Capítulo 25
Gia
El olor a quemado fue lo primero que noté al abrir la puerta de casa. Una mezcla rancia de ceniza, tela calcinada y tabaco barato.
—No puede ser —murmuré, cerrando de golpe con el pie.
Avancé hacia el salón con el corazón encogido, y allí estaba Ted. Mi hermano. Tirado en el sofá, con un cigarro apagado colgando de los dedos, el mechero todavía encendido en el suelo y una quemadura redonda, oscura y reciente sobre el cojín del sofá.
—¿Estás de coña? —espeté, caminando hacia él—. Ted, despierta ahora mismo.
Ni se inmutó.
Me incliné para quitarle el cigarro, que ya había dejado una ceniza negra sobre su camiseta. Estaba descalzo, con los pantalones mal puestos y los ojos entrecerrados, como si el mundo le quedara grande.
Y tal fuese así y yo no lo vi claro hasta esa noche.
—¿Sabes que podrías haber quemado la casa entera? ¿Es que te has vuelto loco? Joder, Ted… —la barbilla me temblaba a medida que intentaba despertarlo.
Nada. Un murmullo. Ni siquiera era una palabra.
Me llevé una mano a la frente y me obligué a respirar. Una, dos, tres veces. No sirvió de nada. Tenía la garganta cerrada del humo y de la rabia. De esa sensación amarga de que todo se me escapaba de las manos, porque era una incompetente.
Le agarré del brazo con cuidado y lo ayudé a levantarse. Era más pesado de lo que recordaba. O quizá era que yo estaba demasiado cansada.
—Vamos, Ted. Te vas a la cama ahora mismo.
—Solo… estaba fumando… Pesada…
—No, estabas poniéndolo todo en peligro. Poniéndote a ti en peligro —recalqué—. Ya no puedo más.
No contestó. Se dejó arrastrar como un crío, con los pasos torpes y los hombros caídos. Su respiración olía a tabaco y a alcohol.
Lo metí en su habitación, lo acosté como cuando éramos niños, y le quité las zapatillas. No dije nada más. No hacía falta. Tampoco es que me fuese a escuchar en ese momento, borracho como estaba.
Me quedé un momento ahí, mirándolo dormir. Su pecho subía y bajaba de forma irregular. Su cara estaba más delgada. Su cuerpo más frágil. Era como si el Ted que yo conocía se hubiera quedado atrapado en algún sitio del que ya no podía salir, y que yo desconocía por completo.
¿Qué estaba ocurrido con mi hermano? ¿Por qué no me dejaba quererlo y darle la familia feliz que se merecía?
Volví al salón con el corazón encogido de la rabia y la tristeza.
La quemadura seguía allí. Una mancha que no se iría con agua y jabón, y con la que simplemente me tocaría convivir.
Me dejé caer sobre la otra punta del sofá y me pasé las manos por la cara. Estaba empapada de sudor y lágrimas.
Porque me estaba matando. Esta vida, esta pesada carga sobre mis hombros. Esta sensación de que cada vez que me acercaba a levantar cabeza, algo o alguien —Ted incluido— me empujaba de nuevo al suelo.
Y no podía seguir así.
Cogí el móvil. No sabía a quién iba a llamar. A lo mejor a nadie. Pero la decisión ya estaba tomada.
Iba a pedir ayuda. No a la psicóloga a la que acudíamos Ted y yo, y que resultó ser completamente inútil. Llamaría a un profesional que supiera lo que hacer en estos casos.
Me pasé el resto de la noche buscando información, especialistas, clínicas… y di con un terapeuta con muy buena reputación. Guardé el número y me prometí que llamaría al día siguiente.