Saga Sin Reglas Capítulo 37
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Capítulo 37

Gia

Después de esa película que vimos a media, pusimos otra de terror y sustos. De las que me gustaban a mí.

—¿Pero por qué pones esto si luego no dejas de gritar? —me preguntó Ewan, claramente entretenido con mi progresiva transformación en un ovillo de ansiedad y sobresaltos—. No lo entiendo.

—Porque esa es la gracia de las películas de miedo, Ewan —dije, agarrándome al cojín con fuerza—. ¡Que te asusten!

Él soltó una carcajada baja, susurrando algo como “eres de lo que no hay”. Y entonces, sucedió: un sonido estridente en la pantalla, un susurro en la oscuridad… y mi instinto me hizo girarme de golpe y esconder la cara en su pecho.

—Lo sabía —murmuró, divertido, mientras me rodeaba con los brazos—. Esto es una excusa para acurrucarte conmigo, ¿a que sí?

No dije nada al principio porque aún conseguía ver a la niña retorciéndose y haciendo ruidos extraños por el rabillo del ojo.

—¿Gia?

Levanté la cabeza despacio y me encontré con sus labios a una distancia muy corta.

—¿Qué? —susurré, con el corazón en la garganta—. ¿Qué has dicho?

—Nada —dijo él—. Solo…

Y no terminó la frase. Tampoco le hizo falta.

—…Solo esto —susurró contra mi boca antes de apoderarse de ella por completo.

Su beso fue lento al principio, como si quisiera tantear el terreno o esperase a que yo me apartara, pero no tardó en volverse hambriento, urgente, con esa forma suya de morderme el labio inferior y tirar de él como si quisiera arrancarme la respiración.

Sentí su mano deslizarse por mi espalda, bajando con descaro hasta quedarse en el hueco justo encima de mi culo.

Me atrajo más, pegando mi cuerpo al suyo hasta que no quedó espacio entre nosotros.

Gemí contra su boca sin querer, y eso pareció encenderlo todavía más.

Sus dedos se colaron bajo mi camiseta, y el calor de su piel contra la mía me hizo arquearme. No podía pensar, no podía respirar; solo quería más.

La tela me rozaba mientras él la empujaba hacia arriba, sin dejar de besarme como si se le fuera la vida en ello.

Me la quitó de un tirón, y el aire frío me erizó los pezones, pero su mirada hizo que me olvidara de todo lo demás.

Incluso de lo que me tenía tan jodidamente triste en los últimos días.

—Joder, estás preciosa —dijo, con esa voz grave que me recorría como un escalofrío—. No sabes lo mucho que he pensado en esto, Gia. Desde que nos acostamos la otra noche —reconoció.

Su confesión me arrancó un estremecimiento. No respondí; no podía. En cambio, llevé las manos a su camisa y empecé a desabrocharla con dedos torpes, maldiciendo cada botón. Él sonrió, divertido por mi impaciencia, y se deshizo de la prenda él mismo, dejándola caer al suelo.

Me acarició el cuello, bajando por mi clavícula y luego más abajo, hasta atrapar un pezón entre los dedos. Lo apretó suavemente y después lo pellizcó, arrancándome un jadeo.

—Te gusta —afirmó, no preguntó—. ¿Verdad? Que sea así de brusco. Que te hable sucio.

Yo solo asentí, mordiéndome el labio.

Nunca me había detenido a contarle estas cosas a mis parejas porque sabía que ninguno de ellos lo pondría en prácticas, así que me parecía una pérdida de tiempo. Pero Ewan lo había descubierto porque me conocía tan bien que ya no había secretos dentro de mí para él.

Me empujó hacia el sofá y caí de espaldas, sintiendo cómo se arrodillaba entre mis piernas.

Me miró como si ya me estuviera devorando con los ojos, y luego lo hizo de verdad: su boca se cerró sobre uno de mis pechos mientras su mano jugaba con el otro.

