Capítulo 27
Ewan
—Joder, tienes cara de no haber dormido nada —dijo Kenji mientras dejaba las cervezas sobre la mesa baja del salón.
—Porque no he dormido nada —respondí, desabrochándome el primer botón de la camisa.
Gena estaba sentada en el otro extremo del sofá, piernas cruzadas, copa de vino en mano. Vestida de negro, como siempre, como si estuviera en perpetuo duelo por la inteligencia humana.
Y es que mi mejor amiga no solía perder la compostura ni cuando las cosas iban mal.
—¿Fue por culpa de ella? —preguntó, sin molestarse en matizar a quién se refería.
—Sí.
Kenji chasqueó la lengua.
—Ewan, tío… No puedes seguir mezclando lo personal con lo profesional. No es una investigación pequeña, y ella no es una mujer cualquiera.
—Lo sé —respondí, agarrando la cerveza con más fuerza de la necesaria.
—¿Entonces? ¿Por qué cojones sigues arrastrándola contigo?
—Porque es la única persona que ha logrado que Jonas abra la boca. Y porque si no llegamos a él, no llegamos a nada —recalqué, como si no fuese obvio.
Claro que tampoco iba a confesarles que me gusta Gia más de lo que en un principio pensé. Y que acostarme con ella solo empeoró las cosas, pues ahora no lograba arrancármela de la cabeza.
Gena bebió un sorbo de su vino, sin despegar su mirada de mí.
—No es solo Jonas lo que te obsesiona. Es la Clínica Anderson. Sigues atrapado ahí, en ese puto caso. —Sus palabras eran cuchillas envueltas en terciopelo—. ¿Hasta cuándo, Ewan? ¿Hasta que lo pierdas todo?
—Hasta que consiga meter entre rejas a ese cabrón y todos sus secuaces. Hasta que alguien pague por todo lo que pasó allí. Por lo que hicieron. Por lo que callaron. Por lo que perdimos.
Kenji se frotó la cara, exasperado.
—Mira, sé que lo de tu hijo te dejó hecho polvo. Y sé que esa clínica era una cloaca. Pero Gia no debería estar en medio. Es como mandar a un cervatillo frente a una tropa de cazadores.
—Ya está en medio. Y no voy a apartarla ahora que está a punto de conseguir algo.
Gena resopló.
—Tengo a cuatro familias. Padres de pacientes que acudieron sobre la misma época que tu hijo.
Una de ellas perdió a su hijo un par de meses después de su ingreso.
Supuestamente por un suicidio, aunque, después de leer los informes del caso, no cuadra nada.
Y sus padres tampoco creen que un niño de once años se quite la vida de la noche a la mañana.
Levanté la cabeza. Mi pulso se aceleró de pronto.
—¿Y hablarán con nosotros?
—Si voy yo, sí. Si vas tú, no. Ya eres demasiado visible. Y ellos tiene ojos en todas partes.
Me incliné hacia ella, como si pudiera transmitirle la urgencia con solo mirarla.
—Habla con ellos. Necesito todo lo que recuerden y todos los informes de sus casos, Gena. Necesito cerrar este capítulo antes de que prescriba.
Kenji se levantó y fue a por otra cerveza, negando con la cabeza.
—¿Y qué vas a hacer si Gia se convierte en un daño colateral?
—No va a pasar —rezongué.
—¿Y si se enamora de ti? —insistió mi mejor amigo.
—Peor aún —añadió Gena, mordaz—: ¿y si tú te enamoras de ella?
No contesté.
Porque esa era precisamente la única variable que no estaba dispuesto a analizar.
¿Enamorarme de Gia? Ni hablar.
En mi vida no había espacio para el amor. Ya no.
—Ve a ver a esas familias, Gena. Esta semana. Y consigue todo lo que puedas. Nombres. Fechas. Informes. Quiero reconstruir cada puñetero eslabón de esa cadena de mierda que destruyó la vida de decenas de familias.
Gena asintió.
—Estás al borde, Ewan.
—Lo sé.
—Y si caes, nos arrastrarás contigo.
—También lo sé.
Kenji volvió al sofá y me lanzó una cerveza sin mirarme.
—Entonces que al menos valga la pena, joder.
Brindamos en silencio. Como los que se saben derrotados, pero todavía no están listos para abandonar el campo de batalla.
Y en el fondo, yo ya había elegido qué guerra quería ganar.
Con o sin consecuencias.