Capítulo 31
Gia
Estaba revisando por tercera vez los malditos informes, con las pestañas pegadas por el cansancio y los pies helados, cuando sentí su presencia detrás de mí. Ni siquiera había escuchado la puerta del despacho de Ewan abrirse y cerrarse.
—¿Ese es el caso de Fitzgerald? —preguntó Ewan con la voz baja, casi en mi oído.
Dios. Qué forma de joderme la concentración.
¿Lo haría a propósito?
—Sí. Estoy revisando los testimonios y los testigos. Kenji me los ha pedido hace un rato —contesté sin girarme.
Él no respondió de inmediato. Solo se inclinó sobre mí, apoyando una mano en el respaldo de mi silla, la otra sobre la mesa. Su cuerpo rozó ligeramente mi hombro. Podía sentir su respiración junto a mi mejilla, y su olor envolviéndome como un manto.
Joder. Su maldito olor.
—Usas ese perfume a propósito, ¿no? —murmuró.
Tragué saliva.
—¿Cuál?
—El que llevas ahora. Tiene jazmín, ¿verdad?
—Y vainilla —susurré, sin pensarlo.
—Lo sabía. Es... jodidamente perfecto. No hueles como nadie más. Me gusta demasiado —dijo, con ese tono con el que uno no debía hablarle a su secretaria.
Especialmente si la había desnudado sobre un lavabo hacía menos de una semana.
Giré un poco la cabeza. Su cara estaba peligrosamente cerca de la mía… y eso me llenó la cabeza de pensamientos intrusivos.
Dios, quería besarlo.
—¿Demasiado? —pregunté, fingiendo inocencia.
—Sí.
Estaba a punto de girarme del todo. De hacer algo que definitivamente no era legal en horario laboral. Estábamos prácticamente solos a esas horas de la tarde, y nadie nos vería…
Y entonces sonó su teléfono.
El jodido móvil de Ewan.
Resopló con molestia, pero al ver el nombre en la pantalla, su expresión cambió.
—Es Sophie.
Su exmujer.
Sabía cómo se llamaba porque alguien me lo contó en uno de los descansos de la mañana. Todo el mundo la conocía, pero ella jamás se dejaba ver por allí.
Ewan contestó, girándose para hablar en voz baja. Pero yo pude escuchar perfectamente lo que decía. Pude ver cómo su rostro palidecía de pronto. Cómo se llevaba una mano al cuello y se le tensaba la mandíbula.
—¿Qué? ¿Cuándo? ¿Qué ha pasado? —dijo, cada vez más tenso—. Voy para allá ahora mismo.
Colgó y me miró, como si se hubiera olvidado de dónde estaba.
—Es Noah, mi hijo. Lo han ingresado en el hospital. Un ataque de asma muy fuerte. Está en observación en el hospital central.
Me levanté de inmediato y cogí el bolso, las llaves y el abrigo. Cerré la tapa del portátil, olvidándome por completo de que no había acabado aún mi jornada laboral.
—Te acompaño.
—No hace falta, Gia. No quiero que te metas en esto.
—Ewan —dije firme—, no estás en condiciones para manejar una moto tú solo. Estás temblando —le hice notar, acariciándole el hombro.
Tardó un segundo en responder. Pero finalmente asintió, y salimos juntos de la oficina, en silencio.
No hubo más palabras en el ascensor, y tampoco mientras subía a la moto y lo abrazaba desde atrás. Ewan estaba demasiado nervioso, se le notaba muchísimo. Así que, durante el trayecto al hospital, me dediqué a acariciarle el abdomen con los dedos. Como si eso sirviera de algo.