No tuve tiempo de contener el gemido que se me escapó.

Su lengua, húmeda y caliente, trazaba círculos lentos, alternando con succiones que me dejaban sin aliento.

Mis manos se enredaron en su pelo, tirando un poco para guiarlo, y él soltó una risa baja antes de deslizarse hacia abajo, besando cada centímetro de mi abdomen. Cuando llegó al borde del pantalón, me miró desde allí, como esperando que le dijera que se detuviera. No lo hice.

Joder, no me arrepentía en absoluto de nada de esto. Y ciertamente no pensaba en que Ewan era mi jefe. Todo eso quedaba difuminado cuando su boca se abría paso por mi cuerpo.

Levanté las caderas para facilitarle el trabajo, y él tiró de la prenda hacia abajo, junto con la ropa interior, hasta que quedé completamente expuesta. Me abrió las piernas con una calma desesperante, sujetándome de las rodillas, y bajó la cabeza.

El primer roce de su lengua contra mi coño me arrancó un gemido roto. La sensación era demasiado, demasiado buena. Su lengua se movía despacio, explorándome, saboreándome, como si quisiera memorizarme. Después encontró mi clítoris y lo atrapó entre sus labios, succionando con la presión perfecta.

—Ewan… —jadeé, apretando las manos contra el sofá—. No pares…

No tenía intención de hacerlo. Su ritmo se aceleró, alternando succiones con movimientos circulares de la lengua que me hacían temblar. Uno de sus dedos se deslizó dentro de mí, seguido de otro, y me arqueé contra él, incapaz de controlar mi cuerpo.

—Así… joder, así… Ewan… —supliqué, sintiendo cómo el calor se acumulaba en mi vientre.

Ewan gruñó contra mí, la vibración intensificando el placer hasta un punto insoportable. No tardé en romperme, gritando su nombre mientras un orgasmo intenso me sacudía entera.

No me dio tiempo a recuperarme; me incorporó de golpe y me atrajo contra él para besarme, haciéndome saborear mi propio deseo en su lengua. Sus manos fueron directas a su cinturón, y el sonido metálico al desabrocharlo me hizo estremecer.

—No voy a esperar más —dijo, casi con rabia contenida—. Han sido demasiados días, nena.

Se bajó los pantalones lo justo para liberar su erección y, sin apartar la mirada de la mía, se colocó un preservativo. Me empujó suavemente de nuevo contra el sofá, subiéndome una pierna a su hombro.

La primera embestida me arrancó un grito ahogado. Estaba tan sensible que sentía cada centímetro llenándome, estirándome, haciéndome suya. Él cerró los ojos, apretando la mandíbula como si estuviera al borde de perder el control.

—Dios… eres perfecta… —murmuró, empezando a moverse—. Y tan sexy… La mujer perfecta, Gia.

Sus embestidas fueron lentas al principio, profundas, y luego más rápidas, más fuertes, hasta que el sonido de nuestros cuerpos chocando llenó la habitación. Yo me aferraba a sus hombros, buscando desesperadamente más, más, más.

—Ewan… —susurré, y él inclinó la cabeza para besarme de nuevo, sin detener el ritmo.

Sentía cómo me llevaba al límite otra vez, cada movimiento empujándome más cerca del borde.

Su mano bajó entre nosotros y empezó a estimularme, y eso fue todo lo que necesité.

Me corrí de nuevo, gritando su nombre, mientras él seguía embistiéndome hasta llegar al clímax, soltando un gruñido gutural y aferrándome con fuerza.

Quedamos jadeando, con su frente apoyada en la mía, sin querer separarnos todavía.

—Esto… —murmuró, acariciando mi mejilla—. Esto no ha hecho más que empezar, nena.

Yo sonreí, aún intentando recuperar el aliento, y supe que tenía razón.

A la mierda con la película. Netflix no podía ofrecernos esta experiencia ni en un millón de años.