Saga Sin Reglas Capítulo 26
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Capítulo 26

Gia

El timbre sonó a las ocho y cuarto de la mañana. Justo cuando me servía el café y maldecía en silencio la quemadura del sofá. Es que no conseguía dejar de mirarla. Me sentía como Gollum y el anillo.

—Voy —gruñí, aunque nadie pudiera oírme.

Abrí la puerta y ahí estaba Harry, con su cara de recién levantado y una caja de croissants en la mano. Llevaba una sudadera gris con capucha y el pelo aún algo húmedo por la ducha. A veces parecía que la vida no le afectaba en absoluto. Como si el mundo siempre fuera un lugar manejable para él.

Me daba una envidia tremenda.

—Buenos días, princesa —dijo entrando sin pedir permiso, como siempre—. ¿Hoy desayunamos con drama o con culpa?

—Un combo —contesté cerrando la puerta tras él—. ¿Café?

—Por favor. Y uno de esos en los que parece que puedes ver el infierno reflejado en el fondo de la taza.

Lo que se traducía a que lo quería oscuro como mi humor de ese día.

Se sentó en la banqueta de la cocina mientras yo servía las tazas. Cuando se quitó la chaqueta y la dejó sobre el respaldo, vi que me miraba de reojo, con esa cara suya de saberlo todo sin que le digas nada.

—¿Qué ha pasado ahora?

—¿Aparte de que mi hermano casi quema el sofá mientras dormía… porque le ha dado por fumar y beber al mismo tiempo? No sé, creo que poco más —dije irónicamente.

Harry parpadeó una vez. Otra. Y luego se frotó la cara con ambas manos, como si intentara sacudirse el cansancio de escuchar otra vez el mismo cuento.

—Joder, Gia.

—Sí. Joder.

—¿Está bien Ted?

—Lo acosté. Estaba completamente ido cuando llegué a casa. Ni me escuchaba. Y ni se ha levantado esta mañana. Supongo que sigue hecho mierda después de la juerga que se montón él solito anoche.

Él no dijo nada. Tomó un sorbo de café y me observó en silencio.

—Y lo peor —continué, soltando el aire de golpe— es que ya no sé si estoy más harta de él o de mí por seguir aguantando esto. Me supera —confesé, y me dejé caer sobre la banqueta como si mi cuerpo pesara una tonelada—, me supera tanto que ya no consigo… Dios, esto es demasiado.

Harry asintió lentamente, como si ya lo supiera. Como si hubiera estado esperando que lo dijera en voz alta.

—¿Has pensado en pedir ayuda?

—Sí. Voy a llamar a un terapeuta experto en estos temas. Ahora solo me queda conseguir que mi hermano acuda sin montar todo un escándalo.

Harry se apiadó de mí y me dio un par de palmaditas sobre el brazo.

—¿Y lo otro? —preguntó al cabo de un momento.

—¿Qué otro?

—Ese brillo de enamorada que tienes en los ojos. No es solo por Ted. ¿Qué hiciste?

Bajé la mirada. Jugueteé con la cucharilla. Luego lo solté, rápido, como quien se arranca una venda.

—Me acosté con Ewan.

Harry dejó la taza sobre la encimera con cuidado.

—¿El cabrón de Langley?

—Ese mismo.

—¿Y fue...?

—Brutal.

Harry resopló, medio divertido, medio preocupado.

—Por supuesto que fue brutal. Con esa pinta de viudo millonario con trauma sexual reprimido... ¿cómo no iba a serlo?

No pude evitar reírme. Pero se me pasó rápido, en cuanto una sacudida en mi estómago me recordó que no había gran cosa que celebrar.

—No sé qué estoy haciendo, Harry. Me meto en su juego, le cuento cosas sobre Jonas, le sigo el rollo, y cuando me doy cuenta, estoy en un baño con las piernas temblando y su boca en mi cuello. Te juro que nunca planeé que esto pasara.

—Gia...

—Y encima llego a casa y mi hermano ha prendido fuego al puto sofá. Una de cal y otra de arena, desde luego.

Harry me miró largo rato. Luego se inclinó hacia mí y puso una mano sobre la mía.

—Tienes que pedir ayuda. De verdad.

—Lo sé.

—No, no lo sabes. Porque si lo supieras, no estarías sola en esto. No puedes con todo. Ni siquiera tú eres tan fuerte, coño —chasqueó la lengua—. Está genial que cuides de Ted y busques sacarlo del pozo, pero no deberías olvidar que tú también mereces el mismo trato.

—Pero es mi hermano.

—Y te está arrastrando con él a ese infierno en el que vive ahora mismo.

Eso dolió. Porque era cierto.

—¿Y qué hago? ¿Lo echo? ¿Lo denuncio? ¿Lo meto en un centro?

—Lo salvas, Gia. Antes de que él se pierda del todo. Y antes de que tú termines perdiéndote también.

Asentí. Por primera vez sin discutir. Sin poner excusas.

Porque ya no me quedaban.

—Hoy mismo. Lo haré hoy —prometí—. Ese terapeuta es mi última salvación.

—Bien. —Harry me dio un apretón en la mano y luego sacó un croissant—. Y en cuanto a Ewan...

—No me sermonees.

—Solo te diré una cosa: cuidado con confundir necesidad con deseo. Porque ese tío... solo quiere una cosa de ti.

—Ya. Pero qué bien le queda el puto traje, joder.

Harry se rio. Y yo también. Aunque la risa me duró poco.

Porque todo lo que venía después iba a ser cualquier cosa menos fácil.