

—No tenías que venir.

—Ya te lo dije. No fue una pregunta, ni una sugerencia. Además, me habría pasado toda la tarde preguntándome si llegabas sano y salvo al aparcamiento del hospital —confesó.

Le di el vaso con café, y rozó mis dedos al cogerlo. Sentí una descarga eléctrica.

—Gia...

—¿Sí?

—No quiero que te metas más de la cuenta en todo esto.

Me miró, desafiante.

—Entonces deja de besarme como si lo hicieras por última vez cada vez que me tienes cerca. O de pedirme que sea más insistente con Jonas, a ver si cae la breva pronto.

Tocado y hundido. Punto para ella.

—Joder, Gia...

Ella se acercó un poco más. Solo un centímetro. Solo lo suficiente para que me dieran ganas de pegarla contra la pared y repetir lo del baño. Solo que esta vez más lento. Más cruel. Más real.

—Noah está estable —dije, intentando recuperar algo de dignidad. De centrarme en lo importante—. Tiene que salir de esta.

—No sé qué le pasa a tu hijo, pero… —Su voz bajó una octava—. Pero estoy aquí, ¿vale? Sea lo que sea que necesites, estoy aquí, Ewan.

No supe qué responder. Así que me limité a asentir, apretando el vaso de café como si fuera el último escudo que me quedaba.